Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) de David Lynch

  05 Mayo 2019

La atracción del abismo

blue-velvetCon esta película, el director de El hombre elefante (1980) conseguiría su consagración como director de cine con la aureola de autor, por su visión, sus temas y sus puestas en escena. Junto con David Cronenberg, la categoría de lo «siniestro» era su carta de presentación: ambos competían por acreditar sus incursiones en el lado oscuro de... la condición humana.

Lynch erige aquí un relato de formación entreverado con los mimbres genéricos del thriller. A partir del hallazgo tan casual como fatídico de una oreja, se inicia una bajada particular a los infiernos sociales e individuales. Ese miembro amputado, de claras resonancias buñuelianas, emparenta el arranque de la película con los títulos de crédito de Vértigo (1958), de Hitchcock.

Si en ésta el maestro del suspense iniciaba su particular indagación de las fisuras del ser humano a través de la incardinación de la cámara por el ojo femenino, Lynch hará lo propio a través de otro orificio: el conducto auditivo, vía de acceso al inconsciente. El vórtice de una pulsión arrolladora se ha desatado.

Interpretado por el actor fetiche de Lynch, Kyle Maclachlan, el protagonista Jeffrey Beaumont —nombre de claras resonancias a Dashiell Hammett, pues Ned Beaumont era el personaje principal de su novela La llave de cristal— inicia su particular vía crucis, su  rito de iniciación a la vida adulta cuando se ve forzado a regresar su pequeña ciudad natal.

Este regreso como extranjero le permitirá descubrir que lo extraño también habita en el predio familiar, cuando se enamore de Dorothy Vallens (Isabella Rossellini), especie de mujer fatal que despierta el deseo por las pasiones oscuras en Jeffrey.

Lynch nos ofrece dicho encantamiento aciago en una larga secuencia mediante la que nos obliga a adoptar el punto de vista de un voyeur, el de Jeffrey escondido en un armario mientras contempla la escenificación de una parafilia, la violación que sufre Dorothy a manos de un psicótico Dennis Hopper, necesitado de una mascarilla de oxígeno para excitarse mientras contempla y se abisma entre los muslos y el sexo (el origen del mundo), ese terciopelo azul, de una espatarrada y sumisa Dorothy, dúctil a los gritos desaforados de un Frank que le prohíbe que lo mire.

Dicha prohibición es trasgredida por Jeffrey-el espectador, puesto que ambos contemplan, entre el repudio y la fascinación, la violencia-pasión escenificadas por la pareja como una especie de peep show. Enredado en su turbio deseo, Jeffrey será obligado a despertar de esta insalubre y placentera atmósfera cuando se crea perseguido por el matón Frank en mitad de la noche, en compañía de su dulce y angelical novia Sandy (Laura Dern).

El perseguidor  tan sólo es el antiguo y despechado novio de Sandy, que reclama venganza y que desiste de su actitud cuando irrumpe en la secuencia, cual Cristo descendido de la cruz, una casi sonámbula Dorothy, totalmente desnuda y con los brazos extendidos en posición de rendición y entrega a su amado Jeffrey. Dicha irrupción de lo sórdido en presencia de Sandy, cuyo rostro se desencaja ante la lóbrega escena tan antitética a su —nuestro— pequeño mundo burgués y moralmente diáfano, y que Dorothy prolonga cuando se traslada al interior del hogar de Sandy, marcará el final de la travesía de Jeffrey por las procelosas aguas de sus sueños más húmedos.

En cierto modo, la polución nocturna ha sido expuesta a la contemplación de los otros, lo onírico ha sido desactivado por la mirada recriminatoria de la novia formal y comprometida. El orden se recompondrá, aunque sea mediante la irónica exaltación almibarada del mismo.

Escribe Juan Ramón Gabriel