El placer (Le Plaisir, 1952) de Max Ophüls

  08 Abril 2019

Inicio de la segunda historia: La maison Tellier

el-placer 1Después de su etapa en Hollywood, donde rueda algunos filmes excelentes (Carta de una desconocida, Almas desnudas), Max Ophüls vuelve a Europa, filmando en Francia cuatro grandes títulos: La ronde, El placer, Madame D y Lola Montés.

El placer (1952), como gran parte de su cine, plasma destacadas obras de autores europeos. En este caso parte de tres relatos breves de uno de los mejores autores franceses de este tipo de narraciones, Guy de Maupassant.

Dos de ellos son de signo trágico y el otro satírico, cómico; esa es la parte más larga y se corresponde con La maison Tellier, alusión, como dice la voz en off, a una casa de esas… bueno, ustedes ya saben. Y sí, ese segmento cuenta la historia de una casa de prostitución, o mejor de sus inquilinas, obligadas a dejar el oficio durante unos días ya que deben marchar de viaje todas juntas a la población en donde habitan los familiares de la madame, dado que una de sus sobrinas va a tomar la primera comunión.

Una historia que sirvió de base también a una película española, Vuelve, querida Nati (1976), de José Maria Forqué, aunque, incomprensiblemente, en el filme español no se acreditara la procedencia literaria.

El comienzo de esta parte de El placer es uno de los instantes grandiosos del cine de Ophüls, cuando su barroquismo concebido a través de complejos e interminables movimientos de cámara se une de manera perfecta a lo que quiere contar.

Se trata de dar a conocer al espectador la casa, sus habitantes, y quienes frecuentan el local. Pero, claro, en ese lugar no todos pueden entrar… como el buen y bendito espectador convertido en frustrado voyeur.

La cámara, en constante movimiento, se acerca a la puerta de la casa donde quien recibe… la cierra antes de que podamos traspasar el umbral. Así que se intenta conseguir otra entrada, para ello la cámara busca ventanas, pero o están cerradas o se cierran impidiendo que nos colemos.

Todo lo tenemos que ver desde fuera, al tiempo que la voz en off, presenta a las mujeres y a las fuerzas vivas, habituales invitados al local. La representación del espectador como voyeur se erige en el yo de la escena.

Una secuencia, sin duda, singular, de gran cadencia narrativa y donde la cámara explica todo mostrándose como la pluma de la que hablaba Alexander Astruc al explicar que la cámara representaría en cine lo mismo que la pluma en literatura.

 Un fragmento para enmarcar y admirar: Ophüls, sin duda, es uno de los grandes directores del cine de todos los tiempos. 

Escribe Adolfo Bellido López

  

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