Incendies (2010), de Denis Villeneuve

  29 Marzo 2019

La pervivencia de la tragedia

incendies-1En el origen de la literatura occidental, la tragedia griega ocupa un lugar prominente: un pathos forjado a partir de un tabú bifronte —los crímenes de sangre se lavan con sangre— materializado en el incesto y el parricidio, cuya necesaria superación (por las funestas consecuencias que acarrean para el orden y desarrollo social) se encargará de propiciar la literatura —la cultura— a través del arte teatral.

Denis Villeneuve se inspira en la agonía trágica para remozarla y reubicarla en un escenario geográfico —el avispero de Oriente Medio— abonado en los últimos setenta años al caos, la guerra, la muerte, la tragedia.

Partiendo del Edipo Rey de Sófocles, Villeneuve narrativiza lo ineluctable del destino individual a la par que la indagación como mecanismo para descubrir la identidad perdida. Apoyándose alegóricamente en la paradoja matemática que la joven protagonista enseña a sus alumnos: uno más uno puede ser uno, dos secuencias prefiguran y ejemplifican, respectivamente, la honda tragedia dramática en la que se verán envueltos los protagonistas a su pesar, por ser títeres si no de los Dioses y el aciago destino, sí por la insignificancia humana frente a los avatares históricos.

El inicio de la película es un travelling que arranca desde un plano fijo que encuadra, desde el hueco de una ventana, una palmera indiciaria de la topografía oriental. De allí, la cámara se desplaza hacia el interior para mostrarnos cómo se está rapando a un grupo de jóvenes, todos varones, por parte de unos milicianos. La cámara se detiene en aquellos elementos (botas, fusiles, kufiyya) que los identifican como guerrilleros, hasta focalizar en un talón desnudo marcado (estigmatizado) con tres círculos: divisa que servirá para la anagnórisis posterior. La  cámara  abandona la estancia con un travelling de acercamiento al rostro del niño herrado cual chivo expiatorio, cuya mirada rebosa rencor y odio mientras nos interpela fijamente.

Este inicio enigmático que prefigura un posterior desarrollo traumático se encadenará posteriormente con una secuencia que ratifica el escenario trágico por el que se desenvuelve el puzle pergeñado.

La madre del joven tatuado ha iniciado su búsqueda, camino del turbulento sur del país de los cedros: Líbano. Para ello, simula ser palestina-musulmana y oculta su condición cristiana, lo cual le permite tomar un autobús lleno de refugiados. El autobús será interceptado por milicianos cristianos.

Villeneuve filmará dicho ataque homicida desde el interior del autobús, obligándonos a la identificación con la protagonista. Ella y otra mujer con su hija pequeña son las únicas supervivientes del ametrallamiento.

El autobús se va a convertir en su sarcófago, después de la hecatombe: el sacrificio humano redivivo en una guerra de religiones moderna. Cuando empieza a ser rociado con gasolina, ante la inminencia de la muerte en una pira, la atormentada joven exhibe una cruz que acredita su condición de cristiana. Consigo arrastra a la niña, separándola de la madre para intentar salvarla. El autobús arde como una tea. La niña se escapa en pos de su madre abandonada y es ejecutada.

Una hoguera —una zarza— arde en medio del desierto. Una madre escindida mastica su nueva derrota, su nueva frustración, su recurrente fracaso. Apenas es un esbozo del dolor que le deparará el destino, el trágico e inevitable destino. Ha escapado de una tumba, pero regresará a ella de forma catatónica cuando descubra el talón marcado, cuando se encuentre con la verdad y su búsqueda haya finalizado.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

  

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