El libro de imágenes (Le livre d'image, 2018), de Jean Luc Godard

  22 Marzo 2019

¿Despedida? 

el-libro-de-imagenesEl libro de imágenes es una de las películas —en el caso que pueda ser llamada película— más innovadoras que se han podido ver en una sala de cine. Cinco partes orientadas, cada una, a una determinada idea.

Todo es posible, hasta que en la entrada de los cines te prevengan de lo que te puedes encontrar, casi como si te dijeran: «lo mejor es que no entre». Y es que el filme, o experimento, texto, arte propio de un museo —como se prefiera— es una continua reflexión sobre texto e imagen, una historia de la Historia narrada a través de imágenes grabadas para la película, (ex)traídas de otras películas y metamorfosis de todo tipo.

Sea lo que sea (se merece una crítica más amplia sobre ella, que no viene ahora al caso), me quiero referir exclusivamente al maravilloso, conmovedor, triste final que suena a una despedida… para siempre. No se debe olvidar que Godard, sin dejar de estar en la brecha, tiene 88 años.

Entre los fragmentos de otras películas, algunos de escasa duración, está presente, y no una única vez, la admirable El placer (1952) de Max Ophüls. Uno de sus momentos va a cerrar el filme, después del paso acelerado de unos créditos finales incapaces de ser retenidos.

La voz que se escucha, en off, es siempre la de Godard. Antes de esos créditos la voz de Godard parece quebrarse, pero se rehace y sigue adelante. Es un primer toque de atención. El segundo serán los planos de El placer, que se convierten en propios de Godard y no sólo por su visión de los mismos.

Se trata de la escena de la primera historia de la gran película basada en tres cuentos de Maupassant, en la que el hombre de la máscara baila y baila sin cesar antes… de caer ante la mirada perpleja y asustada de la mujer que está danzando a su lado. La película de Ophüs sigue, la de Godard se corta, rompe, bruscamente.

En Ophüls el personaje que cae exhausto es en realidad un anciano que quiere esconder su estado con una máscara, tratando de mantener su juventud perdida. Godard no sigue. Le basta esa parte para señalar un fin sin final o quizá para representar su presentido final. Juguetón, como si de un joven se tratara, sigue activo, pero ve cómo su final se acerca.

¿Será su último baile o, lo que es lo mismo, su última película? ¿Nos dices adiós con esa maravillosa conclusión? ¿Su marcha definitiva? De forma soberbia, Godard se ha apropiado de un fragmento de uno de sus maestros, para hacerlo propio y englobarlo dentro de su propia historia, porque el cine de Godard, en su búsqueda de nuevas formas expresivas como mecanismo para explicar la Historia, es, en definitiva, su propia historia.

Escribe Adolfo Bellido López

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