El vicio del poder (Vice, 2018) de Adam Mckay

  09 Marzo 2019

Enmienda a la totalidad

vice-1Michael Moore se alzó durante el mandato de Bush hijo como el ariete contra su política y de paso contra la derecha norteamericana, con especial atención a los distintos grupos de presión que pugnaban por dirigirla. Sus documentales combativos encontraron incluso el aval de Cannes, que premió nada menos que con la Palma de Oro Fahrenheit 9/11.

Como una especie de discípulo aplicado, Adam Mckay sigue esa línea de denuncia. Cabe decir incluso que el supuesto aprendiz ha superado al maestro en cuanto a fluidez narrativa, un sentido del humor menos elemental y cierto distanciamiento que atempera el espíritu combativo. Pero las líneas maestras que su última película recoge se mueven en la misma dirección.

Así sería si todo transcurriera como parece transcurrir y la película acabara como parece acabar. Pero cuando ya los títulos de crédito (por segunda vez) han desfilado por la pantalla queda aún una escena que lo trastoca todo.

Vemos en ella a una especie de grupo de estudio que ha asistido a la proyección de la película que todos acabamos de ver y al que se invita a opinar sobre ella. No se trata de una opinión protocolaria, sino que posee una relevancia decisiva que ya hemos visto en la misma película. Se trata de detectar aquello que tiene aceptación en el público, como una especie de muestreo estadístico que dirigirá la acción de quienes preparan mensajes para ser lanzados a la opinión pública, y cuyo éxito ha de ser antes verificado. Así ocurrió con el mensaje del «impuesto a la muerte» y así ocurre, deducimos, con la propia película que acabamos de visionar.

Desde aquí se abre una perspectiva muy interesante. Vice pasa de ser una descripción objetiva de unos hechos a un producto elaborado para llegar a la mente del espectador y producir en ella un efecto determinado. Si la película existe, y tal y como existe, es porque ha superado el filtro al que se la ha sometido, con las modificaciones que ese filtro haya podido exigir.

Vice es así uno más de los mensajes dirigidos a la conciencia inerme del espectador, depurados para conseguir el efecto perseguido. No es necesario abundar mucho en las consecuencias que de ahí se siguen para la relación entre el cine (y no sólo esta película), la verdad y la manipulación.

¿Y cómo es que en esta época que nos ha traído el triunfo de Trump puede tener aceptación un mensaje tan crítico con los valores conservadores? Para entenderlo hay que reparar en el momento en el que se produce, el cual queda reflejado en la misma escena final. Estamos en un tiempo de transición. Acaba la era Obama y comienza el mandato de Trump. Una pelea entre los espectadores deja patente ese tránsito.

El vicio del poder sería así como el último estertor del mundo Obama. El futuro muy probablemente será distinto. Ya no se harán películas como ésta porque no tendrán aceptación entre el público ni el poder querrá producirlas. Interesará mucho más la nueva entrega de Fast&Furious, como nos dicen las jovencitas que parecen haberse aburrido con lo que acaban de ver.

Se avecinan otros tiempos, y la película nos los ha mostrado con una ironía, una honestidad y una contención admirables. Y con una carga destructiva que al final resulta ser mucho más potente que cualquier soflama desmadrada.

Escribe Marcial Moreno

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