Gritos y susurros (Viskingar och cop, 1972) de Ingmar Begrman y La pianista (La pianiste, 2001) de Michael Haneke

  27 Febrero 2019

 

La mutilación social

gritos-y-susurros-00Con casi treinta años de diferencia, el austriaco Michael Haneke rinde un indisimulado homenaje a su maestro, el sueco Ingmar Bergman. Qué duda cabe que ambos directores comparten una cosmovisión en sus temas, en sus miradas, en la aspereza que pueden destilar los fotogramas pergeñados en sus relatos.

La focalización de sus obsesiones a través del protagonismo femenino es una de las constantes bergmanianas, confluyendo en Gritos y susurros tres de las actrices fetiches del autor de Persona: Harriet Andersson, Liv Ullmann e Ingrid Thulin. Esta última, en concreto, es el eje central de una de las secuencias más aceradas e insoportables filmadas por Bergman, aquella en la que se masturba con un fragmento del cristal tallado de una copa hecha añicos durante una rígida cena con su castrador marido.

En una secuencia larga, de casi diez minutos, cuyo detonante son los gritos de la hermana moribunda, Karin (Ingrid Thulin) se sumerge en una especie de recuerdo-monólogo interior en el que se ilustra su condición de prisionera de una formalista escenografía burguesa.

Partiendo de una puesta en escena barroca, casi operística, el personaje abandona el comedor (espacio social) para ingresar en la intimidad de su habitación y dar comienzo al ritual de desvestirse con la ayuda de la sirvienta. Pero el fragmento de la copa es depositado sobre el azogue de un espejo de tocador y, cuando se recueste sobre la cama, será utilizado como mecanismo onanista, en medio de un dolor placentero que la libera del corsé social que la está asfixiando.

Bergman enfoca directamente la acción, la sangre de la herida y alarga dicho flujo sanguíneo al, oníricamente, dirigirse Karin a la habitación del marido y entreabriendo las piernas mostrarle a este su venero, su manantial rojo, con el que se embadurnará el rostro, en un gesto tan liberador como desafiante.

Haneke corresponderá a la secuencia anterior con una depuración y estilización del barroquismo de Bergman. Isabelle Huppert hará los honores a un plano secuencia bastante más breve que la escena de Bergman, pero igual o incluso más desasosegante.

Dentro del cuarto de baño, en el único refugio de que dispone en la casa familiar; sometida a los designios de una tiránica madre ante la que es incapaz de rebelarse; profesora de piano en el conservatoria de Viena, ciudad epítome del encadenamiento burgués, allí dentro, en su pequeño espacio de intimidad la protagonista iniciará un rito de liberación, procediendo a masturbarse —siendo interrumpida por la apremiante llamada de su madre— con… una hoja de afeitar.

Haneke no corta el plano, no enfoca directamente la acción, sino que la filma lateralmente y, no obstante, la incomodidad y el dolor en el espectador es todavía mayor que en la secuencia de su maestro. En ambos ejemplos, dos seres femeninos han recurrido a la mutilación para intentar extraer placer, una dicha tan dolorosa en unas secuencias propias de un oxímoron que, obscenamente, nos arrojan a la cara la lacerante contradicción, el desgarro interior en el que sobreviven, malviven las protagonistas.

El goce de la (in)capacidad de liberación femenina.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  
  

 

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