Edipo rey (Edipo re, 1967) de Pier Paolo Pasolini

  06 Febrero 2019

Bolonia-Tebas

Edipo rey - 00Cada época lee a los clásicos según unos parámetros contemporáneos. Pasolini, en 1967, leyó la tragedia sofoclea en su clave contemporánea, en vísperas del estallido generacional sesentayochista. Además, se anticipó a la tan manida y socorrida dicotomía actual realidad-ficción, y a su corolario extremo de la autoficción.

Muestras de ello son el prólogo y el epílogo de su filme. Partiendo de la lectura freudiana (complejo de Edipo), Pasolini escenifica la vigencia de dicha teoría psicoanalítica insertando su persona, su máscara, en la secuencia inicial y final: ambas se ubican en Bolonia, lugar de nacimiento del director de Teorema, con un intervalo de cuarenta años entre el inicio —la Italia recién imbuida de fascismo del año 1922, año de nacimiento del director— y el final —los años sesenta de una Bolonia populosa e industrial, la capital roja de la nueva República Italiana surgida después de la Segunda Guerra Mundial y del Fascismo.

La tesis de Pasolini es explícita: la esencia de la condición humana permanece incólume desde su plasmación en la tragedia griega. Los invariables ontológicos permanecen. Silvano Mangano interpretará tanto a la madre de los años veinte —una mujer burguesa casada con un militar que recela de su hijo recién nacido como rival del amor de su esposa— como a la madre del propio Edipo, a la viuda del rey de Tebas: Yocasta. Idéntica representación corresponde a Luciano Bartola: padre militar y Layo. El propio Pasolini realiza un cameo interpretando al corifeo.

El primer plano de la película nos muestra un mojón con un icono: una mano extendida que indica una dirección: Tebas. La Tebas que aparece es el prólogo italiano. Edipo es Pasolini y Pasolini es cada uno de nosotros, espectadores. La simetría entre persona y personaje literario se corresponderá con la estructura: el epílogo nos remite al mismo escenario, al mismo paisaje inicial, pero con las marcas de los estragos del tiempo, tanto a nivel histórico (de lo rural fenecido y arrumbado, a lo urbano e industrial dominante), como a nivel subjetivo: ese Edipo expulsado de Tebas peregrina por la nueva Bolonia, con su adquirida condición de profeta ciego (como el despreciado y vilipendiado Tiresias) después de haber sido incapaz de ver-leer la realidad, pero aceptando estoicamente las consecuencias funestas de su búsqueda insobornable de la verdad.

El epílogo es un homenaje a Edipo en Colono, del mismo Sófocles, un Edipo que durante el núcleo central se ha caracterizado por su actitud violenta (asesinato de Layo, en un encuentro y choque urgido por la testosterona viril) y su rabia sexual (encuentros amorosos con su esposa-madre Yocasta, a través de los que desfoga su angustia y su furor ante las aciagas palabras del oráculo).

Con la sabiduría que le aporta su desgraciado periplo vital, Edipo-Pasolini recorre los paisajes de la infancia para descubrir que todo principio y todo final se corresponden, que todo alfa se proyecta en un omega, en una especie de rueda de la fortuna (de «hijo de la Fortuna» es tildado constantemente el personaje), de eterno retorno que constituyen la vida, el peregrinaje por el  mundo.

Una puesta en escena desnuda y parca, alejada del imaginario que el peplum y Hollywood diseñaron para la mitología griega; unos movimientos de cámara en mano, sin trípode (origen del estilo Dogma) y una música atonal y antropológicamente folclórica subrayan la esencialidad de la mirada moderna del poeta y director Pasolini.

Escribe Juan Ramón Gabriel

   

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