Valor de ley (True Grit, 2010), de los hermanos Coen

  18 Enero 2019

El leitmotiv religioso y la cabalgada nocturna

Valor de ley - 0La revisión que los hermanos Coen realizaron de la antigua y homónima película de Henry Hathaway de 1969 supera el modelo revisitado. En dicha superación juega un papel importante la producción ejecutiva de Steven Spielberg, así como la perspectiva ideológica adoptada.

La focalización del relato a través de la mirada de la adolescente Mattie Ross conserva la perspectiva de la película de Hathaway (una joven mujer: la irrupción femenina en la cosmología del western crepuscular, tributo a los convulsos y revolucionarios años sesenta), añadiéndole un barniz religioso deudor de la vertiente espiritual judía de los directores y del productor.

La nueva Mattie Ross es una joven tan valiente como profundamente segura de sus convicciones religiosas, piedra angular sobre la que se edificará su austero carácter y con el que, por oposición, conseguirá seducir a su oponente masculino, un descreído y vitalmente derrotado alguacil Rooster Cogburn (Jeff Bridges).

El revestimiento confesional lo buscarán y sustentarán los Coen en un clásico inmarcesible de 1955: La noche del cazador, de Charles Laughton. Concretamente, a través de la emulación del leitmotiv musical que pauta el relato fantástico y onírico, ese estribillo que el psicópata Harry Powell  (Robert Mitchum) tararea como emblema siniestro que avisa de su funesta presencia. Y será ese himno cristiano, Leaning on the Everlasting Arms, el motivo que tan oblicua como insistentemente acompañe a Mattie en su peregrinación en búsqueda del asesino de su padre; en su búsqueda de justicia-venganza para mitigar el dolor de su orfandad sobrevenida, causada por la avaricia, de manera simétrica a lo que les acaece a los jóvenes protagonistas (John y Pearl Harper) del filme de Laughton.

Ese relato de iniciación y de pérdida de inocencia se adereza con una atmósfera surrealista, perturbadora, que discurre en paralelo con la destrucción de la inocencia, de esa cosmovisión infantil que se está haciendo añicos por el abandono del encantamiento, de la ilusión infantil. Cuando Mattie es  mordida por la serpiente, Rooster no dudará en cargar con ella a lomos de Negrito y en emprender una onírica cabalgada nocturna portando, cual Pegaso alado, sujeta en su montura, a una agonizante Mattie que empieza a padecer alucinaciones por el efecto del veneno.

Su mirada delirante contempla el recorrido inverso, el paisaje y el bosque transitados, con una nueva perspectiva nocturna que acentúa el clima de irrealidad envolvente, propiciando un clímax emocional que la entrega, el amor del viejo alguacil vierte en la pantalla, mientras se queda sin resuello por el sobrehumano esfuerzo.

Esta cabalgada nocturna y salvadora se corresponde con el periplo de los hermanos Harper deslizándose por el río en la barca de su padre, huyendo del estribillo que canta el predicador-padrastro Harry Powell. Una escenografía teatral, maravillosa, casi sobrenatural, epifánica, que a lo largo del relato se había manifestado a través de pequeños fogonazos, se adueña de la pantalla. La cabalgada del alguacil Rooster se salda con una elipsis de veinticinco años. Lo mejor de las vidas del viejo y cansado servidor de la ley y de la joven y férrea cristiana Mattie se habrá perdido en aquel inhóspito territorio, en aquella solidaria aventura. El leitmotiv musical lo remarcará mientras alegra, purifica y consuela nuestros arañados corazones.

Escribe Juan Ramón Gabriel

Más información:
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