La soledad (2007), de Jaime Rosales

  08 Enero 2019

La vida breve

la-soledad-0El cine de Jaime Rosales es una constante exploración del valor expresivo de la imagen. No se trata de indagar en sus posibilidades técnicas, sino de ahondar en la esencia de lo cinematográfico, en lo específico de su lenguaje. Y así, es la composición del plano y su sucesión las que constituyen el esqueleto de sus películas.

Donde más llamativamente ha mostrado esta manera de enfrentarse a su oficio es en La soledad. Diríamos que es una de sus obras más originales si no lo fueran todas. En este caso su originalidad radica en el uso que hace de la pantalla partida, mostrando en cada una de sus mitades imágenes diferentes.

Pero no se trata de un recurso para conectar momentos o espacios distantes (tan sólo en un breve escena la utiliza en ese sentido), sino para hacer coincidir planos que se desarrollan en el mismo lugar y en el mismo instante y que en una planificación clásica estarían mediados por el paso del tiempo, siquiera fuera mínimamente.

En ocasiones esta estrategia es más enfática que efectiva, mostrando una narración a su servicio más que al contrario, como sería lo deseable. Sin embargo en otros momentos aparece cargada de significado, lo que avala y realza su valor y pertinencia.

Uno de esos momentos tiene lugar hacia el final de la película. La pantalla aparece dividida de tal forma que en el lado izquierdo vemos la terraza de la casa de Antonia, donde en unos instantes tenderá la ropa. La parte derecha muestra el interior de la casa, primero la cocina y luego la habitación de la propietaria. Se nos está narrando, como en casi toda la película, una escena cotidiana de la vida de esta mujer. Cuando acaba de tender entra en casa y va a la habitación a continuar con sus quehaceres domésticos. La vemos entonces a la derecha. En ese momento se la ve indispuesta y se desploma. Asistimos a su agonía. La mujer ha muerto.

El plano continúa fijo mostrando las dos mitades. Y es así como el director pone en conexión el pasado, el presente y el futuro de una manera magistral. No necesita realizar ningún corte, ni ningún movimiento de cámara ni ningún otro alarde que resultara aún más pomposo.

La muerte de Antonia conectada con la tarea que acaba de realizar, con su vida hasta ese momento, y al mismo tiempo con el vacío que deja, con el espacio que ya nunca más volverá a ocupar. Ese lugar aún contiene el rastro de su paso por él, por el mundo, un rastro que ahora sabemos finalizado. Al mismo tiempo la leve brisa que mueve las ropas nos indica una continuidad más allá de la protagonista, lo efímero e intrascendente de la vida.

Escribe Marcial Moreno

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