Ratatouille (2007), de Brad Bird

  31 Diciembre 2018

La función de la crítica

ratatoouille-0André Bazin y sus chicos cahieristas (Truffaut, Rohmer, Chabrol, Rivette, Godard…) fueron los responsables de que la crítica cinematográfica se aliase con la teoría sobre la misma, convirtiendo al artefacto cine en algo más que un mero entretenimiento, en parte integrante —la séptima— del Arte.

Con Ratatouille, la factoría Pixar rinde un tan estereotipado como logrado homenaje a otro arte antonomásicamente francés: la cocina. Este tributo cinematográfico al arte culinario servirá para ratificar la importante función que desempeña la crítica en la recepción de un producto cultural.

Así, durante los últimos diez minutos de la cinta, el personaje del crítico gastronómico Anton Ego —cuyo nombre atesora una inconmensurable ironía— se erige como el villano, el antagonista que en la última parte de la película evidenciará, con su sabiduría y su talento, el engaño urdido por el protagonista Linguini con el concurso y la ayuda de su fiel rata Remy, amén de sancionar y legitimar la maravilla alimentaria, el inmenso y verdadero sabor de la pureza primitiva que Remy ha materializado en su Ratatouille.

La tensión dramática acumulada la ha de resolver la papila gustativa de Ego que, bolígrafo en ristre, cual espada flamígera dispuesta a eliminar cualquier herejía perpetrada al canon culinario, queda inerme  ante el plato preparado por Remy: un zoom con efectos retroactivos lo teletransporta a un episodio de su más tierna infancia en medio de la campiña francesa y con su madre como protagonista. Para mitigar su dolor y tristeza, la madre le sirve un plato de… ratatouille que consigue transformar el ánimo alicaído y mohíno de su hijo.

Todo un homenaje a la magdalena de Proust que marcará un punto de inflexión en el ánimo y el juicio estético del áspero crítico. Un estallido sinestésico lo traslada a su más tierna y feliz infancia. Tal evocación le hace soltar el bolígrafo-arma, que cae al suelo en un plano ralentizado, metamorfoseándose el granítico rostro de Ego en una apacible y dichosa cara placentera.

A renglón seguido, a partir del minuto noventa y cinco de la película, a modo de coda-conclusión, ya en su guarida-palacio con vistas sobre los Campos Elíseos, Anton Ego reflexiona en un monólogo sobre cuál es la función que debe desempeñar un crítico, en la que va a ser su último juicio estético.

El hasta ahora personaje siniestro, terrorífico y casi vampírico (un remedo del crítico J. J. Hunsecker al que encarnaba Burt Lancaster en la desasosegante y durísima Chantaje en Broadway —1957—, de Alexander Mackendrik) renuncia a toda su pompa y artificiosidad para devenir en un simple servidor y catador de aquellos productos verdaderamente revolucionarios e innovadores, ante los que ha de jugársela y apostar toda su credibilidad.

Consciente de no haber entendido el democrático lema del fenecido (y padre espiritual y maestro del cocinero roedor Remy) chef Gusteau: «Cualquiera puede cocinar», confiesa su error y, mediante un retruécano, asume la nueva interpretación: no importa el origen ni la procedencia del artista (sí, mensaje norteamericano: cualquiera puede llegar a ser presidente de los EEUU), sino el producto final.

Y ese ratatouille que lo ha estremecido pertenece al mejor chef de Francia. Y él ha apostado todo su prestigio crítico por la defensa de ese chef, y lo ha perdido, pero es feliz degustando sus creaciones ontológicamente imposibles, pero artísticamente verosímiles e insuperables. En esa apuesta por saber reconocer lo novedoso en medio de un territorio hostil, en medio de la impostura y los prejuicios, radica la función de la crítica gastronómica y cinematográfica.

Como dice Ego, «sorpréndeme, Remy». Pues que el cine bien cocinado —cada vez más exiguo—  nos sorprenda también a nosotros.     

Escribe Juan Ramón Gabriel

 
 
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