Big Fish (2003), de Tim Burton

  02 Julio 2018

La poética de un embaucador

Big fish - 0La cosmovisión de Tim Burton alcanza su mayor esplendor en esta película, ejemplo inequívoco en que la forma y el fondo se solidifican magistralmente. El enfrentamiento con la figura paterna, con los límites impuestos por las relaciones familiares, es el leitmotiv de la cinematografía burtiana, elemento recurrente  tanto en Sleepy Hollow (1999), La novia cadáver (2005), Charlie y la fábrica de chocolate (2005) como en su hasta ahora última producción El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares (2016).

En Big Fish, dicha colisión paterno-filial se materializa a través de la antonimia entre las dos concepciones de la vida (y de la literatura, del arte) que detentan padre (una apuesta por la fantasía desaforada) e hijo (un periodista partidario del realismo). El padre Edward Bloom se erige como narrador omnímodo, de ahí ese apellido tan joyciano que ostenta. Burton utilizará esta aparente oposición para forjar su poética y para sortear la imposibilidad de la narración de la muerte.

La agonía que padece el padre debido a un cáncer terminal propiciará el acercamiento con su hijo, deseoso de tamizar qué elementos de los relatos paternos han sido verdaderos y cuáles falsos. Obviamente, el hijo enfoca erróneamente el problema, pues lo que se dirime no son los conceptos de verdadero o falso, sino los literarios de verosímil e inverosímil.

Para que el hijo se percate de su error de perspectiva, habrá de escuchar de boca de otro narrador (en este caso de una narradora, Jenny, enamorada desde niña de Edward Bloom) las historias de su padre. De esta manera confirma más que la veracidad de las mismas, el amor que su padre le ha profesado y que Will Bloom, su hijo, no ha sabido apreciar.

Aquí se desata el mecanismo del perdón. Ahora sólo falta que el hijo también se deje embaucar por la perspectiva fabuladora del padre. Tal asunción de perspectiva se materializará cuando sea Will quien narre a su padre la historia de su muerte, historia avanzada en el ojo de la bruja y que nunca se nos ha mostrado a los espectadores. Edward no puede verbalizar la narración de su propia muerte: la encomienda de dicho relato se la solicita, moribundo, a su propio hijo, ahora ya rendido al amor que durante toda su vida ha reprimido.

La narración de Will es un poema que nos embarga y nos emociona como nos han embargado y emocionado a lo largo de la película las historias maravillosas de su padre Edward. La narración culminará con la muerte real del padre, pero con dos entierros: uno virtual, fabuloso; otro, real. Ambos, bellamente estilizados por la mirada de Burton, que recurre a un remedo de correlación diseminativa recolectiva, a un poema en imágenes mediante la secuencia en que todos los seres que han poblado el imaginario de Edward se dan cita para rendirle tributo a orillas del río en donde Edward se metamorfoseará en ese gran pez del título: ahí está el gigante, el amigo  primero poeta, y después ladrón-magnate filántropo, las siamesas orientales, el jefe de pista del circo y suegro, etc, etc.

Una galería de frikis que consiguen, con su mera presencia y rendido tributo, sublimar el dolor de la muerte casi por alegría. En una vuelta de tuerca magistral, Burton vuelve a relatar el entierro, ahora desde el mundo real, y allí vuelven a comparecer las mismas criaturas que ahora devienen personas, modelos reales sobre los que Edward forjó su vida y su fantasía, en una unidad inextricable que Will finalmente comprenderá, admirará y asumirá.

Como el agónico Edward le había profetizado a su incrédulo y escéptico hijo, la próxima conversión de Will en padre (su mujer francesa está embarazada) le obligará a modificar su visión-relato del mundo. La secuencia del hijo de Will chapoteando en la piscina del abuelo muestra el eterno retorno de las relaciones familiares, con sus enfrentamientos y distancias, pero también con su amor.

La poética de Burton inunda de afecto la pantalla, de dolor y de dicha nuestra mirada, a través de su inconmensurable belleza, de su vuelo imaginario. La fantasía consigue soslayar el prosaico acabamiento de la vida.

Escribe Juan Ramón Gabriel

Big fish - 1 Big fish - 2
Big fish - 3 Big fish - 4
Big fish - 5 Big fish - 6
Big fish - 7 Big fish - 8
Big fish - 9 Big fish - 10