Una razón brillante (Le brio, 2017) de Yvan Attal, y El buen maestro (Les grands sprits, 2017) de Olivier Ayache-Vidal

  07 Junio 2018

La educación francesa

una-razon-brillante-1En 1959, Françoise Truffaut dirigía uno de los filmes fundacionales de la nouvelle vague: Los 400 golpes, traducción española literal del título francés (Les quatre cents coups) que desorienta respecto al punto de vista del filme. Algo semejante a las mil travesuras, pillerías, diabluras o, incluso, gamberradas sería una traslación más adecuada.

En aquella película, las secuencias que discurrían en el colegio mostraban a unos profesores rígidos y un sistema educativo inflexible, cruel,  y… masculino. Truffaut parecía refutar la carta de agradecimiento (19 de noviembre de 1957) que Albert Camus envió a su maestro, Louis Germain, nada más recibir el Premio Nobel.

El tema educativo ha sido y sigue siendo un motivo caro a la cinematografía francesa, uno de los pilares —la escuela— de la República, el cuarto eje después de la libertad, igualdad y fraternidad. De hecho, los dos títulos supracitados así lo confirman. También confirman que la escuela se ha convertido en la institución que legitima y sanciona el sistema político vigente, en el aparato ideológico del Estado que ha sustituido a la Iglesia en su función de rúbrica del poder.

Por eso los dos protagonistas de tales filmes son dos hombres célibes, solteros, maduros, tan atildados en su vestimenta como formales en su discurso, al fin y al cabo los dos son profesionales de la retórica: uno, Daniel Auteuill, es un cincuentón profesor de universidad, tan descreído y nihilista como lúcido y políticamente incorrecto; otro, Denis Podalydès, es un cuarentón profesor de literatura en un liceo burgués y elitista de la capital.

Los dos se verán “removidos” de sus cargos por motivos políticos.

Auteuill arremete contra los convencionalismos ideológicos imperantes a través de una alumna de origen magrebí, lo cual le valdrá ser tildado de racista y de machista. La penitencia que le impone el rector de la Universidad es preparar a dicha alumna para un concurso de retórica forense, a fin de expiar su “pecado”, así como convertirse en abanderado de la integración y de la modernidad  y revocar el sambenito de elitismo que le persigue a él como profesor y a la Universidad como estamento cerrado.

Podalydès se verá involucrado, a partir de verbalizar en público e indiscretamente su receta para los conflictivos institutos de la banlieue (que los profesores con más experiencia y mejor preparados se hagan cargo de impartir docencia en dichos extrarradios), en su propio experimento pedagógico, instado por la propia Ministra de Educación en persona y por la alargada sombra de la fama intelectual de su padre, ante la que debe rendir pleitesía y someterse.

Así pues, ambos profesores son impelidos por causas políticas a desempeñar aquella tarea que uno refuta y el otro anhela como solución… para los demás. Dos nuevos clérigos, sin familia ni vida privada, pigmaliones modernos que deben compensar su fracaso íntimo y personal con su entrega vocacional a la causa. Pues, al fin y al cabo, de eso se trata. En el fondo, son unos sacerdotes del saber y de la educación dispuestos a inmolarse (a empujones y a rastras) en aras de salvar las almas de su rebaño de fieles estudiantes.

Su humillación está servida. Su salvación, asegurada. El sistema, satisfecho. A pesar de ser una profesión —la educación— en la que se ha producido una galopante feminización en los últimos treinta años, el cine sigue utilizando a sujetos masculinos como protagonistas de sus ficciones.

Ay, qué profético resultó el señor Thackeray (Sydney Portier) en aquella lejana Rebelión en las aulas (1967). Y cuántas humillaciones posteriores han sobrevenido. Los guardadores de rebaños.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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