Los papeles del Pentágono (The Post, 2017), de Steven Spielberg

  06 Abril 2018

El vientre de la ballena

pentagono-0En su penúltimo filme, el director de Encuentros en la tercera fase clausura su historia con una especie de coda, de estrambote añadido, mediante una secuencia que evidencia la continuidad de su filme con respecto a la afamada Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula. Sí, el trabajo de Spielberg es una precuela con respecto a la obra de Pakula.

Previamente, la secuencia que cierra propiamente la narración del filme de Spielberg deviene en una síntesis recopilatoria de todos los meandros y afluentes por donde ha discurrido el panfleto —pero qué panfleto— en defensa de la libertad de expresión que ha pergeñado el autor de Tiburón. Es una secuencia a modo de delta que recoge los sedimentos ideológicos spielbergianos.

Un gran plano general recoge el vientre de la ballena periodística, la sala de máquinas de un periódico: su rotativa, su estancia más industrial y material, más tangible, allí donde se corporizan las palabras de los redactores. Por entre medias de la rotativa pasean, casi deambulan peripatéticamente, satisfechos y relajados después de terminada su labor, manteniendo una conversación pausada y relajada tras la insoportable tensión vivida, dialogan la propietaria del periódico (Kay Graham/Meryl Streep) y su director (Ben Bradlee/Tom Hanks).

Spielberg mantiene el plano general y lo redunda mediante sucesivos pantallazos, a través de diversos flashes vía zoom con efecto pleonástico, los cuales, a medida que empequeñecen a los personajes, agrandan el tamaño de sus palabras, sin lugar a dudas el inicio de una gran amistad, de una fructífera y exitosa labor de equipo.

Los periódicos se deslizan por las cintas de la rotativa, enmarcando el plano a modo de arcos triunfales que envuelven a los personajes (Adolfo Bellido dixit), como venas e intestinos (como tentáculos) por los que circulan la sangre y los detritus sociales que alimentan a un periódico y que éste deglute para purgar y purificar a la sociedad, para seguir facilitando su digestión.

Spielberg remarca la monumentalidad del espacio frente a la aparente insignificancia de los personajes, pues prosigue su labor pedagógica: lo importante es la libertad de prensa, la prensa como cuarto poder, como mecanismo de control del leviatán. De ahí que muestre un rendido homenaje al espacio donde cuaja toda la labor periodística: la sala de máquinas, el engranaje, el vientre de esa ballena que no sólo no devora a los Jonás que se enfrentan al poder, sino que en su nimiedad aparente los eleva a héroes modernos en una época para los EEUU y, por extensión, para el resto del mundo, de inicio de rechazo a y de enfrentamiento contra la manipulación, de arranque de crítica a los mecanismos usurpadores de la verdad.

Esa rotativa representa el esfuerzo colectivo, social, el único válido para enfrentarse al monstruo. Spielberg homenajea a esos años setenta, a aquel cine político, cuando él empezó su exitosa carrera. De ahí el carácter elegíaco que desprenden las imágenes de su película. Es un tiempo ido. Fue, también, el inicio de su juventud creadora.

A esos tiempos y a esos hombres y mujeres rinde tributo Steven, que se quisiera uno de ellos.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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