Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) y Rebeca (Rebecca, 1940)

  06 Marzo 2018

Welles versus Hitchcock: De R de Rebeca a R de Rosebud

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Resulta como mínimo curioso comprobar el pugilato existente entre el cine (en cuanto a personajes, momentos o resolución de algunas secuencias) de Hitchcock y el de Welles, lo que se pone de manifiesto comparando la primera película americana del realizador inglés con el primer filme dirigido por Welles. Y es que Rebeca y en Ciudadano Kane están realizadas casi al unísono: la primera es de 1940, mientras la segunda está fechada su producción en 1941.

Veamos algunas de sus identidades remarcadas desde su inicio: gran mansión en Rebeca y Xanadú, en Ciudadano Kane, ambas vistas desde su gran verja de entrada. En las dos películas hay un misterio-pasado que resolver, que descubrir.

Al final el mundo (Manderley) de Rebeca es presa de las llamas, como también lo será el secreto de las palabras finales de Kane: Rosebud. Ambas palabras serán engullidas por el fuego. La idea de una y otra película, en su final, es distinta, claro, la liberación en una del personaje principal no se corresponde con el ocultamiento del secreto de Kane, de quien sólo el espectador (al tiempo investigador) llegará a conocer. Secreto sobre secretos.

Más plana, circunscrita a la narrativa (aparentemente) clásica Rebeca que Ciudadano Kane, plantea también relaciones de sumisión y poder. Eso sí, Welles se aleja del cine comercial saltando por encima de convenciones y de estereotipos. O lo hace de forma más clara que Hitchcock, quien trata de esconder, entre sus imágenes, sus múltiples transgresiones lingüísticas.

En este sentido, aquí Welles arriesga mucho más, hasta el punto de ocultar lo inimaginable, comenzando por el destinatario al que se dirige el secreto que engloba, como MacGuffin hitchcockiano, el enunciado de las últimas palabras que Kane pronuncia antes de morir. El «Rosebud» que lanza no puede ser escuchado por nadie porque nadie estaba con él en la habitación en el momento de su muerte. El único escuchante es el espectador, que desde el plano de inicio ha sido no sólo invitado a saltar la entrada de Xanadú, a pesar de que un letrero explica claramente que está prohibida la entrada, sino a dirigirse (plano a plano cada vez más cerca de su destino, lo que permite también conocer la grandeza de tal gran mansión) hacia la ventana iluminada (y atravesarla) en donde agoniza Kane. Y, por ello, el espectador, reconvertido en el periodista investigador, trata de conocer qué es Rosebud a través de la infiltración en el pasado del magnate.

Al final, sólo el espectador asistirá a la verdad sobre Rosebud, desechada por todos ante su insignificancia e ignorando que ese es el secreto de Kane: el trineo con el que jugaba de niño. El espectador asiste a la muerte de un mundo y al descubrimiento de su secreto.

En Rebeca también descubrirá, aunque de la mano de la narradora señora de Winter (por cierto una mujer sin nombre), quién era Rebeca y cómo su mundo queda destruido, simbolizado en una almohada destruida por el fuego (al igual que la casa —y el ama de llaves— que la adoró) en la que aparece dibujada la palabra R. La misma letra inicial del trineo llamado Rosebud.

En ambas el fuego se convierte en un protagonista de primer orden. Al igual que al comienzo lo era, en ambos casos, la presencia de una gran mansión.

Escribe Adolfo Bellido López

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NO TRESPASSING: From Manderley to Xanadu from Rob Stone on Vimeo.