El Submarino (Das Boot, 1981) de Wolfgang Petersen

  24 Febrero 2018

 

Espacio fílmico y protagonismo dramático

el-submarino-0Lo que puede ganar en suspenso una imagen cargada de imaginación y en protagonismo una mera máquina, nos lo ofrece una secuencia ambientada en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. En ella se aprovecha el espacio fílmico organizando algunos elementos dentro del campo visual junto a otros de carácter sonoro, fuera de él, para sumergir al espectador en la imagen y el relato propuestos. El submarino (Das Boot, Petersen, RFA, 1981) es un buen ejemplo de interrelación de elementos cinematográficos dirigidos a aprovechar las posibilidades estético narrativas de un guión de carácter épico.

Basándose en la novela homónima de Lothar Günther-Buchheim, Petersen elige el submarino como transfiguración técnico moderna de la iconografía mítica occidental. Así vemos, por ejemplo, cómo toda la astucia implicada en el Caballo de Troya se va transformando en Odisea —esto es, en un viaje a la deriva en el que el principal propósito es la sobrevivencia en medio de la inmensidad del océano— y, también, cómo la máquina va adquiriendo dimensiones semihumanas —como en la historia bíblica de Jonás y en la de Moby Dick, de Melville.

A través del filme, el sumergible se va transformando progresivamente en un protagonista más de la historia —acaso en el principal. Merced a ciertos elementos que van dotándolo de una especie de vida propia, el submarino consigue traspasar los límites de su significación convencional —en tanto objeto útil— e instalarse en el terreno de su significación dramática —en tanto símbolo.  

Así, pues, son sus numerosos relojes e instrumentos de medición, sus artefactos de propulsión, inmersión y emersión, así como también sus artilugios de contención y resistencia a la presión submarina, los que funcionan aquí como cajas de resonancia y espejos de la tensión y angustia experimentadas por su tripulación.

La secuencia que nos ocupa, una que relata una inmersión de práctica, comienza con una voz y un timbre de alarma. Enseguida, la tripulación es conminada a tomar raudamente sus posiciones de inmersión. Al grito que abre la secuencia le siguen, inmediatamente, una coreografía de luces, movimientos y sonidos sincronizados que nos sumergen vertiginosamente, sobre todo gracias al notable uso del movimiento y del enfoque de la cámara, en el interior del submarino y en las profundidades del océano.

A un nivel narrativo estructural, Petersen delimita esta secuencia de aproximadamente cuatro minutos, por medio de cuatro planos relacionados con el exterior del submarino: uno medio en contrapicado de un marinero dando la voz de alarma desde el puente con el azul del cielo de fondo, uno general medio en el que vemos el submarino sumergirse, un primer plano en el que va descendiendo y otro general medio en el que termina emergiendo, respectivamente. Así, se consigue demarcar claramente la línea de división entre un adentro y un afuera, lo que le permite a Petersen, a su vez, crear dos realidades: la de la pulcra y silenciosa inmersión de la mera máquina y la de la agitada vida en su interior.

Pero dicha vida no sólo es reducida a la que llevan los tripulantes dentro del submarino considerando el afuera de estos —de ello tenemos varias escenas e incisos narrativos que nos enseñan, de manera bastante fidedigna, la vida de afuera de un marinero de guerra de la época.

La vida dentro del submarino es expuesta, además, en términos de una especie de compenetración entre la tripulación y la máquina, vale decir, como el resultado del mundo de hábitos, cuidados, movimientos, silencios y escuchas que se realizan tanto para acechar como para evitar el acecho, para mantener la nave y mantenerse en forma, para ejercitarse, para sobrevivir al enclaustramiento y enfrentarse a lo desconocido a través o, mejor dicho, a partir de los límites impuestos por la presión submarina y las salvaguardas del acero, sus válvulas y sus sellos.

La escena de la inmersión de práctica nos presenta lo anterior de manera simple, pero no por ello menos elaborada, pues representa la forma más efectiva de adentrarse cinematográficamente en los límites del submarino y de su tripulación, es decir, de la máquina y del ser humano compenetrado con ella.

El descenso controlado a gigantescos niveles de presión —metáfora submarina del estado de guerra que late de fondo en la película— anida el riesgo del colapso. Petersen se encarga de retratarlo aquí haciendo una síntesis o simbiosis fílmica entre el hombre y la máquina, esto es, intercalando significativamente rostros, relojes, rumores y rugidos de metal: todo, como una especie de primer esbozo del descenso que terminará por convertirse, finalmente, en caída abismal.

Escribe: Carlos Novoa Cabello

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