Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), de Robert Aldrich

  05 Febrero 2018

La dignidad redimida

Doce del patíbulo - 0En el año 2009, Quentin Tarantino remozaba, a través de sus Malditos bastardos, una corriente cinematográfica que había sido agostada por el devenir de los tiempos. Nos referimos a aquel subgénero bélico —ramal de la épica y de la epopeya clásicas— protagonizado casi íntegramente por personajes masculinos, cuya acta fundacional podría retrotraerse hasta Objetivo Birmania (1945), del gran Raoul Walsh, pasando por El puente sobre el río Kwai (1957), de David Lean, y cuyo gran artífice y demiurgo, en los sociales años cincuenta y sesenta sería John Sturges, cuyos filmes se  edificaron sobre unos repartos elaborados a partir de la presencia de unos secundarios de lujo, cuya fotogenia atrapaba la pantalla opacando el brillo de cualquier posible estrella: Charles Bronson, James Coburn, Robert Ryan, Ernest Borgnine, Lee Marvin…

Toda esta pléyade actoral se irá trasvasando de unas películas a otras, caracterizadas todas ellas por la presencia de una masculinidad y virilidad tan álgida en la ficción como incipientemente agonizante a nivel social, siendo el género bélico el último baluarte en donde poder expresar y dar refugio a una concepción del hombre que alcanzaba su culminación gracias a un trabajo en equipo, remedo del trabajo social (comunista).

Engarzando la elegía por una épica bélica que desaparecía y anticipando la sátira que se vislumbraba, el magnífico Robert Aldrich pone en pie, en 1967, su no menos magnífica Doce del patíbulo. En ella, el director ejecuta una sinfonía de raigambre fordiana, enfrentando a un soldado forjado en la batalla y en la acción (Lee Marvin) con un coronel arquetípico del militar profesional de academia: el coronel Everett, interpretado por un soberbio y otoñal Robert Ryan, al modo del Owen Thursday —remedo del general Custer— al que encarnaba Henry Fonda en Fort Apache (1948), de John Ford.

Como testigos de lujo de esa pugna entre esas dos concepciones de entender el servicio militar —la vida, por extensión—, Ernest Borgnine, inmediato superior de ambos, y el ejemplar George Kennedy, en el papel de un mayor que ha de supervisar la formación del comando. Un comando que da título a la película y que estará formado por doce apostólicos condenados a muerte, doce excrecencias asesinas y algunas psicópatas, deshonradamente apartadas del ejército y que esperan la aplicación de la pena capital.

Entre ellos, a modo de redención personal y colectiva, el mayor Reisman (Lee Marvin) configurará un comando mediante un entrenamiento y formación con los que pretenderá reintegrarles la dignidad perdida no sólo como soldados, sino como seres humanos. Actores que conforman el mencionado comando: Telly Savalas, John Cassavetes (Oscar al actor de reparto por su interpretación), Donald Sutherland, Jim Brown (la cuota de color, la irrupción de los actores negros), Charles Bronson…

Acabada la etapa de formación, el comando clandestino debe alojarse en el cuartel que dirige Robert Ryan. Éste ha conseguido saber de la llegada de una unidad a su regimiento y organiza una recepción en toda regla, ateniéndose a la liturgia y el protocolo militar: una banda de música y una compañía en formación esperan para hacer los honores al ilustre general de incógnito que Ryan se imagina y fabula que va a llegar.

El nerviosismo del coronel Everett (Ryan) es patente. El director de la banda de música empieza la marcha cada vez que Ryan se asoma por la puerta, en balde, truncando el afán y el énfasis de la banda. La situación se repite, cómicamente, hasta que finalmente llega el convoy de supuesto incógnito, capitaneado por un Lee Marvin que muestra su disgusto por los oropeles y la formalidad pedante y estentórea de un coronel Everett al que detesta y con el que ha tenido sucesivos encontronazos.

No obstante, se sobrepone a la incómoda sorpresa y decide ofrecerle al coronel el espectáculo que ha propiciado. Para ello, dota a un estrafalario y alelado y oligofrénico Donald Sutherland de la condición de general y le obliga a pasar revista a las tropas de Everett. Sutherland, imbuido y satisfecho con el papel asignado, se esfuerza y extralimita en su cometido, evidenciando la farsa y poniendo en entredicho la fatuidad pomposa y estúpida del coronel Everett, cazado en su propia trampa.

Una larga secuencia que no puede esconder sus raíces fordianas.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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