Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) de Peckinpah

  07 Enero 2018

Palabra de honor

grupo-salvaje-0Llamo su atención sobre el fragmento de una escena en la que confluye, de manera magistral, un diálogo de imágenes y palabras. La secuencia pertenece a la película Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969), dirigida por Sam Peckinpah. Detractores y defensores de la película coinciden en destacar que es el canto crepuscular de un género cinematográfico y su referente social: el western. Tal vez por esto, la escena reseñada me recuerda, desde hace tiempo, la condición crepuscular de un estilo de vida basado en el valor de la palabra.

Por supuesto, el diálogo que comentamos no tendría tanto valor expresivo si no fuera por el relato visual en el que se inscribe. La secuencia se localiza hacia el final de la película cuando, tras la primera entrega de armas al general Mapache, el grupo de forajidos comandado por Bishop se reúne en un escarpado y rocoso lugar en la frontera entre México y EE.UU. Lugar desde el que observan que Thorton y su banda de cazarrecompensas les siguen los pasos.

Desde las alturas de un paisaje desértico, Pike Bishop (William Holden) y Dutch Engstrom (Ernest Borgnine) discuten sobre cómo despistar a Thorton (Robert Ryan), tipo al que conocen bien por haber compartido banda de atracos y demás correrías. Por eso no dudan de que ahora intente cumplir con la palabra dada al dueño del ferrocarril de acabar con la banda de Bishop. En el momento en el que entre éste y su segundo, intercambian las siguientes palabras:

Bishop: ¡Es su palabra!

Dutch: ¡Eso no importa! (Breve silencio) Lo que cuenta es a quién se la da.

Este diálogo de apenas unos segundos se produce en medio de siete planos y contraplanos. Son primeros planos, en contrapicado, de los dos actores en plena discusión. El fragmento forma parte de una secuencia de poco más de tres minutos construida con 54 cortes. Hacemos referencia a este dato porque es una de las características más proclamada de Grupo salvaje: el eficaz y agilísimo montaje. Desde luego, con otro montaje menos fragmentado el diálogo que nos ocupa no tendría la misma fuerza dramática. Los primeros planos nos permiten adivinar que las miradas cruzadas de los dos personajes parecen anunciar que su final está próximo porque la palabra será cumplida.

Bishop se refiere a la palabra que Thorton le había dado al dueño del ferrocarril de capturar, vivos o muertos, a sus antiguos colegas que acababan de robar el banco y matar a medio pueblo. Mientras que para Dutch, lo importante es que su perseguidor no cejará en el empeño. Y no desistirá no por respeto a la palabra dada, sino porque el dueño del ferrocarril le exigirá cumplir el compromiso hasta el final; esto es, hasta darles caza.

La película y sus personajes, como decía más arriba, retratan un tiempo que se acaba: el de los vaqueros duros, sustituidos ahora por trenes y ametralladoras. Reivindicar la palabra en estos términos me recuerda al profesor Emilio Lledó, cuando afirmaba que el lógos es tal, sólo cuando “pasa de uno a otro”. Carece de valor por sí mismo si no es recibido por el otro que lo interpreta y vuelve a remitir.

Aunque sólo sea por diálogo visual y sonoro comentado, bien vale la pena revisitar esta obra cinematográfica de referencia. ¡Cuánto se pude decir con tan pocas palabras e imágenes tan intensas!

Escribe Ángel San Martín

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