El autor (2017), de Manuel Martín Cuenca

  27 Noviembre 2017

Ausencia de autoridad

el-autor-1La última película del director de La flaqueza del bolchevique (2003) o de la más reciente Caníbal (2013) es un baldío esfuerzo por intentar captar, reflejar en la pantalla, el engranaje interno del proceso de creación artística: concretamente el de un novelista en cuya encarnación se parte la cara infructuosamente el actor Javier Gutiérrez, que corre el peligro de convertirse en un Darín a la española, es decir, un actor cuyos registros superan los inanes papeles que le son adjudicados, ya que a su mera presencia física se le adjudica el don de insuflar vida a la máscara del personaje.

En vano. Este aprendiz de escritor deviene en un esperpéntico personaje debido a un paupérrimo guión que no sabe cómo discurrir por el berenjenal (contraposición realidad/ficción, neurosis creativa…) en que se introduce.

La escena culminante tanto dramática como, por desgracia, ridículamente: la escena que debería representar la inmolación del artista en el altar del sacrificio de la poiesis, de su entrega absoluta a su íntima llamada artística, se convierte en una patochada. De hecho, dicha escena se está utilizando como reclamo, cebo comercial para atraer a incautos espectadores.

Siguiendo el modelo hemingwayiano de creador, ese que concita la genitalidad y la virilidad como fuentes de inspiración, la fusión del binomio vida-escritura (modelo que el profesor de escritura creativa al que interpreta Antonio de la Torre —pobrecito también él, qué desperdicio— pone como ejemplo a imitar), el personaje de Javier Gutiérrez se desnuda frente al ordenador, desnudo literal, no literario ni metafórico, plantando encima de la mesa sus atributos viriles: su pene y sus dos testículos.

He aquí la desnudez física como mal ejemplo de la desnudez y entrega anímica. El estupor se adueña del espectador. El rubor alcanza hasta la mirada más despistada. Lo peor es que la secuencia nos remite a El silencio de los corderos (1991), en concreto a la escena en que el psicópata Bufalo Bill aparece completamente desnudo, de espaldas a la cámara, entregado a su labor creadora frente a una máquina de coser: hilvanar la piel de las jóvenes a las que asesina para confeccionarse un traje-una personalidad de mujer.

Un escalofrío de miedo y terror recorre la espina dorsal del espectador cuando intuye la labor que Bufalo Bill está realizando. Un escalofrío de risa reprimida, de vergüenza ajena provoca el desnudo integral del gran Javier Gutiérrez. Qué buen actor si tuviese un buen director.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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