Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), de Clint Eastwood

  18 Noviembre 2017

Lluvia en los cristales

Los puentes de Madison - 0Francesca lleva una vida ordenada y aburrida en Iowa, en el medio oeste rural de los Estados Unidos. Los alicientes que la estimulan tienen las dimensiones de un apacible pasar con su marido granjero. Cuando se queda sola se permite escuchar ópera en la radio.

Pero un día aparece Robert, fotógrafo de la revista National Geographic atraído por los peculiares puentes cubiertos de la zona. La coincidencia con los cuatro días de ausencia de su marido le dará pie a descubrir un nuevo mundo, la posibilidad de una vida que quizá intuía, pero de cuya existencia no tenía noticia. Cuatro días trepidantes en los que se transformará por completo.

Pero la felicidad toca a su fin al ritmo con el que transcurre el lapso de libertad que Francesca ha disfrutado. Y llega el momento de la despedida, o el de la decisión que ha de marcar el resto de su vida.

Clint Eastwood lo resuelve con una escena que sintetiza toda su existencia. La pasada y la futura.

El marido de Francesca vuelve. En un día lluvioso, que contrasta con el radiante sol de los días anteriores, los pasados con Robert, ella lo acompaña en la furgoneta a comprar víveres. Y allí, al otro lado de la calle, está el fotógrafo con su camioneta. Desciende del vehículo y se acerca a ella. La imagen tiene un poco de real y un poco de la materialización del deseo de la mujer. La lluvia en los cristales suple sus lágrimas contenidas. La cámara muestra, cada vez más difusa, la imagen de la camioneta, como un recuerdo que se evapora. La narración por parte de la mujer de lo que ocurrió acentúa el tono nostálgico, de pérdida, de toda la escena.

Al volver el marido repara en la furgoneta, y señala su extrañeza de que venga de tan lejos, la promesa de un mundo más allá de los límites que la constriñen. Francesca, en un arrebato de rebeldía, ase la manivela de la puerta que le permitirá abrir y correr hacia su amado. Pero no escapa. Su cobardía acaba imponiéndose. El marido sube la ventanilla y cierra definitivamente la cárcel en la que va a vivir a partir de ahora.

Una cárcel en la que nadie va a entenderla. “¿Quieres decirme lo que te ocurre?”, le pregunta como si fuera capaz de comprender algo. No recibe respuesta de Francesca, pero es la cámara la que sí la dará, al mostrar el anillo de casada en su dedo. Sin darle excesiva importancia el hombre prende la radio y de ella no surgen las notas de jazz que oía con Robert, sino las noticias ganaderas de siempre. Ni la caída de una guillotina habría sonado más demoledora.

Escribe Marcial Moreno

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