Duelo de titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957) de John Sturges

  22 Septiembre 2017

Compañerismo de héroes homéricos

Duelo de titanes -0En los últimos tiempos, a raíz de una reivindicación de derechos civiles con carácter retroactivo (pues la gran magia del cine sirve para reescribir el pasado y ejercer la justicia poética), una serie de títulos se han hecho eco del dolor y la frustración que acarreaban las relaciones homosexuales en los años cincuenta (Las horas, 2002, de Stephen Daldry; Carol, 2015, de Todd Haynes).

A pesar de la censura ejercida sobre la libertad sexual, a modo de la represión freudiana la libido desviada se colaba por entre los entresijos de muchos filmes de aquella época, desde los peplums como Ben-Hur (1959), hasta los westerns como El hombre de las pistolas de oro, del mismo año, o la más dramática y explícita La calumnia (1961), dirigida también por William Wyler, como la película protagonizada por Charlton Heston antes citada.

En el año 1957, un John Sturges que había dirigido en 1955 Conspiración de silencio con el gran Spencer Tracy de protagonista y secundado —¡ahí es nada!-- por Robert Ryan, Ernest Borgnine, Lee Marvin (antes de ser Liberty Valance) y Walter Brenan; Sturges, decíamos, dirigía uno de los más canónicos westerns de la historia del cine, enfrentando en la pantalla a dos de las más rutilantes estrellas de este mismo arte: Burt Lancaster y Kirk Douglas. Posteriormente, el director se haría cargo de otras dos inmensas muestras del mismo género: El  último tren de Gun Hill (1959), otra vez con Kirk Douglas, y Los siete magníficos, de 1960. En 1963, aún redondearía su filmografía con La gran evasión.

El duelo interpretativo entre Lancaster y Douglas echaría chispas, surgiendo entre ambos personajes masculinos una atracción que solamente puede ser calificada de filia, de amistad, de amor, remedo de las hazañas y del compañerismo de los héroes homéricos. Toda la película de Sturges se estructura a través de los duelos verbales que se establecen entre Wyatt Earp (Lancaster) y Doc Holliday (Douglas).

Durante toda la película se buscan mutuamente, intercambiándose favores a medida que su amistad se va afianzando. El  sheriff Earp es comprensivo con el jugador y pendenciero Holliday. Aquél, en su juventud, también llevó una vida descarriada. Por otro lado, el orgulloso sudista que es Holliday, derrotado por la historia, alberga en su interior un concepto trasnochado de la honra que vuelve a reverdecer a través del contacto con Earp: la caballerosidad, la palabra dada, el honor, son valores que ambos respetan.

La escena culminante en que su amistad, su mutua comprensión, su compenetración alcanza su cénit transcurre en la habitación del hotel donde se hospeda Holliday. Allí, un atribulado Wyatt irrumpe solicitando la ayuda, implorando el apoyo de Doc para hacer frente a los hermanos Clanton, después de que Earp haya decidido saltarse todas las barreras legales inherentes a su condición de comisario, primando su impulso afectivo: han asesinado a su hermano y anhela venganza. También aparca sus melindres con Holliday y apela directamente a su amistad, a su amor. Holliday, inconsciente después de un ataque de tos tuberculosa que lo deja derrotado, asiste cual cadáver a la imploración de su amigo. Earp empieza a imprecarlo, lo tilda de borracho.

De pronto, de un ángulo oscuro de la habitación surge la figura de la amante oficial de Holliday: Kate, que ha permanecido toda la noche velando a su amante en espera de que expire. La mirada de Kate sobre Wyatt muestra todo su desprecio, su odio: ella es consciente de que Earp le ha robado a su hombre. Wyatt, humillado, herido por haber expuesto sus miedos y su amor, sale cabizbajo a enfrentarse con la muerte. Por supuesto, Holliday se repondrá a tiempo para ir en auxilio de su amigo, de su único amigo. Lo demás es leyenda cinematográfica.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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