Una mujer es una mujer (Une femme est une femme, 1961), de Jean-Luc Godard

  14 Julio 2017

A vueltas con el lenguaje

une femme est une femme-1Adiós al lenguaje es el título de la última película de Jean-Luc Godard. Un título paradójico, por cuanto él mismo enuncia, comunica, del mismo modo que lo hace la película que lo porta. No es nada nuevo, ya que en esta paradoja se ha movido siempre el director francés. Más que contar historias sus obras son reflexiones sobre el modo de contarlas. En definitiva, sobre el lenguaje.

Para intentar salvar la contradicción puede apelarse, quizá, a la ineficacia de los recursos lingüísticos hasta ahora utilizados, y con ello a la necesidad de renovarlos, de encontrar los adecuados para los nuevos mensajes que aguardan su vehículo. Más que una despedida se trataría de una espera de nuevos caminos. Aunque tal vez, y ahí nos encontraríamos con una postura mucho más radical, el fin del lenguaje obedece a que se ha convertido en innecesario, en tanto que ya no queda nada nuevo que comunicar.

Eso es lo que se apunta en una hermosa escena de Una mujer es una mujer. En la línea de lo que señalábamos, la película entera es un compendio de las formas expresivas, de las posibilidades de comunicación y de sus límites.

En un momento dado los protagonistas hablan sin entenderse. O emiten sonidos frente al espejo o al cepillarse los dientes que ni siquiera alcanzan el rango de palabras. Cuando se acuestan, frustrados, se dan la espalda. Para resolver el problema deciden ir a su biblioteca y proveerse de libros en los que van señalando los términos que no pueden expresar o que no son comprendidos. No leen lo allí escrito, sino que se limitan a mostrarlo. Al proceder de esta manera reconocen, por una parte, que la voz humana carece de la eficacia de la palabra plasmada en el libro. Por otra asumen su inferioridad.

Es decir, el lenguaje hablado además de ineficaz es superfluo. No sólo no puede comunicar, sino que aquello que querría enunciar ha sido ya dicho, y lo ha sido de manera mucho más perfecta, más ajustada. Ahí sí hay comunicación. Por fin se entienden. Por el contrario seguir con el lenguaje hasta ese momento utilizado, buscar incluso nuevos lenguajes, es repetir y degradar lo ya expresado. Los mensajes siguen siendo necesarios, aunque sea para repetirlos una y otra vez,  pero los mecanismos que los articulan se han agotado.

Este es el verdadero fin del lenguaje. No se trata de matarlo, sino de descubrir que ya no le queda más vida. Ha muerto por inanición.

Escribe Marcial Moreno

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