‘Sully’ (2016) de Clint Eastwood y ‘El ciudadano ilustre’ (2016) de Mariano Cohn

  27 Junio 2017

Eastwood y el cine argentino: La creación de sentido

sullyEn este tiempo convulso y de acelerado ritmo, el cine también se ha hecho eco, debido a su inherente morfología, del vértigo asociado a las diferentes estrategias de legitimación, es decir, de aquello que suele ser bautizado con neologismos importados, tales como posverdad (sustantivando lo que en origen es un adjetivo) o, más estructuralmente, como relato o narrativa.

Frente a la ficcionalización (semiotización, que dirían los clásicos y vetustos autores de los sesenta y setenta del siglo XX) de la realidad, dos son las estrategias mayoritarias que exhibe el (pen)último cine.

Por un lado, un director del empaque de Clint Eastwood, uno —por no decir el único— de los últimos clásicos vivos, ideológicamente significado como republicano, conservador, sustento en campaña del inefable Trump; el gran Eastwood ha buscado en la realidad los argumentos y los héroes para sus últimas producciones: El francotirador (2014) y Sully (2016).

Los protagonistas de ambas películas son americanos normales y corrientes, proletarios cuya principal preocupación consiste en aportar el sustento económico de sus familias diariamente, gracias al sudor y el esfuerzo de su honrado trabajo. De ahí que la narrativa de Eastwood se ampare en el clasicismo más canónico para ofrecer un sentido y admirado retrato de estos nuevos héroes norteamericanos, viejos pioneros en una tecnologizada sociedad, un digitalizado mundo, plagado de trampas y artimañas que deben sortear.

De ahí también que el tributo que les ofrece Eastwood quiera romper los límites de la ficción, traspasar las barreras artísticas, para lo cual utiliza los títulos de créditos finales de sendos filmes como cauces en los que introduce imágenes reales, documentales, de ambos héroes: el cortejo fúnebre del soldado al que ha dado vida Bradley Cooper y una reunión entre el comandante Sully (magistralmente interpretado por un inconmensurable Tom Hanks) y los pasajeros del avión cuya pericia profesional logró salvar sus vidas, aterrizando en las frías aguas del río Hudson.

Frente a esta postura —la realidad legitima la ficción porque ésta le rinde pleitesía—, el cine argentino ha apostado por socavar los límites retóricos entre realidad y ficción desde dentro de la propia ficción, evidenciando posmodernamente —posverdaderamente— que lo tuyo es puro teatro.

Así, El ciudadano ilustre (2016) o Nieve negra (2017) responden a las mismas pautas de comportamiento. Sus finales son una apelación directa al espectador para que sea él quien sancione si las imágenes contempladas son verdaderas o falsamente retóricas, impostadas.  En cierto modo, persiguen ese espectador (lector) macho que decía aquél para que sea él, democráticamente, quien juzgue la validez de lo narrado.

El precio que hay que pagar por esta apelación tan moderna e incluso ideológicamente avanzada resulta muy caro: los guiones son endebles, tramposos, llenos de guiños y de complicidades que, en lugar de conseguir la anuencia del espectador, sólo logran convencer a los convencidos de antemano, mientras que otro sector importante del público huye como de la peste de unos finales tan impostados y retóricos, tan vocativamente falsos que impugnan el objetivo perseguido: la obsecuencia del espectador, su halago (“espectador, qué listo que eres”). Lo que debía ser complicidad deviene tomadura de pelo. Un corte posmoderno para disimular la alopecia narrativa.

Qué grande eres, Clint.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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Sully - 3 El ciudadano ilustre - 1
El ciudadano ilustre - 2 El ciudadano ilustre - 3