El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), de John Ford

  17 Mayo 2017

“Ése es mi bistec, Valance”

liberty-valance-0También John Ford, el gran maestro del género, contó la decadencia del western. Lo hizo sobre todo en la maravillosa El hombre que mató a Liberty Valance, película que comienza con un entierro (el de Tom Doniphon, un vaquero de los de antes) y un enterrador (Ransom Stoddard, abogado, senador, llegado desde la capital). Y a partir de ahí arranca el recuerdo de lo que fue aquella época, de lo que representa el hombre al que se va a enterrar. Un recuerdo cargado de distancia pero también de nostalgia, un recuerdo que ya es leyenda (la leyenda que prevalece frente a los hechos). Ese largo flashback nos mostrará el enfrentamiento entre dos mundos opuestos y la victoria de uno sobre el otro. La muerte de una época y el nacimiento de otra.

Y en ese relato, plagado de momentos extraordinarios, hay una escena que resume el contenido de la película, su razón de ser. Ransom trabaja en la cantina de Hallie. Friega los platos y cuando hay mucha clientela no le importa servir las mesas. Estamos en uno de esos días. De repente aparece Liberty Valance, el malo. Todos los que cenaban plácidamente se asustan, y así lo delatan sus rostros. Todos menos uno. Tom Doniphon, su par, lo mira sin alterarse. Ford encuadra sucesivamente a uno y a otro. El enfrentamiento está larvado. La violencia se hace cada vez más explícita. Liberty, después de ahuyentar a los clientes que ocupaban la mesa que ha elegido, deja sobre ella el látigo que lleva en la mano, su principal argumento.

Ransom sale de la cocina con los platos y duda. Él también tiene miedo. Se decide a avanzar y al ponerle Liberty la zancadilla cae al suelo. Automáticamente Doniphon se levanta, y Liberty hace lo propio enfrentándole. Son los dos hombres duros, quienes se reconocen como iguales, la vieja estirpe del oeste. Ford no necesita más que un encuadre para contárnoslo. Ellos dos de pie, con un ligero contrapicado que ensalza aún más sus figuras. Todos los demás, excepto los secuaces de Valance (en realidad una prolongación suya), están sentados. O por el suelo, como Ransom. Y cuando Valance parece pedirle explicaciones a Doniphone, éste sentencia: “Ése es mi bistec, Valance”. Cualquiera entendería que Doniphon no puede permanecer como si nada hubiese ocurrido.

Pero ese no es el verdadero enfrentamiento. La auténtica rivalidad, la que acabará estallando y llevará a la muerte a una época, es la que se establece entre ellos dos y Ransom. Sus posiciones, su tarea, su forma de vestir (el color negro de Valance y Doniphon frente al blanco de Ransom), son suficientemente elocuentes.

Ransom se sitúa ente ambos, adelantando el nuevo modo de afrontar los conflictos que en su tiempo se impondrá. Ya no se trata de la amenaza y la exhibición de la fuerza, de los rifles apuntando y las patadas o las miradas retadoras, sino de la mediación y el acuerdo, todo eso que su oficio de abogado llevará al primer plano. Ransom corta la tensión que ha generado el enfrentamiento entre los dos rivales y recoge él mismo el bistec, preludiando ya el mundo que se avecina. Un mundo en el que, parecía imposible, quien ahora anda por los suelos, ajeno a las cuestiones del honor, sin avergonzarse de su delantal (“tiene gracia la camarera”, se burla Valance), será el triunfador, y en el que los hombres duros serán derrotados.

Por escenas como ésta amamos tanto el western.

Escribe Marcial Moreno  

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