Excalibur (1981) de John Boorman

  03 Mayo 2017

La dualidad de los objetos en el cine. La fragua de una leyenda

excalibur0El bien y el mal, nunca hay uno sin el otro’’ —Merlín.

Desde los albores de los tiempos, el hombre ha sucumbido ante todo aquello capaz de resplandecer con la suficiente fuerza como para no pasar inadvertido ni hasta por el más cauto, y está claro que para John Boorman no hay nada más resplandeciente que la espada del poder, Excalibur.

Es noche cerrada y nos encontramos en un bosque cubierto por una densa niebla, solo un fuego latente y lejano nos permite ver qué sucede. De entre la espesura de los árboles, aparecen varios guerreros. Van a lomos de sus caballos, portan antorchas, terribles armas y estandartes de guerra. Las figuras de estos caballeros se nos tornan monstruosas y sus grandilocuentes armaduras captan nuestra atención, ya que Boorman decide, muy acertadamente, utilizar los ángulos verticales de cámara a su favor (en este caso, el contrapicado) y, de este modo, todo parece indicar que nos encontramos ante el preludio de un enfrentamiento. El uso de una fotografía oscura y el juego entre las sombras, los claroscuros y las ópticas teleobjetivo, dotan a la secuencia de una apariencia casi viñetesca que funciona a la perfección.

A través de la niebla, una fantasmagórica sombra aflora, para finalmente descubrirse. Se trata de Merlín, quien contempla todo lo que ante él acontece. Como si de un espectador privilegiado se tratase, el mago observa impasible la barbarie, a los caballeros que se abalanzan apresuradamente los unos contra los otros para terminar con sus enemigos. La batalla eclosiona, la vida de los pobres desgraciados que sucumben ante el acero de sus adversarios termina y la leyenda del rey Arturo no ha hecho más que comenzar.

Mediante un montaje muy acertado, el director muestra el transcurso de la batalla, alternando diferentes escalas de planos y enfatizando en los momentos más violentos, todo ello apuntando hacia la dirección correcta, que es la de mostrar la guerra en su mayor crudeza. Aquel que haya hecho un seguimiento simultáneo de mis palabras y del film, no habrá dejado pasar inadvertida la música. Efectivamente, la melodía que acompaña es La marcha fúnebre de Sigfrido, de Wagner, una pieza recurrente a lo largo de la película, que eleva a la máxima potencia el tono de la secuencia y que ayuda al espectador a conseguir el punto de abstracción adecuado para entrar de lleno en el relato que se nos está narrando.

La aparición de Uther Pendragon, que encarna la figura de un poderoso rey, marca el final de la acción, en donde este le reclama a Merlín la espada del poder, con la que someter a sus enemigos, y cuya representación simboliza para el hechicero, un elemento capaz de volver a traer la paz al reino. Es precisamente esta disonancia la que actúa como detonante para el arranque del metraje.

El arma sirve como nexo de unión entre las diferentes partes de la película y actúa como hilo conductor mediante el cual los personajes van desfilando y la trama se va desarrollando. Así pues, Merlín cumple con su promesa, la espada es sustraída del lago, y la paz vuelve al reino. Una paz que no durará mucho, a la espera de que un nuevo Rey (esta vez será Arturo), demuestre que es el elegido para empuñar Excalibur y gobernar.

Escribe Luis Ortí

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