La ciudad de las estrellas (La La Land, 2016) de Damien Chazelle

  08 Marzo 2017

…y en el cine proyectan Rebelde sin causa

la-la-land-0Sebastian y Mia acuden a un cine para ver una película que siempre les ha gustado. Se trata del mítico filme de Nicholas Ray Rebelde sin causa (1955). Pocos espectadores en el cine. Quizá, como los protagonistas, gusten de las películas antiguas que aman.

Estamos al final de la primavera. El filme de Chazelle viene marcado por el paso de las estaciones del año. Comienza en invierno y termina en la misma estación. Una forma de señalar las etapas del amor de la pareja protagonista. En la primavera fílmica se va a iniciar su historia de amor. Será en ese cine y, en concreto, en la secuencia del planetario, que tanto les gusta, cuando la pareja se apreste a juntarse. Sus miradas, sus movimientos imprecisos, la búsqueda de sus manos que terminan por enlazarse como preludio al primerizo beso que será cortado al… quemarse los fotogramas de la película que están viendo. La luz se enciende. El planetario de Ray con sus estrellas ha desaparecido. Deciden entonces, al negársele tal acceso ficcional, ir al propio planetario y así poder ascender a las estrellas.

Son los momentos que señalan el final de la primavera para adentrase en el verano de su amor. Todo parece posible: el triunfo en todo lo que Mia y Sebastian se proponen. Será ella un gran actriz, él un excelente autor de jazz y dueño de un local. ¿Todo es posible?

Lo será en parte. Olvidan ambos, en su efervescencia amorosa, el sentido de la secuencia del planetario en la película de Ray: allí están las estrellas formando parte de un mundo que terminará siendo destruido. Y así será para Platón en Rebelde sin causa, asustado primero, asistiendo a la destrucción de ese mundo maravilloso de estrellas fulgurantes y muriendo después, al final, en aquel mismo lugar.

El quemado del fotograma, la luz interrumpiendo la película, va más allá del simple hecho: supone un fogonazo, un aviso y, por tanto, el camino que inician ambos protagonistas hasta su éxito profesional y su fracaso a nivel personal. Una cosa implica la otra en un filme que juega con el deseo (lo que se quiere) y la cruel (o al menos no tan maravillosa) realidad.

El final, con su revisión/homenaje al final de Casablanca (1942) de Curtiz, es la conclusión/corte/separación de la pareja que un día comenzó a amarse bajo el signo fílmico de un planetario.

Apuntes notables de una película irregular pero en conjunto muy interesante, creada por un realizador de tan sólo treinta años y tres largometrajes.

Escribe Mister Arkadin

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