Paterson (Paterson, 2016), de Jim Jarmusch

  30 Enero 2017

Qué bello es (sobre)vivir

paterson-1El último filme del director norteamericano Jim Jarmusch muestra explícitamente su concepción del cine, del arte, de la vida. Paterson es la escenificación en imágenes y en palabras de la poética de Jarmusch, una poética focalizada a través de la impasibilidad del personaje protagonista, del hieratismo de su rostro, de la contención de sus movimientos corporales, de la austeridad de su mirada y de la parquedad de sus palabras.

La secuencia en donde se ilustra esa cosmovisión corresponde a un espacio (la topología será fundamental en la puesta en escena: al fin y al cabo la fusión entre el personaje y su entorno se materializa ya en el mismo nombre propio, puesto que su antropónimo coincide con el topónimo de la ciudad en la que ha nacido y reside), al cubículo en el que el conductor de autobuses casi clandestinamente ejerce su vocación poética.

Ese retrete, ese lugar aparentemente apartado del mundanal ruido, se ubica en el subsuelo, en el sótano de la casa de Paterson. Las dimensiones de su despacho son minúsculas, reducidas, tan diminutas que casi no alcanzan a albergar la voluminosa envergadura física del protagonista. No obstante, allí Paterson ha erigido su altar privado; allí rinde culto a sus lares particulares; allí, al igual que JRJ, tiene encerrada a la poesía, pero en vez de en una torre de marfil, en una especie de caja de zapatos, remedo de esa caja de cerillas a la que dedica el primer poema que escribe en la película y en cuyo interior Paterson ejerce de entregado orfebre de la causa poética.

Pues en ese anónimo y minúsculo taller, pule concienzudamente los diamantes poéticos para engastarlos en las hojas en blanco de su cuaderno, verdadera bitácora de navegación vital, brújula existencial y soporte moral. No es en las alturas metafóricas donde hay que buscar la ambrosía poética, sino en el subsuelo, en el venero subterráneo, de donde el poeta extraerá la materia prima, convirtiendo la ganga en belleza.

Las palabras de Paterson son la lava del volcán de la vida cotidiana, son el magma que el vivir va solidificando y que él talla, cincela partiendo de la realidad material, del habla coloquial en que se inscribe. Los libros de Wallace Stevens, de su admirado William Carlos Williams son los modelos que emula: poetas no profesionales, alejados del mito romántico y europeo del malditismo y la bohemia; poetas aparentemente amateurs (Stevens, abogado; Williams, médico; Paterson, conductor de autobuses) para quienes la poesía aspira a reflejar y retratar la cotidianeidad que los envuelve, a saber, la vida y la verdad mínima, intranscendente que la conforma. Sin alharacas. Sin aspavientos.

Paterson atrapa con sus palabras, al igual que Jarmusch con su cámara, aquella dimensión que falta en la caja de zapatos-cerillas: amén de la altura, anchura y largura, un cuarto elemento: el tiempo. El tiempo real, no el lugar común, no el tópico del carpe diem o del tempos fugit, tiempos literaturizados. Paterson y Jarmusch aspiran a atrapar ese tiempo, compartirlo con nosotros espectadores, como Paterson lo comparte con el poeta japonés (verdadero ángel salvador), a través del código poético de su poeta preferido: ese ajá nos remite a un verso de William Carlos William, combustible suficiente para volver a poner en marcha el sistema poético averiado de Paterson.

Y el engranaje se pone en marcha, el (eterno) retorno de lo mismo se activa, la repetición no sólo es clausura, sino comienzo. Qué bello es (sobre)vivir.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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