El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), de László Nemes

  19 Enero 2017

Ruido

el-hijo-de-Saul-0Con la llegada del cine sonoro no fueron pocos, también retrospectivamente, quienes dieron por muerto este arte incipiente. Si su particularidad era contar historias con imágenes, la llegada de la palabra suponía su adulteración. El significado se refugiaba en ella y las imágenes pasaban a ser una ilustración de lo que se narraba por otros medios, mucho más directos y precisos. El cine devenía literatura. Con más prestancia, más ornamento, pero literatura al fin.

Rescatar el cine pasaba por invertir la relación jerárquica que se imponía y devolver a las imágenes la preminencia sobre las palabras, hacer de éstas un elemento al servicio de aquellas, despojarlas incluso de su componente semántico y acercarlas al mero sonido, al ruido.

Algunas películas lo hicieron, y el arte cinematográfico sobrevivió, si bien de manera mucho más rala, con hitos cada vez más escasos camuflados entre la hojarasca literaria.

Uno de esos momentos mágicos y extraños lo encontramos en El hijo de Saúl, en concreto en el largo plano con el que se abre la película.

Acaba de llegar al campo de concentración un tren cargado de judíos con destino a la muerte. Los miembros del Sonderkommando los dirigen hacia la cámara de gas sin excesivos esfuerzos. Todo ello está contado en un largo travelling sobre el rostro del protagonista, tras el cual se adivinan, desenfocados, como ocurrirá durante toda la película, los cuerpos de los recién llegados. El protagonismo verdadero de la escena se esconde en un segundo plano. Todo parece teñido de una normalidad laboral, como si de la llegada a una fábrica se tratara, si no fuera por la presencia, inquietante, de los niños. Hasta se oye la música proveniente de la radio de algún vehículo que pasa.

Pero el terror se intuye. Se van dejando detalles: Un grito, el choque atemorizado del protagonista con un soldado que pasa y, sobre todo, la conciencia del espectador de lo que está pasando, de lo que ocurrirá. El contraste entre esa conciencia y la ignorancia de los recién llegados delimita la magnitud de la tragedia.

Finalmente la puerta de la cámara de gas se cierra. El silencio se torna casi absoluto, como el que precede a una detonación, como anunciando algo. Y es entonces cuando el simple ruido, no las palabras, resitúa los hechos en su lugar exacto. Al contrario, las palabras mienten, presentan una situación falsa, mientras que el ruido desvelará la verdad. Poco a poco el griterío de los encerrados se va haciendo ensordecedor, el horror contenido ya no tiene razón alguna para mantenerse oculto, la esperanza pierde cualquier asidero.

El ruido, ajeno a la denotación de las palabras, se integra en la escena con un valor significativo que complementa a la perfección, ampliándolo, el sentido que las imágenes aportan. Y todo ello sobre el rostro inexpresivo del protagonista que oye pero ignora lo que se está produciendo, en un gesto de rutina casi profesional que ahonda aún más en la tragedia que estamos contemplando.

Escribe Marcial Moreno  

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