Reservoir Dogs (1992) de Quentin Tarantino

  06 Enero 2017

De los golpes reales a los golpes formales

reservoir-dogs-0Reservoir Dogs (EE.UU, 1992) representa la entrada de Tarantino en la industria del cine de entretenimiento. Pese a contar con un, relativamente, bajo presupuesto, el entonces novel director se las arregló para hacer un filme de sólida factura, tanto en sus planteamientos narrativos como en sus estrategias dramáticas.

Y es que, más que una película de una evidente exposición de violencia sobredosificada, Reservoir Dogs representa un afianzamiento del cine de autor en la esfera de la industria de entretenimiento hollywoodense.

Así lo constatamos, por ejemplo, a través del éxito de esta obra, en la que, pese a que el relato lineal y cronológico es descompuesto en favor de uno sinóptico y fragmentario, se consigue cautivar, progresivamente, la atención de un público más bien desacostumbrado a tales propuestas cinematográficas. Una descomposición que bien puede interpretarse como una especie de bofetada narrativa con la que Tarantino consigue mantener muy despiertos a su espectadores durante todo el desarrollo de la cinta.

Y es que en esta película Tarantino logra traducir, en cierta manera, la materia de los golpes reales —expuestos en el plano—, en una estética de golpes formales, asestados en la cabeza del espectador habituado al relato lineal y transparente del cine de entretenimiento.

La primera secuencia de la cinta sirve aquí como ejemplo de lo anterior. En efecto, al iniciarse el filme, Tarantino no nos ofrece, como cabría esperar de una película del género de gangsters, la maquinación o consumación explícita de un crimen, abriendo con ello el consiguiente vacío narrativo a construir o reconstruir cognitivamente durante el resto de la película. 

En su lugar, el filme comienza con una descollante y frenética conversación acerca del sentido de la letra de un éxito del pop de los ochenta. A esta primera conversación le sigue una segunda, la cual roza los límites de un cine social y crítico al poner sobre el tapete, en un tono entre crudo y sarcástico, el nivel de precareidad de cierto tipo de empleos en los Estados Unidos.

Lo referido anteriormente, lo encontramos ensamblado en un mismo plano secuencia que Tarantino divide, formalmente, pasando de la fluidez del diálogo, enmarcada en una toma en movimiento en la primera conversación, a la oposición de puntos de vista, enfatizada a través de una toma de plano-contraplano, en la segunda. Una transición que, por cierto, ya anuncia formalmente el ambiente de progresivo enfrentamiento que reinará durante la historia. 

Así, pues, mientras la primera parte de la secuencia distrae al espectador por medio de la exposición fluida de interpretaciones psicosexuales elaboradas en un tono entre irónico y sarcástico, la segunda lo concentra al convertir dicha exposición en franca oposición de argumentos en un tono más racional y social, pero, sin renunciar a la agilidad mental en el intercambio argumental ni al humor negro.

Reservoir Dogs es, por todo lo anterior, no sólo el debut artístico y comercial de un nuevo director, sino también una declaración de principios narrativos y estéticos que Tarantino irá desarrollando a lo largo de esta cuidada cinta.

Realizada en abierto contraste con el resto de la película, en el que se nos ofrece a través del recurso a la violencia de los gangsters la exposición y descomposición dramática de la psicología de los personajes principales y de la trama misma —ambas presentes implícitamente en esta secuencia de diálogos, de gestos y de cinematografía cargada de sentido—, la secuencia inicial de Reservoir Dogs es de aquellas que merecen ser vistas y vueltas a ver, como muestra de un cine fértil en sus planteamientos y eficiente en la administración de sus recursos.

Escribe Carlos Novoa Cabello

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