Después de esto (The here after, 2015) de Magnus von Horn

  14 Diciembre 2016

La ruptura de la neutralidad

despues-de-esto-1John ha cometido un crimen atroz y ha cumplido la pena correspondiente, tras la cual ha vuelto a su casa, el lugar en el que ocurrió todo.

La hostilidad con la que casi todos le reciben no parece sorprenderle. Asume las vejaciones a las que es sometido sin rebelarse. Las razones que justifican ese comportamiento tienen que ver con la aceptación de los hechos y la necesidad de redimirse, pero también con otras de índole más práctica que él mismo nos revela: No quiere estar solo.

Esa soledad viene subrayada por el medio en el que se mueve y por el tratamiento que la película da a su deambular cotidiano. Su silencio, su mirada perdida y los constantes desplazamientos con su motocicleta tomados la mayoría de las veces desde una cámara fija que lo contempla alejarse.

En un momento dado la presión, cada vez más asfixiante, hace que John se desmorone y decida inmolarse. Recoge la escopeta de su padre y se dirige a la casa de su antigua novia, la víctima, para que la madre ponga fin a sus padecimientos, al tiempo que restaure la justicia, la arcaica justica del ojo por ojo.

En ese momento parece, sólo parece, que todo se restablece. La madre desconsolada no ejecuta el plan del muchacho. Desmonta la escopeta y le permite irse. También su antiguo amigo le pide sinceras disculpas por la agresión en contra de la opinión del padre. El futuro se presenta, por una vez, abierto, aunque sin eliminar la incertidumbre que aún lo domina. No sabemos lo que ocurrirá y la película no nos lo dice.

Pero la carencia narrativa se va a suplir con la aproximación emocional. En realidad no hay nada más que decir, pero aún queda una tarea para el narrador. La cámara va a abandonar la agotada función mediadora entre el espectador y la historia que se nos cuenta para insertarse en la propia historia. Su neutralidad desaparece. Cuando John se dirigía con su motocicleta hacia la casa de la víctima lo veíamos, una vez más, en un plano fijo mientras se aleja. En esa soledad que tanto teme.

Pero algo cambia a la vuelta. Sin tener excesivas razones para el optimismo la cámara se pega a su rostro, lo acompaña durante todo el trayecto de vuelta. No es que haya resuelto su situación. Es más bien que la cámara se compadece de él, hace una apuesta, se implica en la vida de este muchacho, toma partido, lo acompaña para mitigar su aislamiento.

Es lo mismo que le ocurre al periodista cuando, incapaz de seguir soportando aquello que contempla, abandona sus útiles de trabajo para involucrarse en aquello que está contando, para cambiar el mundo del que es testigo.

En pocos momentos como éste ha quedado tan de manifiesto que un travelling es, efectivamente, una cuestión moral.

Escribe Marcial Moreno

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