Pretty woman (Pretty woman, 1990) de Garry Marshall

  06 Diciembre 2016

El dinero que da poder

Pretty Woman 0Hacia la mitad del metraje de Pretty Woman (1990), dirigida por Garry Marshall, hay una secuencia con una fuerza narrativa ante la que es difícil permanecer indiferentes. En un entorno de gente guapa, Vivian (Julia Roberts) y Edward (Richard Gere), protagonistas de la historia, hacen un recorrido de ida y vuelta. Salen del interior del lujoso hotel a una calle comercial y muy concurrida, entran en una tienda de ropa exclusiva. De ésta vuelve a la calle sólo la protagonista, cargada de bolsas, para hacer el camino inverso. Un recorrido triunfal porque, gracias a las compras, quienes se cruzan con ella se vuelven a contemplarla. La secuencia resuda tintes sexistas en todos sus planos.

Es la escena en la que el rico y caprichoso empresario explicita su guía moral: el dinero es el medio con el que se consigue todo. Incluso se compra la voluntad de quienes para conseguirlo aceptan la humillación. Es el caso de los más débiles, cuya subsistencia depende de unos pocos ingresos, que es lo que le sucede a Vivian, al empleado que se desprende de la corbata porque Vivian se encapricha de ella, al director del hotel o a las empleadas de la tienda de modas.

La ropa adquirida por una “cantidad indecente” de dinero ha obrado el milagro: a Vivian ya no la rechazan, ahora la admiran gracias a la elegancia de sus vestidos (cambio externo). Pero esta escena se monta en medio de la negociación abusiva del empresario mecenas, de una operación multimillonaria comprando una empresa en quiebra. Operación con la que volverá a ganar otra cantidad indecente de dinero que le permitirá seguir agasajando a su amada (cambio interior).

La idea subyacente es que el dinero lo puede todo, porque todo tiene un precio, incluido el modo de conseguirlo. Así se lo hace ver Edward a su acompañante cuando le dice que la gente es simpática no con sus semejantes, sino con el dinero. Por eso le deja su tarjeta para que se compre lo que quiera. La idea y el gesto clausuran en el plano semántico dos secuencias anteriores: la de la frustración porque se niegan a atender a Vivian; y la segunda, en la que compra sólo un vestido para complacer a Edward, en la cena de negocios.

Con la tercera secuencia, la de las compras compulsivas, se cierra el relato sobre el sueño americano: con suerte y empeño es posible conseguir todo lo que uno se proponga (producción y distribución de Disney). Tras esa aparente inocencia de los personajes, la secuencia y la película en su conjunto auguran de algún modo cómo se va a vivir la década dorada del capitalismo especulativo.

Años en los que creció la corrupción, la inmoralidad y el despropósito, circunstancias de las que ahora se ocupan los jueces. Por cierto, ¿Donald Trump habrá visto esta película?

Escribe Ángel San Martín

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