La llegada (Arrival, 2016), de Denis Villeneuve

  29 Noviembre 2016

La casa del ser

la-llegada-1Denis Villeneuve insiste en este su último filme en trazar una topografía del ser, en pergeñar los mimbres que nos constituyen como seres humanos.

Si en la inaugural Incendies (2010) la sombra sofoclea cobijaba el relato fundacional de la violencia que nos caracteriza, en Enemy (2013) dicha violencia se canalizaba a través del tema del doble y de la identidad, mientras que en Prisioneros (2013) era el zarpazo del dolor y de la desesperanza, en un mundo en el que Dios callaba, el detonante para excarcelar la bestia primitiva que nos habita, bestia que en Sicario (2015) se concretaba metafóricamente en una ciudad fronteriza (Ciudad Juárez), a la par que guiaba los pasos de un muerto viviente, de un zombi (Benicio del Toro) que había vendido su alma —su familia— al diablo de los cárteles de la droga y cuyo único objetivo era expandir la devastación anímica que lo corroía entre sus antiguos compinches.

Hay un plano, una secuencia recurrente en La llegada que ilustra maravillosamente la esencia del discurso del director: el lenguaje, la comunicación como único elemento que nos puede salvar del naufragio que nos habita. La cámara enfoca, desde el interior de la casa de la protagonista (la actriz Amy Adams encarnando a una lingüista políglota, dominada por una silente soledad que barrunta un futuro dolor), una cristalera tras la cual se percibe la superficie de un lago, la naturaleza consoladora, el mundo. La casa está despoblada, despojada de cualquier vestigio, en su asepsia, de humanidad. La casa está vacía. Al menos tan vacía como el espíritu de la protagonista, foco desde el que se narra la historia.

Por ello Villeneuve sitúa la cámara constantemente en la nuca de su protagonista. Esa casa es el útero vacío. Pero esa casa también ha sido el espacio de la vida, del amor. La cámara vuelve una y otra vez a ese interior para mostrarnos leves variaciones: los restos de una comida —de la vida— sobre la mesa. Un telescopio en el exterior. Unas risas. Una figura masculina difuminada. Un abrazo entre padre e hija, todo ello contemplado desde ese núcleo, sí, ontológico.

En cierto modo, esa casa se reflejará en el interior del casco, nombre coloquial con el que se bautiza a las supuestas naves alienígenas: huecas, ahítas de cualquier signo aparente de vida y, sin embargo, habitadas.

Como no podía ser de otro modo, habrá comunicación, habrá signos compartidos, habrá un lenguaje que será el arma, el instrumento del contacto. Todo el ropaje de la narración (el revestimiento de la ciencia-ficción) es un mero reclamo, un señuelo. La manipulación discursiva del director (las aparentes analepsis serán prolepsis, los saltos hacia atrás son en realidad anticipaciones) apunta hacia un mismo objetivo: la casa del ser es el lenguaje, su morada es la esencia. Ese lenguaje, esa morada, nos cobijará en la alegría pero también en el dolor. No podemos huir de ella, de nuestra residencia en la Tierra. Villeneuve apunta un atisbo de esperanza. Tal vez más anhelo que realidad.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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