Misión de audaces (The horse soldiers, 1959), de John Ford

  10 Diciembre 2018

Vae victis

mision-de-audaces-0En el universo fordiano, dos son los polos magnéticos que guían su trayectoria ideológica. El negativo es su profundo y total rechazo a la política y a los políticos. El positivo, su incondicional y rendida entrega en forma de sucesivos homenajes al Sur derrotado por la Unión en la fratricida Guerra Civil.

El Sur reviste los valores de una época periclitada (e idealizada), heredera de la mítica Irlanda originaria, verdadera Troya de la que se parte para fundar una nueva sociedad, que los políticos pragmáticos del Norte se encargarán de destruir.

El microcosmos castrense fordiano se encarnará en la caballería nordista de La Unión, eso sí, siempre desde un punto de vista elegíaco por un pasado inexorablemente fenecido y (casi) siempre sin mostrar episodios de la propia guerra civil.

Misión de audaces es la excepción que confirma la regla. Estamos en 1959 y se vislumbra la próxima guerra en el exterior: Vietnam, en la que la guerra de guerrillas y las incursiones sorpresivas, a traición, en las líneas enemigas serán el nuevo modus operandi del ejército. Ford recrea en su filme la incursión de un destacamento de caballería, capitaneado por John Wayne (Coronel Marlow), detrás del frente, en territorio sudista.

Esta acción de guerrilla, tan poco épica en principio, aunque su éxito la elevará a gesta y a epopeya (magnífica la mención constante de un ayudante de Wayne a los sucesivos y encadenados éxitos de la misión, que le servirán para su proyección política: así, aspira sucesivamente, tras los triunfos bélicos, a diputado, posteriormente a gobernador y, finalmente, hasta incluso a presidente) se verá compensada por el tributo del director a las  diezmadas y casi derrotadas tropas del sur, mediante la recreación de dos cargas por dichas esquilmadas tropas, ahora sí, siguiendo los cánones del enfrentamiento directo.

La primera la protagoniza y la capitanea un tullido que se pone al frente de las huestes que surgen de un tren enviado de urgencia para detener a los infiltrados yankees. Este tullido y sus harapientos soldados se inmolan frente a las tropas de Wayne. El tullido sostendrá hasta el final la bandera sudista. Un tono de mala conciencia, de culpa, de autodesprecio recorre el rostro de Wayne: así no se debe ganar una guerra.

Pero será una segunda carga, protagonizada por los cadetes de una academia dirigida por un reverendo-comandante, la que alcance una grandeza épica en medio de un tono de comedia que mitigue la factible carnicería trágica. Los cadetes son requeridos para frenar la incursión de la caballería. El reverendo finalmente accede a sacrificar a sus pupilos. Estos, ataviados con el traje de gala, en clásica y decimonónica formación, inician el desfile desde la sede de la Academia hasta el campo de batalla, encabezados por el reverendo y a los sones de los timbales y las flautas.

Una madre suplica al reverendo por la vida de su único hijo, un niño que apenas sostiene el tambor. Se le releva del servicio, aunque el cadete se escapará por la ventana de su casa para cumplir con su deber. Con apoyo artillero, los jóvenes cadetes sorprenden a la caballería nordista, cuyo comandante se encuentra enzarzado en una pelea personal con su pacifista capitán médico (William Holden).

Los cadetes se baten valerosamente. John Wayne impide la reacción de sus tropas. El desfile y la entrega de los pueriles soldados del Sur agrandan la épica en la derrota. La caballería nordista desbaratará la línea de cañones sudistas, aumentando su relación de hazañas. Los niños soldados y el honor del sur quedan incólumes.

Un país dividido ha mostrado su unión a través de los hombres que conforman sus respectivos ejércitos. La mirada de Ford les rinde pleitesía. Vae victis!

Escribe Juan Ramón Gabriel

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