Ad Astra (2019) de James Gray

  20 Octubre 2019

El encuentro con el padre

ad-astra-1En un contexto de viajes espaciales, la película de James Gray trata sobre las relaciones entre un padre y su hijo. Relaciones de amor y de rencor, de cuentas pendientes y de reconocimiento. Lo esencial es la búsqueda y la reclamación de explicaciones. Podría haberse producido en cualquier ámbito, y con ello no se alteraría la línea de fuerza estructural. Pero que el escenario sea intercambiable con otros no exime al autor de construir con pulcritud ese marco, algo que en esta película no ocurre. Todo lo que escapa al hilo conductor está tratado con un descuido que lastra al conjunto de la obra hasta hundirla en la vulgaridad.

Hay una escena, empero, que bien merece la atención. Es aquella que nos muestra el encuentro entre los dos protagonistas. Cuando el hijo (Brad Pitt) llega a la estación espacial en la que su padre (Tommy Lee Jones) está recluido, éste le llama desde las alturas, como una voz venida del más allá. En ese momento se dividen los espacios a la vez que entra en juego una iconografía que trasciende lo mundano y que posee resonancias religiosas.

La posición inicial de los personajes muestra el estado de las cosas. El padre está arriba y el hijo abajo. La superioridad de uno sobre otro viene acentuada por el contrapicado y el picado de los que se sirve el director para mostrarnos a cada uno de ellos. En esta situación tiene lugar la conversación entre ambos en la que ajustan las cuentas pasadas.

Una vez realizada esta toma de contacto, una vez descrita la situación de la que vienen, la relación se invertirá. El hijo emprende su ascenso para situarse al nivel del padre. En ese momento ya no se necesita el recurso utilizado porque sus posiciones se han equilibrado. El padre, antes dominador, aparece ahora, avejentado, como una fiera acosada e incapaz de defenderse. La pujanza del hijo lo ha recluido en un rincón. En ese momento se va a producir el relevo mediante el cual el hijo acabará ocupando el lugar del padre.

La manera de hacerlo comienza con un plano de las manos que remite a la creación de Adán que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina. Pero allí era Dios quien voluntariamente insuflaba la divinidad (creado a su imagen y semejanza) al hombre, y aún permanecía en un plano ligeramente superior. En cambio ahora el padre, en la decadencia de su vida —nada que ver con las imágenes que hasta ahora se nos han mostrado de él y que su vástago recuerda— rechaza la mano de su hijo, y es éste quien fuerza el contacto.

No se trata por tanto de una donación, sino más bien de una usurpación. Más que Adán, el joven sería el osado Prometeo que arrebata el fuego (el saber, que en este caso es la restitución de la bondad) a los dioses y lo concede a los hombres.

La inversión ha quedado realizada. El poder ha sido transferido. No resta más que abandonar al padre impotente y ocupar su lugar. Un nuevo Dios, esta vez benefactor y salvífico.

Escribe Marcial Moreno

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