Dolor y gloria (2019), de Pedro Almodóvar

  16 Abril 2019

La magdalena de Pedro

dolor y gloria-1El paso del tiempo ha teñido de platino la cabellera del director manchego y ha nublado de nostalgia su mirada. Un dolor generado por el inexorable fluir de la vida, asociado a la pérdida de la juventud, y del que se sirve Almodóvar para forjar un compendio de su universo particular bajo una ambigua máscara que ampara tanto a la persona como al esculpido personaje.

Y tras esa careta, un filme que se erige como poética del acabamiento y del origen. En el personaje de Salvador Mallo (Antonio Banderas), se esconde la última pose de un creador que, tras el gesto de cansancio y de hastío vital —ha quemado casi todas sus naves—, aún aspira a reflejar su presente más inmediato (el diálogo intelectual con su madre respecto al concepto de auto-ficción).

Si Gil de Biedma aspiraba a convertirse en poema, Almodóvar aspira a ser película. A imitación del Fellini de Amarcord o del último Visconti, el de Muerte en Venecia o Confesiones, toda una puesta en escena suntuosa, culturalista, se esfuerza por reflejar el alma desnuda del creador. Y Almodóvar apunta y dispara al centro, a la piedra angular de la que parte toda su cosmovisión: el primer deseo, nueva anfibología con la que intitula la última obra que va a realizar o, que en un juego metaficcional, ha realizado y de la que acabamos de ser testigos.

Ese primer deseo se constituye en la secuencia clave de todo el filme, aquella que busca emparentarse con el momento primigenio de la arquitectura del recuerdo proustiana: la secuencia de la magdalena. La epifanía del director de La ley del deseo se circunscribe a una escena muy concreta de su infancia, cuando el joven protagonista contempla en todo su esplendor el cuerpo desnudo del joven albañil mientras se lava con agua (albañil también sobrevenido alumno al que el joven y culto Salvador imparte clases, en una inversión del rol maestro-alumno). Es tal la conmoción que siente ante una anatomía tan estatuaria, de formas casi perfectas, que no puede soportar el  impacto y, enfebrecido, herido de belleza, se desmaya.

Previamente, Salvador-Almodóvar habían hecho gala de su querencia por el agua (esa agua sexual, de Neruda), como símbolo que expresa el impulso erótico, el nacimiento del deseo, mediante la inclusión de secuencias de Esplendor en la hierba y de Niágara. Aquí, en ese desvanecimiento, en el origen de la «belleza como algo terrible que todavía podemos soportar», pretende situar el momento fundacional de su poética, ese momento de dolor y gloria.

Sin embargo, este anhelo sublime sufre la fricción de la realidad, del roce diegético y se deshilacha ridículamente. Coherente con su trayectoria y su propia pasado, el impulso bizarro se hace presente mediante el voluminoso tamaño del pene del albañil-estatua griega, que desentona con el diminuto volumen de los modelos atenienses, pues para los artistas de la Hélade dicho tamaño exiguo simbolizaba la mesura y el control, la razón, frente a los apetitos carnales.

De tal modo, el director de Todo sobre mi madre infringe sus propios consejos de contención, vertidos durante toda la película por su alter ego, y se desparrama, rebosando de un narcisismo incontrolable e inmanente a su persona que lo arrastra y le rompe las barreras emocionales. Lo sublime se emparenta con lo kitsch, en un remedo de emulación de un anuncio publicitario de agua de colonia con un efecto y escenografía semejantes. En cierto modo, Almodóvar se ha hecho mayor, aunque él también hubiese deseado madurar. O, al menos, su cine.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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