Picnic (1955), de Joshua Logan, y Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino

  11 Agosto 2019

La coreografía del deseo

picnicA diferencia del género musical (en donde la desactivación de lo racional se admite de antemano), las secuencias de baile incrustadas en medio de un argumento realista ofrecen una síncopa del tempo narrativo que actúa como mecanismo de intensificación lírica, como oasis diegético que explicita una corriente emocional larvada con anterioridad o surgida entre los pasos de la danza que se ejecuta. Tal es la función que se reservan dos de las secuencias más icónicas de dos famosos filmes.

En Picnic (1955), el director Joshua Logan utiliza la fiesta implícita en el título de su película para proceder a mostrar el estallido sentimental que durante cincuenta minutos previos se ha estado gestando pacientemente.

Un buscavidas apolíneo encarnado por un maduro William Holden aterrizará en una pequeña población del centro estadounidense (Kansas), paradigma del periclitado territorio del salvaje oeste y ejemplo del presente hastío vital. La irrupción del bohemio trotamundos en mitad de un gineceo desatará las más reprimidas pasiones femeninas.

Logan filmará la secuencia de baile desde tres perspectivas diferentes: la mirada inocente y limpia de la hermana pequeña, que suscita y propicia el arranque coreográfico del desvergonzado Holden, a la vez que desde un plano general y elevado la mirada adulta (la madre y su hermana Madge —una primeriza Kim Novak anterior a Vértigo—) responde al estímulo musical mediante la aparición y el descenso pletórico de energía libidinosa que el cimbreante cuerpo de Novak suscita.

La conexión entre Novack y Holden es física, química y electrizante. Es tal el voltaje de la secuencia, que otra mirada externa y testimonial —la de una madura Rosalind Russell en la piel de una ajada profesora de instituto— explotará y agredirá, forzará metafóricamente al emblemático guaperas desgarrándole la camisa. De la sublime sensualidad se desemboca en el trágico ridículo a horcajadas de la espesa atmósfera sexual casi irrespirable.

Casi cuarenta años después, Quentin Tarantino resucitará la carrera de un opacado John Travolta utilizando su imagen icónica de versado bailarín (Fiebre del sábado noche, Grease). Travolta se transfigura en un toxicómano y orondo gánster al que se le encomienda la tarea de distraer a la mujer del jefe mientras éste se ausenta de la ciudad. La cita entre ambos mostrará su momento climático: su participación en un concurso de twist, el vórtice de la vetada e imposible relación que se desatará entre ellos y que se canalizará mediante un vertiginoso torbellino nocturno.

Tarantino filma la secuencia con un acento paródico, satirizando los movimientos convulsos de Mia Wallace (Uma Thurman) frente a un sobrio, casi adusto Vincen Vega (Travolta), arrastrado paulatinamente por su pareja con la sensualidad del baile, mientras la cámara se sitúa a su lado, los acompaña, por momentos, como un personaje más.

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Cabe destacar que ambas secuencias —cauces por los que discurre la coreografía del deseo— transcurren sobre sendos escenarios: sobre una especie de cuadrilátero-pista de baile ribeteada de guirnaldas festivas al lado del agua en Picnic; en un restaurante a modo de museo de cera viviente que homenajea indisimuladamente a actores y películas de los años cincuenta en Pulp fiction.

Picnic ofrece el aspecto más turbio, el lado más oscuro de unos prósperos y tranquilos años cincuenta, mitificados por el cine y la posteridad, mientras que Tarantino parodia con el baile de sus protagonistas y con la escenografía que los envuelve dicha remota y dorada época.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  


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