36 Mostra de València – Cinema del Mediterrani (10): «Heavens above» y «Streams»

  26 Octubre 2021

Del surrealismo al melodrama en la Sección Oficial

mostra-heavens-above-0El serbio Srdjan Dragojevic (Belgrado, 1963) no es precisamente un realizador desconocido… fuera de España, pero totalmente ignorado entre nosotros. Y, después de ver en la Mostra de Valencia, su último título, nos gustaría poder ver algunos otros que han pasado por diferentes festivales. En total ha realizado unos 12, y en ellos, como en Heavens above, existe un humor surrealista, que hubiera hecho las delicias de Buñuel.

El filme se divide en tres partes cada una de las cuales, siempre con los mismos protagonistas, tiene lugar en años diferentes y cuenta como separación con un título. El primero de los capítulos transcurre en 1993, bajo el título de Pecado; el segundo se desarrolla en 2001 se denomina Gracia. El tercero se adelanta a la época actual, concretizándose en 2026, titulándose El becerro de oro.

Toda la película es disparatada y quiere, desde un planteamiento absurdo, realizar una crítica de la sociedad, de un intento de la pobreza a la opulencia, caminando hacia el mundo donde unos cuadros pintados por un anormal terminan convertidos en comida, que, a su vez, en sus colores, será devuelta por los adinerados ciudadanos al vomitar colores que formarán un nuevo cuadro. El director, desde un humor que podemos considera como negro, dinamita la familia, la religión, la política y las relaciones humanas.

El comienzo del film nos lleva al final de la última guerra balcánica, produciendo la división de Yugoslavia. Como dice Dragojevic, ha sido feliz al poder unir en la producción a todos los países que integraban la antigua Yugoslavia. Un, por supuesto, acierto. Refugiados en campamentos o pequeñas casas destartalas, viven pobremente, tiene cada uno una bombilla que cuidan para poder utilizarla cuando van al baño. Y, claro, evitar que se rompa.

El protagonista de la historia, por una extraña circunstancia, ve cómo su bombilla en vez de luz crea un extraño fenómeno que produce un halo de santidad en su cabeza. Negándose a salir de esa manera a la calle, invoca a un sacerdote ortodoxo la manera de eliminar ese signo de santidad, opuesto a sus planteamientos comunistas.

En la televisión, falsos videntes dan consejos, en la iglesia el sacerdote se ve impotente para resolver el milagro, acaecido en un borracho e inútil personaje. El caos se generaliza en busca de una solución: pecar incumpliendo uno tras otro todos los mandamientos, pero la luz reluce más y más.

Milagros imposibles, personajes debatiendo en busca de dinero, el comunismo siendo desterrado por la antigua religión. La primera parte da lugar a secuencias de una gran comicidad, desarrollando una crítica contundente sobre los cambios sociales.

Los milagros serán también el sustento de la segunda parte, donde el pecado glorioso se centra en la persona del hermano del protagonista, un anormal que se dedica a pintar. Todo puede ser posible en esta historia donde los tiempos pasan y, como se muestra en la tercera parte, el mundo no ha cambiado, ni siquiera los milagros evitan que el mundo se divida en ricos y pobres, aunque los poseedores de los milagros se convierten en dirigentes y proclaman leyes absurdas.

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Película divertida, crítica, con algunos baches al alargar las situaciones en demasía, así como las repeticiones de ciertos momentos con el fin de intentar clarificar, con su mala uva, la crítica a un sistema y la poca creencia que en un tiempo futuro las cosas vayan a mejor.

La solución no es que el mundo sea dominado por aquellos que vivían en la pobreza santificada porque las gentes insatisfechas, empobrecidas, estarán en el mismo lugar o sinsentido que vivían antes, aunque ahora los colores vivos, creados por las propias pinturas, traten de brillar en su oposición a la imagen oscurecida con la que se retratan los tiempos pasados.

Un filme, en definitiva, interesante, original y crítico. No es maravilloso, ni mucho menos, pero se presenta en la Sección Oficial de la Mostra de València como un digno representante de una cinematografía y de un director escasamente conocido.

Pero si uno creía que el festival de Locarno es un valioso escaparate para mostrar cine de calidad, inteligente y desconocido, la visión de Streams, lo pone en duda.

En esta película de nacionalidad tunecina han intervenido también, no sé sabe muy bien la razón, Luxemburgo, Francia y ¡Estados Unidos!, y toda ella es un despropósito. En Locarno (al parecer también hizo su aparición en el festival de Sundance) se presentó bajo pabellón francés, dentro de la sección cineastas del presente, pero dejando claro que la producción francesa era mínima.

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Streams, tercer largometraje realizado por Mehdi Hmili, es un melodrama más propio de una serie televisiva que de una película de enjundia. Las cosas y los personajes de una pieza se mueven en un mundo desesperado y cruel, donde todo es oscuro.

Desde la primera escena de la persecución de un ratón en la casa, con juerga incluida de la madre y el hijo, hasta el final con el encuentro del hijo a cargo de la madre en la comisaria, la historia está llena de estereotipos, personajes de una pieza, sufrientes y con un intento de crítica a un sistema corrupto a todos los niveles, pero, eso sí, con personas buenas, como angelitos, aparecidas para ayudar, el filme poco a poco se va hundiendo en la vulgaridad más absoluta.

Si la primera parte se centra tanto en los problemas del hijo, que quiere ser futbolista, con el padre, frente al amor de la madre, la segunda se encierra en el folletón desaforado donde las drogas, la búsqueda de dinero, el hijo pasando por un infierno y la madre en busca del hijo… el filme se alarga hasta hacerse inaguantable, debido a una pobre realización y a un peor guión.

El público que, al menos en las sesiones de prensa, aplaude con mayor intensidad al final de las películas, al acabar Streams permaneció en silencio absoluto. El director no se desplazó a Valencia, para poder asistir a un coloquio al final de la proyección. No digo que no, quizá tenía sus motivos… o quizá sabía que su película no merecía más que el silencio.

Escribe Adolfo Bellido 

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