Festival Internacional de Cine de Gijón 2007

  19 Enero 2008

Pisando fuerte sobre alfombras rojas
Escribe Daniela T. Montoya

festivalgijon0.jpgDa gusto poder volver un año más al Festival Internacional de Cine de Gijón. Y es que este festival, que ya ha llegado a su 45ª edición, tiene algo de especial. Sin volcarse en el glamour grandilocuente ni hacer concesiones a cineastas de renombre, el Festival de Gijón transita por una ruta transversal a la que siguen la mayoría de festejos cinéfilos que acontecen por el territorio nacional. Y no es precisamente una vía sin salida. Muy al contrario, nos conducen por un itinerario que nos permite vislumbrar puntos de interés de la actualidad cinematográfica. Propuestas arriesgadas que, a corto o medio plazo, darán de qué hablar.

Pero el Festival Internacional de Cine de Gijón no sólo se caracteriza por sus apuestas visionarias. El sólido entramado cultural, conjugando el cine con la música, el teatro, las artes plásticas y la literatura, apuntalan el arduo trabajo que está realizando la organización en búsqueda de la calidad contrastada. Una labor que tiene como objetivo implicarse en el enriquecimiento cultural de la comunidad. Porque, aunque los eventos del Festival se concentren en diez días a finales de cada noviembre, sus efectos se consolidan con el paso de los años. Esto se debe, fundamentalmente, a la vocación formativa con que se estructura el evento. Cuidando muy especialmente el público infantil y juvenil (los espectadores del futuro), se organizan secciones (Enfants Terribles) pensadas para que los chavales salgan de las aulas a aprehender desde el cine (1); se editan materiales didácticos que permiten a los docentes prolongar la experiencia lúdica; se realizan talleres para que estudiantes de bachiller experimenten con el lenguaje audiovisual; se abren espacios de debate que incentivan el interés...

festivalgijon5.jpgLa dirección de Cienfuegos sigue la tortuosa senda del trabajo duro que logra nutrir(se), por un lado, mostrando focos cinematográficos que empiezan a despuntar, a la vez que allanando el camino para que los asistentes del presente retornen en el futuro. Sólo así se explica que, año tras año, el público acuda religiosamente al festival, llenando las salas tanto en días festivos como en sesiones más intempestivas. Espectadores que, reflejo de la constancia en la línea del Festival, nos sorprenden hablando con desparpajo de Emir Kusturica, o describiendo toda la filmografía de John Cusack (cual futbolista de moda), o deleitándose con la ultra violencia entre semiandroides que destila Shinya Tsukamoto, uno de los autores elegidos en esta edición.

Frescura y veteranía

En la sección oficial se cruzaron los trabajos de directores primerizos en el mundo del largometraje, con autores de renombre, pero que transitan por vías circundantes al de la exhibición comercial. Tal es el caso de Pere Portabella, quien tras pasar por el Museo de arte moderno de Nueva York, presentó su aproximación al proceso compositivo con El silencio antes de Bach, que recibió el premio especial del jurado.

La película que, tras pasar con éxito por Cannes, también se esperaba con entusiasmo fue La question humaine de Nicolas Klotz. Y no decepcionó. Su particular interpretación de los recursos humanos como procedimientos técnicos de supresión de personas, asimilable al exterminio, dejó clavados en las butacas a los espectadores. Su actor principal, Mathieu Amalric, indiscutiblemente se llevó el premio al mejor actor por su soberbia interpretación en que, al cobrar consciencia de su alta cualificación para la eliminación de trabajadores, evoluciona hacia los bajos fondos de la consciencia humana. Asimismo, Antoine Platteau vió recompensado su trabajo como director artístico.

festivalgijon2.jpgMás discutible fue el premio que el jurado internacional (compuesto por los cineastas Hal Hartley y Martín Rejtman y el compositor Mychael Danna) concedió a la única representación asiática Help me Eros. Dirigida y protagonizada por el taiwanés Lee Kang-Sheng, actor fetiche de Tsai Ming-liang, absorbe de éste último el desparpajo estilístico (rozando la desmesura) para contarnos la caída en picado de dos almas solitarias. Desinhibido, con toques de humor absurdo, peca de desequilibrado, quizás, al concentrarse en demasía en su personaje.

El resto de premios se repartió sin demasiadas discrepancias respecto a la opinión generalizada de críticos. El director Aleksey Balabanov recogió el premio a la mejor dirección por su película Cargo 200, retorno a los instantes precedentes a la finalización de la perestroika, período de derrumbe político y humano. La actriz Marie-Christine Friedrich consiguió el premio a la mejor interpretación femenina por su papel de madre abnegada en la película intimista Tout est paronné. Por su parte, la película El otro, título no poco infrecuente que se refiere a la suplantación de vidas, se llevó para tierras argentinas el premio al mejor guión de (su también director) Ariel Rotter. Respecto al mejor cortometraje (porque en Gijón los cortometrajes sí tienen un espacio de competición), el premio recayó sobre Stone people, una peculiar lectura de la “estimulación” del sentimiento patrio. La ironía que desprende, recordando al corto premiado en la pasada 44ª edición de Gijón The carpenter and his clumsy wife, consiguió dejar en un segundo plano trabajos tan interesantes como Alumbramiento, de Eduardo Chapero-Jackson; o My sister, del holandés Marco van Geffen. Otros premios destacados fueron el que otorgó la organización de críticos Fipresci a Conchochi, prometedora opera prima realizada por Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas; y uno de los dos premios de la juventud, que recayó sobre This is England.

Concesiones

festivalgijon1.jpgAlgo incomprensible ha sido la creación en esta edición de un premio especial para documentales. Independientemente del auge que tienen actualmente este tipo de producciones, ¿la organización da por hecho que no tienen capacidad para competir en igualdad de condiciones con películas de ficción?

Cuestionable es esta medida si, además, tenemos en cuenta que se valoran positivamente las fluctuaciones entre realidad y ficción de, por ejemplo, Werner Herzog o Wim Wenders, autores destacados del ciclo dedicado al Nuevo Cine Alemán. O la apropiación de no-actores, que aportan dosis de su realidad “interpretando” personajes similares a sus perfiles, como ocurre en la película mexicana Cochochi o Import/export deUlrich Seidl. Incluso Ben X, durante buena parte del metraje, captó la atención por la forma en que entremezcla representación (con personajes de carne y hueso) y animación digital para reflejar el mundo interior del protagonista, identificado con el héroe de un videojuego.

De forma similar, el francés Serge Bozon rompe el hilo narrativo de La France, dramática fuga de un grupo de desertores, incluyendo actuaciones musicales interpretadas por los mismo soldados. Se aprecian, pues, nuevos estilos anárquicos que, ante la espeluznante espectacularización de la vida cotidiana, flirtean con la dificultad de discernir entre lo real y lo recreado. Y ante estas nuevas tendencias, el Festival reacciona “marcando” para explicitar las películas que son documentales diferenciándolas, así, del resto de ficciones. Incomprensible.

Pero dejando a un lado esta cuestión, sin duda fue Unas fotos en la ciudad de Sylvia, de José Luís Guerín, el “documental” que tenía mayores dificultades “competitivas”, al estar concebida como un extra para el lanzamiento en DVD de En la ciudad de Sylvia (Guerín, 2007). Recopilatorio de fotos en blanco y negro, con la opción de acompañamiento musical en vivo, constituyen el material de investigación que impulsó la realización del susodicho filme. De aquí que su incorporación a la sección oficial suene a concesión/homenaje. Una excusa (u ocasión, para algunos) que justifique la presencia del director catalán en el Festival.

Las otras películas de la sección oficial que optaban al premio al mejor documental fueron Joe Strumer: The Future is Unwritten, sobre el músico de punk-rock; y Ghosts of Cité Soleil, primer largometraje de Asger Leht, narra la conflictividad de dicho barrio de la capital haitiana y las consecuencias del cambio de gobierno.

Por otro lado, el cine estadounidense, en su versión más “informal”, hizo acto de presencia con cinco películas desiguales.

festivalgijon8.jpgHal Harthley, a quien el Festival dedicó una retrospectiva en 2003, acudió en esta edición para formar parte del jurado internacional además de presentar su último largometraje, Fay Grim.

Bajo la marca de películas indie llegaron Loren Cass y Juno. Si bien la primera se sostiene sobre un guión muy elaborado, la frescura con que inicia Juno su historia sobre una adolescente embarazada, poco a poco se va desinflando. El pretendido descaro estadounidense queda reducido a convencionalidad para cualquier avezado espectador europeo.

Similar debilidad tiene Grace is gone. Historia dirigida a convencer al actual público estadounidense de los perjuicios de la guerra de Irak para las sus familias, solo se salva por la interpretación de John Cusack.

Otro actor interesante, Steve Buscemi, tras varias incursiones en la dirección, es el responsable de Interview. Completó la representación norteamericana el humor esperpéntico de Wes Anderson. Fue precisamente su última película, El viaje a Darjeeling, la que marcó el pistoletazo de salida del Festival.

Mención aparte merece Ex Drummer, primera película realizada por el belga Koen Mortier. Incomprensiblemente, este grotesco caos de ideas queda reducido a una repulsiva película que no responde a la buena tónica general con que se ha desarrollado esta 45 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón. Esperemos que el próximo año continúen (al menos) manteniendo el buen nivel que les caracteriza.

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(1) A lo largo de esta 45 edición, 15.000 alumnos de primaria y secundaria han pasado por el Festival.