Nocturna, Festival de Cine Fantástico de Madrid 2019

  29 Noviembre 2019

Un oscuro aleteo

nocturnaPodríamos hablar de un curiosidad primigenia, de un deseo ilusionante, para tratar de definir a aquello que como un súbito y leve golpe, llama la atención de un espectador —niño, joven o adulto— hacia los géneros del terror y fantástico. Unas prometedoras sendas que, más adelante, descubrirán al neófito que cada historia guarda un misterio, atesora un sobresalto y entierra, bajo la arbitraria capa de lo normal, horrores tan reales como las pesadillas. Entonces será ya tarde: habrá quedado convertido en fiel devoto, cuando no esperará con ánimo febril y rostro ojeroso a que un nuevo espanto se manifieste, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta del cuarto...

Así es, el público aficionado al cine de terror y fantástico manifiesta una fidelidad y deleite extremos, como ha demostrado durante años en ese —ya macroevento— que es el Festival de Sitges, y así se demuestra también poco después, en los últimos días de octubre, en una cita que alcanza ya su séptima edición: el Festival Nocturna de Madrid.

Tres nombres para el Nocturna

A continuación, se ofrece una selección de los títulos que el que firma ha encontrado más significativos dentro del grueso programación: importante ejercicio tiene el espectador de cualquier festival a la hora de valorar y cuadrar un calendario ante unas jornadas maratonianas, con películas que se proyectan de manera simultánea: Nocturna solo programa un único pase de cada título.

Mencionar eso sí, algunos de los títulos que no van a ser reseñados con más detalle pero que son sin duda de interés y a los que conviene seguirles la pista: la colombiana Luz (Juan Diego Escobar Alzate), por su granulosa luminosidad, aparentemente deudora del folk horror tan en alza; la cinta Reborn (Julian Richards) con Barbara Crampton (Re-animator, From Beyond), una desacomplejada muestra de terror electrizante; la pesadillesca y recursiva KoKo-Di KoKo-Da (Johannes Nyholm) o la argentina Piedra, papel y tijera (Macarena García Lenzi y Martín Blousson) en la que lo familiar se vuelve siniestro, recordando a ¿Qué fue de Baby Jane?, junto con la película Il signor Diavolo del italiano Pupi Avati.

Este año me gustaría reconocer dos valiosas aportaciones del festival: el contacto con los profesionales y la promoción, recuperación y puesta en valor del Fantaterror.

Lo primero se ha podido comprobar con la generosa participación de Alex Proyas, a quien se entregó el título de maestro del fantástico y que se mostró en todo momento cercano y entusiasta. Fue impagable su disposición en el encuentro con el director celebrado tras la proyección de su película El Cuervo (1994), obra de culto incontestable. Volver a visionar esta película en pantalla grande es una experiencia desbordante en la que el film se revela como un sueño oscuro. Hay algo del cine de justicieros en la venganza de Eric Draven, tamizado por el fantástico de los 80 (la lucha en los tejados tan deudora de Los inmortales) y el sabor a videoclip característico de los 90.

El carisma arrollador de Brandon Lee —que fue recordado con gran respeto en el encuentro con el director— y su maquillaje de vengador maldito conforman un icono inigualable en el cine de su década. El cine de Alex Proyas, cuya carrera despuntó con Dark City (1998), se caracteriza por el fuerte componente estético de sus películas —cualidad, por otro lado, que la gran industria ha ido diluyendo en lo anodino—, siempre acompañado de un toque de oscuro pesimismo. Tal vez con Dioses de Egipto (2016), el director alcance su cota más lúdica y luminosa. No obstante, se ofreció al público la futurista Señales del futuro (Knowing, 2009), adscrita a un tardío cine de catástrofes.

En cuanto al talento nacional y al fantaterror se refiere, lo comentado más arriba se atestigua este año en el reconocimiento a Eugenio Martín con el Premio Nocturna de Honor: a él se deben una inolvidable Pánico en el transiberiano (1972) con los legendarios Christopher Lee y Peter Cushing, su más conocida y temprana Hipnosis (1962), o westerns como El precio de un hombre (1966). Realizó también El desafío de Pancho Villa (1972), con Telly Savalas, y las cintas de aventuras exóticas Los corsarios del Caribe (1961) y Duelo en el Amazonas (1964) entre otras de una extensa carrera, durante la cual trabajó bajo las órdenes de directores como Michael Anderson o Nicholas Ray.

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En recuerdo de Chicho Ibáñez Serrador

La figura de Narciso Ibáñez Serrador es profundamente querida y recordada en toda España. Se trata de alguien que no solo se ganó al público sino que consiguió también esa simpatía y cariño especial que solo se debe a la familiaridad.

El festival incluyó en su sede de la Sala Berlanga una serie de proyecciones en recuerdo de Chicho Ibáñez Serrador, con sus Historias para no dormir, pero también con las menos popularizadas Películas para no dormir; la serie de seis producciones para televisión que realizaron Álex de la Iglesia, Paco Plaza, Jaume Balagueró, Mateo Gil,  Enrique Urbizu y el propio Chicho.

Además, se contó con la presencia de su hijo Alejandro Ibáñez Nauta presentando su primera película, Urubú (2019), en la inauguración del festival y en la charla Chicho, la fantasía conquista la pequeña pantalla española, con Carlos Urrutia (actor y biógrafo de Chicho Ibáñez Serrador) y Sergio Molina (director de Nocturna Madrid).

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Perdidos en la búsqueda

La opera prima de Ibañez Nauta no alcanza, en opinión de quién escribe, el aprobado. En su arranque, da la impresión de que hay una mirada atenta al mundo infantil cuando la hija del matrimonio protagonista, a la que en un principio cuesta alejar de su tablet, explora los fetiches y antiguallas en la penumbra de un restaurante.

De la misma manera, los planos aéreos sobre el barco durante la travesía por el Amazonas apuntaban a los códigos del cine de aventuras, y a dejarse llevar por las corrientes de la emoción y el entretenimiento.

Sin embargo, salvando algún momento cómplice (la interacción del tosco Capitán Nauta con la niña), la travesía acaba desembocando en una serie de secuencias repetitivas, sin aparente avance del guión y un abuso de planos aéreos supuestamente conclusivos (pues en realidad, no hay novedad en lo que nos están contando).

Las principales flaquezas de esta película están en lo indefinido del guión (¿qué hay del urubú blanco?) y en su montaje deslavazado y monótono, repetitivo, consecuencia tal vez de no haber podido o no haber querido desbrozar con firmeza y reducir la duración final.

Porque no faltan elementos sugerentes y bien resueltos en cuanto al trabajo de arte y producción artística (como los inspirados en el vudú), pero quedan inconexos, flotantes, sin ligazón con una idea general o la trama. Falta el arrojo, la decisión, el atrevimiento de realizar una cinta excesiva, experimental o de puro género: Carlos Urrutia protagoniza una secuencia impagable, que podría haber estado a la altura de los pasajes del Nicholas Cage más desatado de Mandy (Panos Cosmatos, 2019). A pesar de lo explícito de citar a la irrepetible Quién puede matar a un niño (Chico Ibáñez Serrador, 1976), queda abierto el interrogante sobre cómo se iban a confrontar, qué diálogo se podía trazar entre una y otra.

Alejandro Nauta sí muestra habilidad en cambio para un acabado más que solvente en su cortometraje: Reality. Proyectado con anterioridad, esta pieza mantiene una dignidad y atmósfera, un guiño en la ruptura (melodramática) de la cuarta pared, que lo hacen mantenerse a flote: entre otras cosas por la labor interpretativa de Lydia Bosch, con larga trayectoria ante las cámaras.

Cabría plantearse si no era el lugar de la presentación de Urubú la Sala Berlanga, como complemento al ciclo de obras de Chicho programadas en dicha sede; si, pese al cariño y el reconocimiento, era la apertura del festival el lugar para esta opera prima.

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Conquistar la libertad

De título tan minimalista como su puesta en escena, 1BR, primer trabajo largo de su director, David Marmor, no se libra de un aspecto televisivo y ritmo plano, contrapesados, eso sí, por la buena dosificación de los golpes de efecto (lástima que el tráiler arruine uno de ellos) y el trabajo de su protagonista Nicole Brydon Bloom.

Es su personaje Sarah el centro total de la película: una joven que se muda a Los Ángeles para empezar su carrera como actriz y que alquila un piso en una comunidad tan aparentemente idílica como siniestra.

Pese a su aproximación al torture-porn, la película se decanta por la contención y el terror psicológico, con la paranoia sobre las élites detrás del poder, el control social y las sociedades secretas (los miembros de la comunidad se vigilan entre ellos desde una habitación mientras que a su vez son captados por una cámara de seguridad) y apuntando en lo metafórico al paso a la edad adulta y el miedo a que la propia identidad se vea amenazada, moldeada y diluida en una hoja de ruta establecida.

Tras un monótono segundo acto, la acción del desenlace y la concesión de su plano final a lo distópico y la pesadilla urbana (The Purge) elevan el nivel del conjunto y cierran el ciclo de la restitución de Sarah a través de lo físico: la carrera sobre el asfalto con todas sus fuerzas.

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Vivarium (4)
Kafka en el vecindario

Una joven pareja a la búsqueda de un piso de alquiler acude a una urbanización en las afueras, tan idílica como anodina. Las hileras de unifamiliares son tan idénticas que son incapaces de encontrar la salida del complejo, conduciendo en círculos para acabar siempre delante del mismo portal. Obligados a pasar la noche allí, recibirán una caja con alimentos e instrucciones.

La ciencia ficción se estrella con la metáfora social en un relato que el director Lorcan Finnegan lleva sin piedad hasta las últimas consecuencias.

El actor Jesse Eisenberg ha encajado a lo largo de su carrera en papeles de personajes inadaptados, tímidos nerds, individuos en definitiva con pocas habilidades sociales. Curiosamente, ese registro le ha valido tanto para encajar en el joven norteamericano medio (Bienvenidos a Zombieland) como al sujeto excepcional (Lex Luthor en Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia, Mark Zuckerberg en La red social). En Vivarium, sin embargo, acata una normalidad extrema, tal y como exige el tono y presupuestos de una historia con más que reconocibles toques de episodio de Twilight Zone.

El protagonismo de esta fábula kafkiana recae en su compañera de reparto Imogen Poots (28 semanas después, Green Room) que hace un espléndido trabajo como mujer de treinta años, no exenta de dureza, enfrentada a un modelo de vida impuesto y a una maternidad alienada.

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A Night of Horror: Nightmare Radio (3)
Mixtape de terror irregular aunque bastante bailable

Son los argentinos Luciano y Nicolás Onetti (Sonno Profondo, Abrakadabra), los encargados de conectar los distintos cortometrajes que componen esta antología a través de interludios en los que un carismático locutor de radio responde a las llamadas telefónicas que recibe en su cabina y narra historias de terror en mitad de la noche.

Entre los fragmentos más remarcables encontramos un muy cuidado técnicamente Gotas de Sergio Morcillo, relato simbólico con ecos de Suspiria e Insidious.

Historia de una bailarina aquejada de dolores y pesadillas que desemboca en la personificación del trauma silenciado, la emersión de los miedos por la expresión corporal y la figura del súcubo o visitante nocturno; junto a esta, destacar también la retorcida visión sobre la crueldad institucionalizada de La desaparición de Willie Bingham, de Matthew Richards, en la que un reo es sometido a una agónica condena a través de la amputación paulatina.

Por su parte, Post Mortem Mary (Joshua Long), consigue también una elegante factura técnica como cuento macabro de época en el que una niña tiene que aprender a realizar fotografías funerarias.

Otros segmentos que cumplen perfectamente su cometido son Vicius (Oliver Park), que recoge muy bien la ambigüedad de las formas que se vuelven tenebrosas en la oscuridad (sin renunciar al jump scare), o el sardónico A Little of the Top (Adam O’Brien), que con un tono paródico expone una caricatura de la obsesión por la belleza y los cánones perturbadores.

Por último, se agradece el desacomplejado toque B que Pablo S. Pastor pone en Into The Mud que, tras un prometedor arranque (la persecución a través de un bosque de lo que parece ser una criatura mágica o mitológica, encarnada en el cuerpo de una mujer desnuda) se queda en un episodio algo tosco, aunque con acabado más que digno, a medio camino entre La joven del agua y The Lure.

Una sensación similar nos deja The Smiling Man de A. J. Briones, cuya filiación al imaginario de It (los siniestros globos rojos de Pennywise) y pese a su potente estética (detectable influencia de Insidious, nuevamente), se asemeja a una especie de spot de imagen impecable, pero sin demasiado o nulo aporte narrativo.

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Little monsters (4)
Manual de supervivencia y comedia

Producción australiana que es capaz de meterse al espectador en el bolsillo en pocos minutos. Con un ritmo trepidante, un acertado dibujo de los personajes y un tono de comedia potente y canalla, cuenta además con el aliciente de estupendas interpretaciones y el desparpajo adicional del elenco de actores infantiles.

Dave (Alexander England), se ofrece a ayudar en el campamento infantil donde va a acudir su sobrino Félix (Dave La Torraca); una treta para pasar más tiempo con la profesora Miss Caroline. En mitad del campamento, se desata una epidemia zombie. Miss Caroline (Lupita Nyong’o) tratará en todo momento mantener a salvo a los niños e intentará que no se den cuenta de la amenaza. Una premisa que pareciera inspirada en el incidente —seguido a diario en las noticias de todo el mundo— del grupo de escolares atrapados por la inundación de una cueva en Tailandia en 2018.

El contraste entre el mundo infantil con las terroríficas y decrépitas hordas de muertos vivientes es la principal baza humorística de un film que también sabe explorar, fuera del spoof del género, los tópicos de la comedia romántica, caricaturizar la imagen turística —el running gag del soldado que enumera animales de Australia—, y ofrecer unas pinceladas de humor absurdo y grueso, como algunos de los momentos que protagonizan el personaje televisivo Teddy McGiggle y sus mascotas, o aquel en el cual Dave sorprende a su exnovia con un compañero de trabajo, llevando con él a su sobrino Félix disfrazado de Darth Vader.

Pero a pesar de que Little monsters huye de los convencionalismos, no hay duda de que su director, Abe Forsythe, también guionista, ha sabido medir el tono y trabajar el trasfondo de sus personajes con mimo: estos son puestos a prueba, tienen la oportunidad de ser mejores y mostrarse con honestidad. Así, la dulce profesora (Lupita Nyong’o está realmente brillante en su registro cómico) muestra la fortaleza de quien ya se ha curtido en la supervivencia. Por su parte, el golfo tío Dave se verá enfrentado a responsabilidades mucho más graves que aquellas de las que su vida de guitarrista de rock y músico callejero le permitían guarcerese.

Podría achacarse que estos procesos dramáticos y el trasfondo emocional de los personajes sean explicitados a través del diálogo, si no fuera porque, en un epílogo casi de feel-good movie, la madre de Félix, a la sazón hermana mayor del tío Dave, devuelve una candorosa comprensión sin decir nada mientras suena la música.

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Amigo (5)

Posiblemente estemos ante el título más interesante de la cinematografía española en este 2019, junto con El Hoyo de Galder Gaztelu-Urrutia o El increíble finde menguante de Jon Mikel Caballero.

Apuesta personalísima de los actores David Pareja y Javier Botet, que cuentan la convivencia entre dos amigos, uno dependiente del otro, aislados dentro de una casa en un solitario paraje rural. De tratamiento frugal y ascético, lleva en la sangre tanto de El resplandor (la locura por el aislamiento) como de Misery (el pulso dramático entre cuidador y personaje postrado), pero se sitúa en un tiempo indefinido que remite a los años de la Transición y la hace proclive a la metáfora.

La película aprueba con creces sus propios planteamientos de tono, ritmo e interpretación: es imprescindible para el sostenimiento de lo que nos va narrando Amigo, el tono seco, distante, sobrio, también autoparódico, naturalista, cercano y cómplice que van construyendo las impagables interpretaciones de Botet —desprovisto de maquillajes y prótesis, más expuesto que nunca— y Pareja —casi un clásico, un personaje de historieta, con el cariz de un entrañable actor de toda la vida, como el López Vázquez de La cabina de Mercero—.

El tiempo compartido de estos dos amigos se irá truncando al peculiar ritmo —monocorde, minimalista— de una cinta en la que los parlamentos son coloquiales y casi todo es subtexto, y en la que el silencio se interrumpe por interesantes insertos: los fragmentos de programación televisiva anacrónica, como las películas de Paul Naschy o las Historias para no dormir.

Más que merecidos por tanto los galardones a Mejor Película, Mejor Actor y Mejor Dirección, que recogieron el director Óscar Martín, el actor David Pareja y la productora Elena Muñoz de El ojo mecánico.

amigo-1Cortometrajes, documentales y el cine mutante

Salpicados, como de costumbre, antes de las distintas proyecciones que forman el programa del festival, los cortometrajes traen siempre una variedad de enfoques y propuestas. Desde el discurso sobre el arte de narrar del hipertecnificado La octava dimensión (dirigido por Kike Maíllo y protagonizado por Najwa Nimri) hasta la disparatada historia de una abuela superheroica en Abuelita (o Granny, de Wiro Berriatúa, con Diana Peñalver y Jack Taylor), pasando por un socarrón y directo ejercicio de género, Little Taste (Victor Catalá).

Junto a los premiados Hopes, de Raúl Monge (mejor cortometraje nacional), y Lay them Straight, de Robert Deleskie (mejor cortometraje internacional), encontramos también los sugerentes Le Blizzard (Álvaro Rodríguez Areny), El juego (Rogger Vergara Adrianzén), la adaptación de Poe El corazón del cazador (David Salgado Marcote) o El último día en la tierra (Marc Martínez Jordán).

Los fanáticos del xenomorfo han podido deleitarse con el estreno del documental Memory: The Origins of Alien, centrado en la figura de Dan O’Bannon, quizá la figura menos explotada a la hora de abordar la saga del octavo pasajero. Otro tipo de público es el destinado a interesarse por Los albores del Kaiju Eiga, una mirada sobre el monstruo Godzilla, el desastre nuclear y las consecuencias de la bomba de Hiroshima en el imaginario colectivo de la sociedad japonesa, sus creadores y cineastas.

Los ejemplos del audiovisual más mutante y marginal lo conforman una serie de producciones independientes que reúnen unas características comunes: su escueta —o justa, según se mire—duración, el carácter experimental, las propuestas impactantes o estrafalarias de marcada estética (como lo fueron en su día Kung Fury de David Sandberg o Velocipastor de Brendan Steere) y, en ocasiones, la simulación del cine de explotación mediante un grano y rascadura añadidos (como en la película de 2018 Apocalipsis Vodoo de Vasni J. Ramos), consecuencia quizá del cuidado trabajo de imitación —y reivindicación— que Robert Rodriguez y Quentin Tarantino pusieron en su proyecto Grindhouse de 2007. 

El caso de Fuel, de Israel González, no se sitúa tanto en la esfera del cine cutre o paródico, estaría más cerca de la referida Amigo: una idea personal, autoral, un ejercicio de cine low cost que busca el máximo rendimiento de sus recursos y medios técnicos, con guion del escritor Juan de Dios Garduño en base al argumento de Israel González.

Otra característica de este audiovisual mutante, escisión del cine e industria convencionales merced a la «democratización final del cine» (manifiesto Dogma 95), es la financiación colectiva a través de plataformas que permiten a particulares apoyar el proyecto y convertirse en productores. Es este un aspecto social interesante y relativamente nuevo en el mundo audiovisual; más que su financiación, la creación de una comunidad que se siente parte del proyecto conformando una especie de militancia del estilo y filiación genérica del proyecto que sea.

Este es el caso de Blood Machines, de Carpenter Brut y Seth Ickerman (pseudónimo de los franceses Raphaël Hernandez y Savitri Joly-Gonfard): financiada a través de la plataforma Kickstarter, se presenta como la secuela de un videoclip del propio Carpenter Brut, amalgamando la nostalgia retro-ochentera con la atmósfera expresionista y la fantasía de una space opera.  

En el extremo más delirante, Black Mandala nos ha dejado con Bullets of Justice de Valeri Milev la gamberrada final que puso el broche al festival. Producción sin tapujos de Kazajistán y Bulgaria ambientada en un futuro postapocalíptico en el que la humanidad lucha contra los cerdos (!), Bullets of Justice tiene el desparpajo suficiente para entretener (hacer reír más bien) al público hasta un final desinflado incluso para sus propios presupuestos. Autoparodia constante, excesos, humor dudoso y mal gusto, en una elegía al cine cutre. Con la aparición de Danny Trejo, fetiche de este cine mutágeno desde Machete (2010).

Coda

En definitiva, el Festival Nocturna consolida cada año como una cita fundamental en el panorama local, encarando la ardua tarea de ser la muestra de cine fantástico de la capital.

El nivel de las personalidades del mundo del cine que han pasado por él apuntalan su trayectoria, como también lo hacen la dedicación de todo su equipo. Su programación abarca un abanico variado, con sitio para el terror extremo, el fantástico más digerible, las producciones internacionales y los autores autóctonos, las películas de estreno mundial (como el año pasado fue la nueva Halloween) o las producciones más pequeñas que encuentran en el festival una de sus primeras pantallas.

Así, volvió a verse sobre las húmedas aceras de la calle Fuencarral a esa multitud que se congrega antes de cada proyección; ansiosos por la intriga —que quisieran desenvolver como un regalo— ante lo que van a ver, comentando uno y otro título a la salida. Quizá lo más importante de un sano evento como este sea precisamente la reunión, el respaldo, el interés compartido, que consiguen avivar la afición y que esta no se pierda entre prisas y rutina.

Eso sí que sería terrorífico.

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Palmarés Nocturna Madrid 2019

MEJOR PELÍCULA: Premio Paul Naschy
Amigo, de Óscar Martín

MEJOR DIRECTOR
Óscar Martín por Amigo

PREMIO DEL PÚBLICO
Little monsters, de Abe Forsythe

MEJOR ACTRIZ
Lupita Nyong’o por Little monsters

MEJOR ACTOR
David Pareja por Amigo

MEJOR CORTOMETRAJE NACIONAL
Hopes, de Raúl Monge

MEJOR CORTOMETRAJE INTERNACIONAL
Lay them straight, de Robert Deleskie

MEJORES FXS
The furies, de Tony D'Aquino

MEJOR GUIÓN
Abe Forsythe por Little monsters
Mención especial para Johannes Nyholm por KOKO DI, KOKO DA

PREMIO CANAL DARK, MEJOR PELÍCULA DE LA SECCIÓN DARK VISIONS
Echoes of fear de Brian y Laurence Aventet-Bradley

PREMIO BLOGOS DE ORO A LA MEJOR PELÍCULA
Little monsters de Abe Forsytge

Escribe Manuel M. López

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