62 Seminci, Semana Internacional de Cine de Valladolid (4): Descontrol emocional y tozudez

  06 Noviembre 2017

"Estamos bloqueados, no quieres cambiar”

seminci-43-ziad-doueriPiense el lector a cuántas situaciones, personales y políticas, se puede aplicar la frase en cursiva pronunciada en El insulto, del libanés Ziad Doueri. La mujer del protagonista, Toni, reprocha al marido su empeño en magnificar una ofensa insignificante.

Esta película y Bajo el árbol, tercer largo del islandés Hafstein Gunnar Sigurdsson, muestran con diferentes matices y lenguajes cómo un hecho nimio e intrascendente puede generar tragedias personales y movilizaciones políticas, nutriéndose y creciendo como una bola de nieve por los dominios de las emociones incontroladas.

En el primer caso, una disputa por una cañería enfrenta a un cristiano libanés y a un refugiado palestino. La terca resistencia de ambos a ignorar el punto de vista del otro deriva en un conflicto social, jurídico, mediático y político que trasciende la problemática personal de los dos protagonistas.

El director, de origen libanés afincado en Francia, insiste en el carácter apolítico de su película, pero los créditos iniciales van precedidos de un aviso del gobierno libanés sobre la responsabilidad exclusiva del realizador respecto a las ideas contenidas en el filme. Con un lenguaje dramático y emotivo Ziad Doueri construye un relato intenso, ameno y claro mediante un guión sin fisuras y un ritmo narrativo adecuado al interés y atención del espectador.

Después del éxito y polémica despertados por El atentado, el director se inspira en ese mosaico de culturas, religiones y partidos políticos que es el Líbano actual para proponer una reflexión sobre el daño que una enfermiza gestión de las emociones pueden ocasionar a todo un país. Un drama amable en contenido y forma como se observa en episodios como el del juicio, que nos recuerda el Hollywood más clásico.

Aunque Bajo el árbol parezca seguir análoga trayectoria temática, no se parece en nada respecto a los recursos formales que utiliza. Con un estilo que administra el tiempo con notable eficacia, el joven director islandés crea su relato mediante una narración pausada, permitiendo al espectador distanciarse de los sentimientos procedentes del germen del conflicto: la discusión sobre la necesidad de podar un árbol situado entre dos viviendas pareadas.

El malestar general crece en magnitud e intensidad a lo largo de un argumento donde la información se administra con talento generando un drama con mucho humor negro y un final sorprendente. La intranscendencia del motivo de la disputa contrasta con la gravedad de la problemática del personaje de la madre, que va mostrando, de forma progresiva, las profundas heridas emocionales causantes de su enfermiza conducta.

Por otro lado, el comportamiento del resto de personajes reparte sus actos entre la indiferencia pasiva y una ciega e irracional necedad. En ambos filmes podemos reconocer el paisaje psicológico y social de nuestro entorno como espacio donde se manifiesta la estupidez universal.

seminci-40-dulce-paisEl peso del paisaje se hace notar en otros dos filmes que comparten tonalidades y sombras. Dulce país (Sweet country), tercer largo del australiano Warwick Thonton, galardonado en el pasado Festival de Venecia, versiona un hecho real ocurrido en 1929 en el que se juzga a un aborigen por matar a un hombre blanco.

Se trata de un correcto y estilizado western escrito con todos los recursos del género. Los personajes, bien definidos, se ajustan a su arquetipo correspondiente: los colonos, racistas y embrutecidos por una tierra cuya orografía ocre y crepuscular se disuelve en un paisaje seco y hostil como metáfora de la dureza de la vida; los aborígenes, esclavizados y humillados, son las víctimas. El filme pone de manifiesto la ineficacia de una justicia gestada en una metrópolis lejana e ignorante de las circunstancias del lugar donde ha de aplicarse.

Muy distinta es la tercera película de la directora china afincada en EEUU Clohé Zhao, El jinete (The Rider). Se trata de un filme basado en una historia real y un sólido guión que narra el conflicto de Brady, un joven vaquero de rodeos que debe decidir su futuro tras sufrir una conmoción cerebral.

Con actores no profesionales que se representan a sí mismos, la historia nos acerca a una realidad donde la testosterona y los tópicos sobre el valor de los jinetes campan a sus anchas. Por eso la cinta de Clohé Zhao tiene el mérito de hacer emerger un nuevo concepto de cowboy americano cuyo particular viaje interior le lleva a abandonar sus viejos valores de fuerza y agilidad en pro de una combinación de sentimientos y racionalidad, entre los que se encuentran la situación familiar y el amor fraternal.

Del western sólo tiene los paisajes inmensos y el vestuario de los personajes y su medio. Lo demás es otra historia. La película fluye con naturalidad dejando a su paso un conjunto de acciones y silencios muy bien administrados que hemos disfrutado a la espera de algún galardón.

La Sección Oficial se completa con Foxtrot, del director israelí Samuel Maoz. Regresa a Venecia con su segundo largometraje tras Líbano, premiada en 2009 con el León de Oro.

De nuevo la estupidez y los impulsos irracionales son la causa del dolor de una familia por la muerte del hijo, soldado del ejército israelí. Con un tiempo fragmentado que va hacia atrás y hacia adelante, el director compone un relato sentimental y humorístico en el que se combinan el drama familiar y una refrescante parodia del ejército y sus protocolos.

El filme deja claro que la tragedia puede producirse tras el caos de una conducta irracional, sea ésta súbita, impulsiva y violenta, o latente e ignorante de su lento crecimiento. Perfeccionista y muy cuidadoso del espacio fílmico como fuente de información sobre los personajes, el director sabe utilizar los encuadres y los puntos de vista con resultados muy satisfactorios.

Sage femme (El reencuentro), el sexto largo de Martin Provost, cierra el festival con una historia muy conocida por los aficionados al cine. Se trata de un argumento en el que se enfrentan dos mujeres, Claire y Beatrice, con dos conceptos diametralmente opuestos sobre la vida. Caos y orden entran en una relación dialéctica que inclina la balanza hacia uno y otro lado, mientras vamos conociendo las circunstancias vitales de los dos personajes.  

No sabemos si su presencia en la Seminci se debe a su marca femenina o a la batalla interpretativa entre las dos actrices protagonistas: Catherine Deneuve y Catherine Frot. Una historia sin sorpresas, con tintes románticos y muy del gusto del gran público, como la que inauguró el festival. Alfa y Omega, principio y fin.

Escribe y fotos Gloria Benito

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