61 Seminci, Semana Internacional de Cine de Valladolid (6): Valoración palmarés

  03 Noviembre 2016

 

Apuesta segura al premiar a directores reconocidos

sem4-juradoLa semana de cine vallisoletana ha perdido parte del eclecticismo contenido en la programación al decantarse por premiar películas de éxito asegurado, tanto por el público al que van dirigidas como por su rendimiento económico.

Paolo Virzi, el director de La pazza giogia y galardonado con la Espiga de oro al mejor largometraje, es un veterano director y guionista, curtido en festivales en los que ha cosechado abundantes premios, desde que estrenara La bella vita hasta la más reciente El capital humano. Sus películas se caracterizan por una más que correcta factura y un mensaje asequible para un público lo más amplio posible. Aunque se acerca a temas de interés, como las carencias de una sociedad basada en valores  económicos (El capital humano), nunca llega a profundizar hasta el punto de perturbar al espectador.

La pazza giogia es una película bien planificada y realizada, que relata, en un tono irónico y humorístico, con toques de comicidad y algo de sentimentalismo, una historia interesante sobre las enfermedades mentales y sus causas; pero sobre todo, es una película que si bien busca un entretenimiento sin frivolidad no analiza las carencias sanitarias de estos enfermos, que pasarían desapercibidas si no fuera por la nota final acerca de la supresión de los manicomios.

Las aventuras de las dos pacientes fugadas del hospital psiquiátrico donde se encuentran recluidas conforman un argumento que se desarrolla sin sobresaltos y culmina con un final muy gratificante para salir del cine con buen sabor de boca y una sonrisa. Es posible que en la Semana no haya habido un nivel de calidad como el de otros años, pero si contemplamos el conjunto de los premios, la tendencia de los jurados parece ser la de no correr demasiados riesgos.

Lo mismo podríamos decir de la Espiga de Plata y el premio Miguel Delibes al mejor guión para El ciudadano ilustre, de los argentinos Mariano Conh y Gastón Dupré. Ambos realizadores son profesionales experimentados en la producción audiovisual y buenos conocedores de los entresijos de la industria. No sorprende que su primer largometraje aplique, formal y temáticamente, todos los trucos y técnicas de la comedia, género en el que han demostrado su buen hacer.

De nuevo nos encontramos con un filme muy entretenido y correcto, que desarrolla con agilidad narrativa la historia del Nobel que decide regresar a su pueblo natal en un momento de fragilidad sentimental y no sospecha lo que se le viene encima. Lleno de gags cómicos combinados con escenas de humor inteligente, la película nos invita a reflexionar sobre el negocio de la literatura y la creación artística, los celos, la ambición, la envidia y la estupidez humana en general.

Un buen conjunto de temas, que podrían conformar una excelente película si no fuera por el extremo cuidado de sus autores para mantener el filme en un nivel mínimo de incomodidad.

Tampoco se entiende qué ha tenido en cuenta el jurado de la Fipresci para distinguir Las inocentes, de la francesa Anne Fontaine, una película interesante por el delicado y doloroso problema que plantea: las consecuencias de la violación colectiva de un grupo de monjas, al final de la Segunda Guerra Mundial.

También en esta ocasión la historia está bien narrada pero sin profundizar en momento alguno en el análisis del conflicto real. En un tono más sentimental que reflexivo, la realizadora se queda en la superficie emocional de los personajes, seleccionando aquellos detalles y situaciones que le permitan culminar grata y amenamente su relato.

El mismo camino parecen haber seguido los dos cortometrajes que comparten ex aequo la Espiga de Oro. La circunspecta y callada protagonista de Il silenzo, de Farnoos Samadi, refleja muy bien la soledad y el dolor de una niña inmigrante ante la grave enfermedad de su madre. Lo mismo podríamos decir de Cheimophobia, el último corto de Daniel Sánchez Arévalo, que deja muy clara la lucidez de los niños ante la muerte. Pero ninguno de los dos filmes se acerca a la máxima excelencia.

Quizá How Long, Not Long podría compensar las limitaciones de los anteriores si consideramos, junto con las técnicas de animación fotográfica del filme, la importancia de un tema esencial como la superación de localismos y nacionalismos en aras del bienestar global. De Pelea en una playa sueca, que se ha alzado con el premio al Mejor Corto Europeo, no observamos nada destacable.

Los jurados de la Sección Oficial han roto la mencionada tendencia con la cinta egipcia Clash, doblemente premiada: Mohamed Diab como mejor nuevo director, y Ahmed Gabr como responsable de la mejor fotografía. Resultan acertados los galardones concedidos a los actores y actrices que han ganado merecido reconocimiento en esta edición del Festival: en primer lugar, Naomi Nero como adolescente atormentado por el descubrimiento de su familia biológica, en Madre no hay más que una, de la brasileña Anna Muylaert. En segundo lugar, Valeria Bruni-Tedeschi y Micaela Ramazzotti, por su interpretación como protagonistas de La pazza giogia.

No ha habido mención alguna para filmes de similar calidad a los premiados, que tratan de la falta de libertad de la mujer en otras culturas, como Tormenta de arena, de Elite Zexee. La Sección Oficial comenzó con mal pie con el estreno de Las furias, se mantuvo inestable unos días y remontó un poco al final de la Semana.

Los premios nos dejan algo perplejos, pero quizá también la Seminci esté perdiendo su identidad como festival de cine de autor y esté explorando nuevos rumbos.

El tiempo lo dirá.

Escribe Gloria Benito

sem4-ciudadano