30 FIFF, Festival Internacional de Cine de Friburgo (2): Dos filmes destacados

  19 Abril 2016

Ariel Rotter y Yalle Kayam

la-luz-incidente-1Sería tarea de locos hablar de todos los filmes, tanto los que compiten en las secciones oficiales, como los que forman parte de él en cualquiera de las secciones paralelas. Es por eso que, disculpando mi atrevimiento, me gustaría dedicar este espacio al análisis de dos títulos que a mi entender han destacado por su calidad técnica y alcanzarán la suficiente repercusión como para alargar su vida en posteriores festivales y que, esperemos, llegarán a ser distribuidos en las grandes salas de cine.

La luz incidente de Ariel Rotter. Argentina, 2015.

Un hombre de mediana edad, de físico rudo, medio calvo, vestido con una camisa blanca y pantalón de tela se esfuerza por sacar una dulce melodía de su guitarra. Enfrente una mujer de apariencia elegante, con el pelo oscuro recogido en un moño sostiene a dos niñas pequeñas. El rostro de la mujer muestra tensión, además se esfuerza por sostener en silencio a las dos niñas y no ofender a su interlocutor. A la canción le sigue la entrega de unos regalos. El plano se corta y le sigue otro en que la mujer viene de acostar a las niñas y dice algo como: estarás contento, conseguiste gustar a las niñas.

Luisa (Erica Rivas) ha perdido a su marido y su hermano en un accidente de tráfico. A su cargo tiene a dos niñas, de apenas unos meses de vida, en la Argentina de la década de los sesenta. Goza de una posición económica desahogada que le permitiría seguir con el cuidado de sus hijas sin necesidad de alterar su modo de vida, pero en el marco espacio-temporal descrito una mujer debe contar ya no sólo con el apoyo de un hombre para construir una familia, sino con el soporte social que este le proporciona. Es así como entra en escena el pretendiente (Marcelo Subiotto) haciendo uso de su posición social y sus, aparentes, buenas intenciones y formas para, a través del favor de las niñas, ganarse el cariño de Luisa. Y así convertirse en el padre y esposo de esta familia.

Pero las niñas ya tienen un padre, Luisa ya ha tenido un marido y en ningún momento se plantea que un segundo hombre desempeñe estas funciones en su familia. No obstante la sociedad argentina de los sesenta, al igual que muchas otras en esa misma década, no permitirá dejar a una madre sola. La presión social empezará desde el círculo más próximo a la protagonista para arrastrarla a la disyuntiva de tener que elegir entre lo correctamente bueno y lo personalmente deseado. Tema demasiado presente cuando reflexionamos sobre la condición femenina a lo largo de la historia.

Rotter despliega un uso sublime del blanco y negro, por una parte en concordancia con la elegancia de las clases más altas y la delicadeza del estado anímico que atraviesa la protagonista. Recurso que aprovechará, por otra parte, para remarcar esa luz incidente que acecha a la protagonista hasta derrotarla.

Aunque partidaria de llegar a la proyección de un film lo más puros posibles, desvelaré aquí un detalle importante del que seguramente no se llegue a hablar en las reseñas cinematográficas. Y es que ante mi curiosidad acerca de la necesidad de los hombres por contar historias de mujeres y viceversa, tuve la ocasión de preguntarle al propio Ariel Rotter.

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La luz incidente es la historia de una mujer y su círculo familiar: sus hijas, la madre y su suegra. Un fuerte círculo femenino invadido por la figura masculina del pretendiente. Un episodio narrado con una delicadeza y un conocimiento de causa, de reacciones y de gestos tremendamente cercano, casi en primera persona. ¿Quién era Ariel Rotter en el contexto de esta historia? El hijo en la vida real de esa nueva pareja formada por Luisa y el pretendiente.

Detalle morboso para unos, clave interpretativa para otros. La cuestión es que en esta catarsis personal de Rotter nos regala un ejercicio cinematográfico sublime: conjunto actoral, acercamiento a la historia, dirección de fotografía, montaje, ritmo narrativo… Orquestado de tal forma que trasciende más allá de la hora y media de metraje, quedando en la retina del espectador la Luisa madre, esposa y sobre todo mujer que lucha por seguir adelante llevando a cuestas su drama particular.

La luz incidente es el tercer largometraje de Ariel Rotter (Buenos Aires, 1973). Presentado en el Festival de Cine de Toronto. Astor de Plata mejor actriz (Erica Rivas) y Premio FIPRESCI en el Festival de Mar de Plata. Premio mejor fotografía y mejor dirección artística en el Festival de La Habana, todos ellos edición 2015.

Anteriores trabajos: Sólo por hoy (2001) y El otro (2007), Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín. Premio mejor guión en el Festival de Cine de Gijón, de ese año.  

Mountain de Yalle Kayam. Israel, 2015.

mountain-1Una mujer sale de noche a pasear por los alrededores de su casa. La luna ilumina el escenario: un sinfín de tumbas de piedra blanca extendidas sobre una colina. Oye unos gemidos y se acerca para descubrir que un grupo de hombres y mujeres están practicando sexo en el lugar sagrado. Pero esta no se marcha sino que permanece escondida observando hasta que es descubierta y tiene que salir huyendo.

Tziva (Shani Klein) es una mujer judía-ortodoxa madre de cuatro hijos que vive en una especie de torre en las proximidades del cementerio del Monte de los Olivos en Jerusalén. El marido Reuven (Avshallom Pollack) trabaja como profesor en un centro Yeshiva. Ella dedica su vida al cuidado de los niños y la casa como toda buena God fearing (creyente) judía-ortodoxa. Es resuelta, astuta y eficaz, por lo que dedica tiempo para reflexionar sobre su situación en dicho contexto político-religioso.

Por las noches, cuando todos duermen, Tziva acostumbra a salir a pasear. Su trayecto siempre discurre entre las tumbas del cementerio mencionado. De ahí surge la primera de las muchas dualidades que plagan el filme. Un cementerio sinónimo de muerte, es el lugar en que la mujer encuentra la calma por las noches, pasea, piensa y fuma. Pero al mismo tiempo el cementerio actúa como el cerco físico que la constriñe, ya que al estar situado a las afueras de Jerusalén no hay vecinos —vivos— con los que relacionarse, a excepción del encargado del lugar.

Kayam, la realizadora, pronto define el perfil solitario y constreñido de su protagonista. Una mujer que llevando un modo de vida acorde con los dictámenes de la religión judía-ortodoxa. Empezando por una vestimenta discreta, una casa sobria, una familia numerosa… Y un objetivo en la vida: ser madre y esposa.

Es empujada por esa misma sociedad y religión patriarcal a establecer relación con un grupo de gente que lleva una vida totalmente contraria a los dictámenes de la dicha religión pues salen por la noche a beber y practicar sexo en el cementerio del Monte de los Olivos. Ultrajando, para ojos de un creyente, este lugar sagrado.

Tziva huye del rol y funciones que le ha tocado vivir, pero no quiere decir que se una al modo de vida de esta gente, por lo que quedará en medio de ambos mundos. Otra dualidad del filme.

En su primer largometraje Yaelle Kayam trata la condición femenina en el Israel de 2016. Unas tareas y un rol social, desde nuestra perspectiva europea, muy retrasado puesto que la mujer es relegada al ámbito doméstico teniendo como único contacto con el exterior a su marido.

Mountain destaca por una puesta en escena armoniosa, relajada, a la vez que intrigante y asfixiante. Es el final, susceptible de ser leído desde una doble perspectiva, la clave para entender el mensaje que Kayam intenta transmitir y que gira en torno al debate sobre el rol asociado al género femenino, es decir, ¿una mujer nace con el único objetivo de cumplir como madre y esposa? ¿Dónde queda la realización personal de una mujer en una sociedad patriarcal de fuerte raigambre religiosa?

La fuerza del debut de Kayam radica en la dimensión universal que adquiere la interpretación del modo de vida de esta pareja israelí. De la intensa interpretación de Shani Klein en el tan bien construido personaje protagonista de Tziva en todas sus facetas: mujer, madre y esposa. Y finalmente el poder de debate que despierta un film técnicamente perfecto, estéticamente bello y socialmente impactante.

Segundo largometraje de Yaelle Kayam (Tel-Aviv, 1979) presentado en el Festival de cine de Toronto y la Bienal de Venecia del pasado 2015.

Gran Premio del Jurado Regard d’Or y Premio Quijote en el Festival Internacional de Cine de Friburgo, 2016. Forma parte de la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona de este año.

Anteriores trabajos: Diploma (2009) cortometraje proyectado en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Providence (2015), presentado en la Cinéfondation del Festival Internacional de Cine de Locarno del mismo año.

Escribe Aïda Antonino i Queralt

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