60 Seminci, Semana internacional de cine de Valladolid (7): Isabel Coixet en la clausura

  27 Noviembre 2015

Nadie quiere la noche

nadie-quiere-la-noche-1Con Nadie quiere la noche, el último filme de Isabel Coixet, se clausuró la 60ª edición de la Seminci, en cuyo acto final se concedió la Espiga de Honor a Juliette Binoche, protagonista de la película.

En la línea de otros directores cinematográficos actuales, que se han inspirado en personajes reales o históricos (Elser, 13 minutos, de Oliver Hirschbiegel, y The Girl King, de Mika Kaurismaki) para desarrollar sus historias, Coixet construye su relato a partir de la experiencia de Josephine Peary, esposa del explorador y expedicionario Robert Peary, el primer hombre en llegar al Polo Norte. Al margen de la controversia con el médico Cook por la paternidad del descubrimiento, la película de Coixet es fiel a la historia en cuanto a la mención de los métodos de Peary para sobrevivir en el hielo ártico, como el contacto con los inuit y sus costumbres.

La película se centra en la figura de Josephine Peary y la épica expedición que emprende en busca de su marido, desde la isla de Ellesmore, en Canadá, hasta las tierras del Gran Norte. Con un equipamiento propio de los aventureros de comienzos del siglo XX, y en compañía de Bram (Gabriel Byrne), un explorador experto en la tierra de los hielos, Josephine, desoyendo los consejos de los veteranos que la rodean, emprende un viaje en el que el riesgo es factor esencial para personas como ella y su esposo, cuyo lema era “si no hay camino, se abre uno”.

Juliette Binoche  da vida a un personaje voluntarioso hasta la tozudez, racional hasta la más extrema frialdad, y obsesivo por el amor a su marido hasta la obstinación. La primera parte del filme, al comienzo del itinerario, depara bellísimas imágenes del hielo ártico, lugar mítico y escenario de heroicas gestas en las que se pone a prueba la lucha entre el hombre y la naturaleza.

La  segunda parte, más dura y esencial para acceder al tema principal del relato, transcurre en el campamento base donde Josephine decide quedarse y es sorprendida por el invierno polar, la larga noche del mundo del hielo. El orgullo y petulancia de la protagonista sufren una contundente derrota ante la inclemencia de las condiciones climatológicas, hecho que modifica definitivamente el punto de vista de la protagonista.

La aparición de un nuevo personaje, la inuit Allaka (Rinko Kikucchi), sirve  para  encarar y enfrentar dos visiones del mundo: la occidental y la de los pueblos del hielo, oposición que ya conocimos en la historia del cine y en otros filmes, como el clásico Dersu Uzala, del genial Akira Kurosawa, estrenado en 1975. Pero ni Josephine es el ingeniero Arseniev, ni Allaka el cazador chino hezen. No obstante, queda clara la inferioridad de la civilizada y altiva Josephine ante las habilidades de la inuit respecto a la supervivencia y la relación con la naturaleza.

El viaje de la protagonista es tanto exterior como interior, pues a lo largo de su periplo ha de aceptar sus propios límites y aprender a sobrevivir bajo nuevos parámetros. Las imágenes son tan duras como la constatación del sacrificio de vidas y recursos que se ofrendan a mayor gloria de las hazañas y afán descubridor de los arriesgados viajeros. El imperio de los colonizadores se impone a los habitantes de una tierra de la que éstos se sienten parte desde tiempos inmemoriales.

La cónyuge del ingeniero y explorador estadounidense Robert Peary comienza su viaje como conquistadora imbatible y lo termina siendo otra persona. Pero quién y cómo es esa nueva persona ha de figurárselo el espectador, porque la película termina precisamente en el momento en que Josephine finaliza su gesta, y la voz en off que da cuenta de los últimos acontecimientos cierra la narración, pero no muestra el estado interior de la protagonista. Sólo se esbozan unas leves pinceladas para mostrar los lazos que han surgido entre las dos mujeres y la posibilidad de una nueva visión del viaje de la vida.

Precisamente falta lo más interesante de la historia, el proceso interno y esencial del personaje, para que la película sea algo más que un biopic de elegante y sólida factura, que ha contado con todo lo necesario para su producción, y suponemos que contará también con ello para su posterior distribución en las salas de cine.

El guión de Miguel Barros resuelve con eficacia los problemas de un relato de aventuras, que puede resultar luminoso a pesar de la oscuridad polar, y asequible para un público, que, sin duda, se sentirá seducido por la belleza de los blancos y helados paisajes. El universo oscuro y doloroso que enfrenta a las dos mujeres, perdidas en el Gran Norte a merced de los gélidos y huracanados vientos de sus divergentes concepciones sobre el amor y el viaje queda en un plano subsidiario de la historia de  una gran conquista y de las criaturas que la concluyen.

Con este filme, Isabel Coixet cambia otra vez de rumbo y demuestra quizá su versatilidad o quizá su desorientada trayectoria. Tras un thriller como Mi otro yo, y una comedia como Aprendiendo a conducir, la directora catalana prueba nuevas opciones narrativas. Lejos del universo emocional e intimista de sus comienzos, Coixet ha recorrido un trayecto estilístico que va de la exploración de los sentimientos a la construcción de historias de acción.

Ya veremos hacia dónde nos lleva el futuro.

Escribe Gloria Benito

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