17º Festival de Cine Alemán de Madrid (5): Samstag

  17 Junio 2015

Sueños de electroscore

aleman-41-gabineteHablábamos en una reseña anterior de la importancia que tiene el papel de la juventud en el cine de esta edición del festival. Resulta curioso, de paso, que en algunos casos lo haga mirando atrás en el tiempo, tirando de hecho de la sección RückBlick, que muestra el pasado germano (sea tan cercano como el inmediato a la caída del muro de Berlín, o tan lejano como el siglo XVIII) tal y como lo ve el cine contemporáneo del país europeo.

El quinto día miraba a ese pasado contrastado con el presente a su manera, peculiar. Lo hacía, primero, con Remake, Remix, Rip-Off, un divertido documental sobre la explosión que experimentó el cine turco en los años 60 y 70 a base de versionar archiconocidas películas hollywoodienses, creando obras que son hoy ya clásicos kitsch.

Luego, el recorrido volvía al presente con dos cintas: En el peor de los casos, que ya se presentara el martes; y Who am I – No system is safe, una cinta muy comparada a Fincher sobre activismo cibernético que ha estado entre lo más elogiado del festival (y que, por desgracia, un servidor no pudo visionar en ninguno de sus dos pases).

Y de nuevo el pasado. De las cinco proyecciones del sábado cuatro eran estrenos que solo tendrían lugar a lo largo del fin de semana. Así sucedía con Cuando soñábamos, drama ambientado en la RDA post-comunista cuyo hilo conductor es esa fina línea que a uno le va convirtiendo en adulto, pero donde no ha crecido del todo.

Esa llamada adultescencia sirve como excusa para narrar las vidas de cinco jóvenes que descubren los horizontes de las pandillas callejeras, las chicas, el alcohol, la droga, e incluso la responsabilidad de convertirse en dueños de una discoteca. Entremezclado con todo ello, asaltan los recuerdos, fogonazos del pasado de una educación para convertirles en pioneros del sistema comunista, que sirven de pilares para las amistades que se van a formar.

El tema nos resulta ya conocido de puro cansancio, pues es una constante en el cine alemán actual. Y sin embargo, los referentes quizá no sean tanto patrios, como del cine de esos directores transgresores cuyos nombres tanto suenan: el reflejo de las drogas del Réquiem por un sueño de Aronofsky, o el Trainspotting de Boyle; el retrato de las pandillas de Quadrophenia; el elogio a la violencia y delincuencia juvenil de La naranja mecánica de Kubrick; y hasta un cierto toque a lo American History X. Y, por supuesto, sin faltar en ningún momento el referente de ese clásico que ya es Goodbye Lenin.

Con todos esos ingredientes construye Andreas Dresen una cinta que a primera vista podía haber parecido más de lo mismo, pero que a pesar de sus ciertas carencias resulta un reflejo de solidez en las dos horas que dura. Dresen es capaz de combinar de manera fantástica los recuerdos del pasado con las pinceladas de un futuro incierto, construyendo un viaje donde la música acompaña al camino intermedio entre la violencia descarnada de la realidad, y el amor siempre anhelante de los sueños.

Y son sueños, precisamente, y anhelos, lo que más despertaba la otra gran proyección del sábado: el esperadísimo reestreno de El gabinete del Dr. Caligari en una copia remasterizada digitalmente de los años 30.

Sobran las presentaciones, o la crítica, de este clásico del cine alemán, una de las grandes obras del expresionismo (la primera en el celuloide de este calado) dirigida por Robert Wiene, que narra la historia del malvado doctor Caligari y su dominio sobre un sonámbulo que utiliza para conocer asesinatos.

Ahora bien, la versión remasterizada no se limitaba a presentar una copia del clásico con mayor calidad: el plato fuerte estaba en la figura del DJ Raphaël Marionneau, conocido en Alemania por haber realizado en directo la banda sonora de otros gigantes del cine, como Nosferatu o Metrópolis.

Esa era la intención que había aquí, y por la que la cola de los espectadores daba la vuelta a la manzana. El esfuerzo de Marionneau, sin embargo, no tuvo la recompensa esperada. El efecto de mezclar una banda sonora más tradicional (muy dependiente de pianos, sobre todo), con sonidos electrónicos e instrumentación moderna y descarnada no terminaba de ser el adecuado. Por si mismos los elementos funcionaban; unidos y puestos frente a una imagen que tiene su gran valor terrorífico en la sobriedad, resultaban estrepitosos, como estrepitosas y chirriantes eran algunas transiciones.

A pesar de la interpretación en directo un tanto fallida, la película demostró gozar de tanta salud como siempre, y fue un agradable recuerdo entre los soplos de novedad que, obviamente, atrapaban el festival, y que aún el día siguiente tendrían algo que decir.

Escribe Jorge Lázaro 

aleman-42-cuando sonabamos