HISTORIAS PARA QUERER EL CINE (Adolfo B. Ramos)

  30 Septiembre 2008

Las historias que voy a contar a continuación pueden parecer pequeñas anécdotas, pero para mí son importantes y necesarias para entender mi acercamiento al cine. Me gusta aproximarme con respeto a una sala de cine. También ser conocedor que una película va más allá de las imágenes y tiene otras lecturas –audiovisuales y semióticas– posteriores.

Nanino, nanino”

adolfo_1971.jpgEl primer relato se enmarca dentro del Paraninfo de la antigua Universidad Laboral de Cheste (Valencia). Era una sala de unas cinco mil butacas, donde se desarrollaban algunas de las proyecciones del Cine Club. Además de los pases de películas para alumnos, también había otra serie de actos culturales como teatro y  música.

En alguna de las sesiones de cine puedo asegurar que vi el aforo de la sala completo, incluso alumnos sentados en los escalones del pasillo central. En estos casos, al principio de la proyección, Adolfo y algunos de sus colaboradores se distribuían por diferentes zonas del Paraninfo y presentaban la película que se iba a ver. A la conclusión del filme había un coloquio con los alumnos, donde se debatían diferentes aspectos de la obra.

En los días que el Paraninfo no estaba completo, pero con bastantes alumnos, era sólo Adolfo el que llevaba la presentación y el coloquio posterior. Afortunadamente, la sala tenía buena acústica y el moderador no perdía la voz después de cada exposición.

El día de la historia que voy a relatar, yo tendría unos cinco años y debía ser un sábado. Era cuando mi padre, Adolfo, me solía llevar a las sesiones del Cine Club de Cheste. La sala del Paraninfo estaba con la mitad del aforo cubierto. Aunque la cantidad de alumnos que hubiera no es importante, porque Adolfo transmitía –en la actualidad lo sigue haciendo– el mismo respeto por el cine igual para cuatro personas que para cinco mil.

adolfo_paraninfo2.jpgAquel día, cuando llevábamos vista la mitad de la película, quizás era un western, el chico y la chica protagonistas empezaron a besarse apasionadamente y los asistentes a la sala, jóvenes varones adolescentes, empezaron a silbar al son de “nanino, nanino”. En ese momento vi cómo Adolfo venía subiendo los escalones de la sala, de tres en tres, hacia donde yo estaba –en la última fila del Paraninfo– y me decía: “Corre, corre, avisa al proyeccionista que pare la película y la rebobine. Que la vuelva a poner en el punto donde han comenzado los silbidos”. Ahora el que subía los escalones de tres en tres era yo, pero hacia la cabina del proyeccionista. Mientras, en la sala, Adolfo daba una serie de pautas de comportamiento que había que tener para ver una película. Sobre todo, y por respeto a la obra que se estaba viendo, el filme había que verlo en silencio. Como a él le gusta decir: “en el cine hay que estar como en misa, en silencio”. No le falta razón, porque en cierta forma para Adolfo el cine ha sido como una religión.

A continuación, comentó a los asistentes que iba a volver a pasar la película desde el punto donde había comenzado el jaleo y que se guardara silencio. Si no, volvería a parar la proyección y repetiría la acción. Las veces que fuera necesario, hasta que el beso se contemplara en silencio, como el resto de la película, por respeto a la obra. Las mismas carreras de subir los escalones se repitieron en tres ocasiones, con la consiguiente charla. Al final, al cuarto pase del beso, los jóvenes varones adolescentes contemplaron el apasionamiento de los personajes en silencio y parece ser que comprendieron la forma de estar en una sala de cine... para toda una vida.

Curiosamente, en otra ocasión, supongo que con un grupo asistente más díscolo y con Adolfo menos paciente, la sesión de cine se suspendió en una escena similar y los alumnos se quedaron con las ganas de ver el final de la película... Aunque quizá aprendieron algo y en otras ocasiones se ahorraron el “nanino, nanino” para otros lugares fuera de una sala de cine.

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“2001, la odisea de una lectura”

La segunda historia que quiero resaltar coincide con la reposición, en España, de 2001, una odisea del espacio. Adolfo, me llevó a verla al cine Tyris de Valencia, una de las salas más punteras por aquellos años setenta, con pantalla panorámica en Vistarama y sonido de última tecnología. Yo, por aquel entonces, seguía siendo un chaval, aunque un poco más mayorcito que en el relato de “nanino, nanino”.

adolfo_2001.jpgLa verdad es que a la salida del cine estaba desconcertado. No entendí casi nada de la película que habíamos presenciado y, además, tenía ciertos síntomas de aburrimiento. Así que Adolfo se puso manos a la obra. Por toda la Avenida del Antic Regne de Valencia, arriba y abajo, comenzó a explicarme la historia que habíamos visto. Su exposición también me desconcertó, tengo que reconocerlo, pero hilando cabos había alguna conexión bastante directa entre lo que yo había visualizado y la segunda lectura que Adolfo quería transmitirme. Llegué a casa con el pensamiento de que el cine era más complejo que la simple visión de las imágenes. Ese día siempre digo que se me planteó el dilema entre odiar o querer el cine... y me quedé con la segunda opción.

Así que gracias, papi, por tus enseñanzas cinematográficas.

Doffo

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