HORROR Y CHOCOLATE (Manolo Rodríguez)

  27 Julio 2008

Me van ustedes a permitir que, aprovechando la ocasión que se me ofrece, presuma un poco de la amistad que me une con Adolfo. Esta amistad surgió cuando le conocí, hace ya más de treinta años, en el instituto de Ciudad Rodrigo, recién terminada mi carrera universitaria. Los vínculos que nos unen son, sin embargo muy anteriores, tanto que hunden sus raíces en el territorio lejano de la infancia. Les contaré por qué.

Yo soy de Salamanca, como Adolfo, y uno de los recuerdos más sugestivos de mi niñez es el de una fábrica de chocolate que había muy cerca de la Plaza Mayor, no lejos de mi casa. De aquel lugar, que en mi memoria sobrevive ya bastante desdibujado, yo recuerdo el olor y, sobre todo, el ruido: el traqueteo de aquellas plataformas sobre las que temblaba el chocolate. Cientos o acaso miles de tabletas estaban allí latiendo a todas horas, como si estuvieran vivas: taca taca, taca taca, taca taca...

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¡Qué quieren que les diga! Yo era un niño de posguerra y aquello era una fábrica de chocolate. ¿Cabe imaginar una combinación más excitante? “Así que aquí es donde nace el chocolate”, pensaba yo. “Este es el origen de todo lo demás”. La verdad, no creo que el descubrimiento de las fuentes del Nilo me hubiera producido una emoción mayor, así que ustedes comprenderán que la puerta de aquella fábrica acabara convirtiéndose, dentro de la modesta mitología de mi infancia, en la puerta del Paraíso.

Un paraíso, eso sí, vedado, como todos los paraísos, y también un tanto enigmático porque yo diría que nunca llegué a ver a nadie en él. Todo era muy extraño. ¿Quién movía los hilos de aquel tinglado palpitante? ¿De dónde procedía el misterioso impulso que lo mantenía vivo? Y, sobre todo, ¿quién era su beneficiario?, ¿quién era la criatura afortunada que, al terminar el día, recogía los frutos de aquella espléndida cosecha?

Entonces, y durante muchos años, no lo supe, pero ahora sí que se lo puedo revelar a ustedes: era Adolfo. Ni más ni menos. Adolfo Bellido. Él era el invisible poblador de aquel edén que yo sólo podía atisbar desde la calle. Lo que son las cosas. Yo, hijo de un ferroviario, no recibí del cielo ninguna distinción, salvo, quizás, algún que otro puñado de humo y carbonilla. Mientras tanto, al otro lado de la plaza, otro niño, llamado a ser mi amigo, crecía inmerso en un océano de chocolate. ¡Qué injusta era la vida!

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Pero hay otro lazo que me une a Adolfo desde los recovecos de la infancia. Se trata –cómo no– de una película: Corazón de piedra. Seguramente ustedes no la han visto, es lo normal. Pues permítanme que les diga que quien no ha visto Corazón de piedra no sabe qué es el horror. De ella yo no podría darles ahora muchos pormenores porque casi lo único que recuerdo es un gigante pavoroso que cuando te miraba ponía un ojo completamente en blanco y convertía los palos en serpientes. A tono con su aspecto, esta criaturita abominable se dedicaba a capturar a la buena gente que atravesaba el bosque y luego les arrancaba el corazón. No sé con qué finalidad lo hacía. Lo único que recuerdo es una pared rocosa, iluminada por antorchas, en la que el ogro iba colgando los corazones de sus víctimas. Pero lo peor de todo era que aquellos órganos, aun estando arrancados de sus cuerpos, seguían latiendo como si estuvieran vivos: plo plo, plo plo, plo plo...

ciudad_rodrigo.jpgNo recuerdo nada más, pero les aseguro que la sola imagen de ese muestrario de corazones sanguinolentos ha perdurado en mi memoria como el arquetipo del horror absoluto. Pues bien, a lo largo de mi vida no he podido compartir con nadie este recuerdo. Al parecer, nadie conoce esta película, cosa que no me explico. ¿Dónde están todos aquellos pardalillos que vieron conmigo Corazón de piedra? No lo sé. Todos han desaparecido, extraviados por las cañerías de la edad adulta. Todos menos Adolfo, claro está. Él sí la vio, y es muy probable que coincidiera alguna vez conmigo, que la vi tres veces. Así que ahora, medio siglo después, puedo imaginármelo perfectamente, sentado cerca de mí, con el pelo raído y las orejas que usábamos en aquella época, absortos y aterrados los dos en la penumbra de un cine lleno de moho y cáscaras de pipas.

Y por qué, se preguntarán ustedes, les estoy contando todo esto. Pues ni más ni menos que para darme el gustazo de decir que yo soy amigo de Adolfo desde siempre, incluso desde antes de que nos conociéramos. Tanto es así que cuando el destino nos hizo coincidir, una vez más, en el instituto de Ciudad Rodrigo, no tuvimos ni que presentarnos. Si habíamos visto juntos Corazón de piedra, si habíamos sobrevivido, bien o mal, a aquella España de horror y chocolate, era evidente que sobraban las palabras.

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Esto fue hace más de treinta años. Casi inmediatamente, casados ya los dos, nos vinimos con nuestras mujeres a Valencia. En esta nueva etapa ¿qué les puedo yo contar de Adolfo que ustedes no conozcan? Porque decir ahora que Adolfo es un sabio y, además, una especie de benefactor del cine es insistir en lo evidente. Por supuesto que lo es. Lo que pasa es que yo a esto estoy tan acostumbrado que ya no me impresiona y, además,  ya no puedo imaginar la vida de otro modo.

Sé que en el mundo hay árboles y ríos y pájaros que cantan. Y también sé que hay un señor, llamado Adolfo, que lo sabe todo sobre cine. No veo qué tiene de sorprendente. El mundo es así. Y de la misma manera que todos sabemos qué hay que hacer cuando se  necesita una barra de pan o una aspirina, todos sabemos qué hay que hacer cuando se necesita una película, un dato, una opinión: llamar a Adolfo. Y Adolfo nunca falla, así que no veo dónde está el misterio.

17-simpre_flote.jpgA decir verdad, lo que a mí siempre me ha admirado de este hombre es que sepa química. Eso sí que tiene mérito. Es como si te enteraras de que el pájaro que canta en la rama, además, en sus ratos libres hace relojes. Eso sí que sería gordo de verdad. Pues así es Adolfo. Por lo demás, bueno, tiene sus cosas, algunas tan extravagantes o más que lo de la química, pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto.

Está lo de la playa, por ejemplo. Confieso que la primera vez que le vi, en pleno verano, tomar el sol con aquellos calcetines negros me sorprendió bastante. Pero es que entonces éramos muy jóvenes. Ahora ya no me sorprende. Es más: puedo hacerlo yo mismo.  

A estas alturas de la vida, nada humano me es ajeno. Y menos Adolfo. Pues de esto es de lo que hablamos él y yo últimamente. Ya no hablamos de cine, hablamos de la vida: de la cantidad de vida que ganamos y, también, de la cantidad de vida que perdimos viendo cine. Porque –ahora nos damos cuenta– nadie puede repicar y estar en la procesión. Además, nunca acabamos de saber qué es lo más  importante.

bergman.jpgAntes creíamos que una buena película era más verdadera y luminosa que la vida, pero ahora ya no estamos seguros. Por un lado, la realidad, el tiempo, son tan implacables que no admiten metáforas ni intérpretes. “Envejecer, morir” –decía Gil de Biedma–, “es el único argumento de la obra”. Pero, por otro lado, necesitamos agarrarnos a un guión, el que sea, que le dé sentido. Y en ésas estamos. Hace tiempo que Adolfo y yo sólo hablamos de estas cosas. Creo que llevamos ya años repitiendo, él desde su perspectiva y yo desde la mía, una conversación que es siempre la misma. Igual que los primates, en los documentales, se despiojan unos a otros en un parsimonioso ritual que contribuye a reforzar la cohesión del grupo, así Adolfo y yo nos vemos de vez en cuando y retomamos, ceremoniosamente, una conversación que ya empieza a sonar como una interminable letanía. Ya digo: es como si nos quitáramos los bichos. No sirve para nada, no nos da luces ni certezas de ninguna clase. Yo creo que se trata únicamente de comprobar que seguimos ahí y que, más allá de crisis y de euforias, somos los mismos y la manada se mantiene unida.

Hace unas semanas tuvimos uno de esos encuentros rituales. Hablamos de lo de siempre. Adolfo estaba un tanto decaído y yo hice lo posible por arrancarle ciertos parásitos que últimamente le zahieren sin descanso. Me refiero, claro está, a los parásitos existenciales, a los que se nos clavan en el alma, que son los peores. Así que, entre pulgas y chinches, se nos fue la mañana. Todo, ya digo, como en los documentales.

Todo, salvo una cosa que no estaba prevista en el guión. Y es que a Adolfo, cuando ya terminábamos de desparasitarnos, se le ocurrió decir unas palabras que casi me da vergüenza repetir. Esto fue lo que dijo: “Gracias, Manolo, por tu amistad”. Parece una tontería, pero yo no supe qué contestar. Aquello era tan insólito, casi diría tan conmovedor... Yo creo que entre amigos hay un acuerdo tácito según el cual la amistad es algo que se sabe, pero no se dice. Que Adolfo lo dijera rompía de tal manera las reglas del juego que yo no supe qué responder. Pero es que, además, era profundamente injusto, porque Adolfo siempre me ha dado a mí mucho más de lo que yo le haya podido dar a él. Su sentido de la amistad, su lealtad como amigo, son absolutamente incomparables. Adolfo, como el árbol o el río, siempre está ahí. Todos los que presumimos de ser amigos suyos sabemos que Adolfo no nos ha fallado nunca. ¿Podría él decir lo mismo de nosotros? Me temo que no. Con Adolfo todos estamos en falta. Pues he aquí que este hombre, que se ha pasado la vida dando hasta la última gota de sí mismo, hasta vaciarse, ahora tiene sus dudas y se pregunta qué ha sido su vida, qué ha hecho, qué no ha hecho, si ha merecido la pena, si ha dado algo suyo a los demás...

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En fin, qué les voy a contar, yo creo que eso le viene porque vio mucho Bergman desde muy pequeño. Son los estragos del cine-club. Pero, a lo que iba, el caso es que ahí le tienen, que parece que se lo van a comer los bichos y todavía va y te da las gracias.

Pues no, Adolfo, eso ahora no te lo voy a consentir. No debí permitírtelo cuando me lo dijiste el otro día. Me cogiste descolocado, pero ahora no. Al menos, que esta ocasión sirva para poner las cosas en su sitio. Tranquilo, Adolfo, tranquilo, dispón de tus amigos, que para eso estamos, pero no nos des las gracias porque no nos debes nada. En todo caso, es al revés. Yo, al menos, tengo muy presente cuánto debo a tu generosidad y hombría de bien, así que déjame que, por una vez, yo también rompa la barrera del pudor y te diga lo que no acerté a decirte en su momento: gracias, Adolfo.

Gracias por tu amistad, que sé que no merezco. Gracias.

Manolo Rodríguez

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