CON LA MUERTE EN LOS TALONES (Alan Smithee)

  11 Julio 2008

Adiós a las armas (Frank Borzage, 1932)
3-hitch.jpgPor respeto a los originales, es menester dejar en el tintero los signos de interrogación y abandonar al título a su suerte, permitiéndole que refleje una cruel afirmación en lugar de sembrar cierta duda razonable. Nuestro Gary Cooper amenaza con batirse en retirada al final de cada trimestre y dejar a su ejército de gacetilleros (entiendan el término en su dimensión peyorativa) huérfanos de debate y perdidos en una realidad infinitamente peor construida que la más terrible de las ficciones. Desamparados, no tendríamos a quien importunar en nuestras reuniones, ni podríamos contemplar esos enternecedores asesinatos ortográficos en todas y cada una de las amenazas electrónicas que se hacinan en nuestros correos para que cumplamos con lo previsto. Sin tu mano firme, Adolfo, algún insensato podría atreverse a decir que Lars Von Trier es un genio o que Amarcord huele a podrido... ¡Por Dios! Como dice George W. Bush: hasta la libertad tiene un límite. Si alguien quiere blasfemar, que escriba en publicaciones en las que le paguen por ello: la injuria se paga, cada vez más... (y si no me creen, pongan la televisión).

Brokeback mountain (Ang Lee, 2005)
4-brokeback.jpgLa última polémica. ¿La obra maestra de 2006? ¿Ang Lee vuelve por la senda de La tormenta de hielo? La mayoría de los medios se ha deshecho en elogios; los cronistas han embadurnado de melaza sus columnas y la academia ha cambiado la alfombra roja por una multicolor. Como dijo Pasolini mientras rodaba Saló: “a mí el cine me la suda” (y cuantas otras cosas más, ¿eh, Pier Paolo?) Así que, apuntándome al carro del director italiano, y juzgando una película sin haberla visto (algo habitual, tampoco se extrañen) afirmo que: si la última película de Ang Lee fuera española la habría dirigido un león alérgico a las peluquerías al que le gustan la fábulas, bien versión la cigarra y la hormiga, bien cuento de hadas con princesas al fondo. Y ustedes, a estas alturas, se preguntarán: ¿y qué tiene que ver esto con el susodicho hombre sobre el cual debiera ir dirigido ese escrito? Pues mucho: este nuestro director, alistado tiempo atrás en las filas de la incorrección, ha puesto de vuelta y media al tan cacareado filme, dando un nuevo paso adelante en su cruzada por ganarse la animadversión de todos los colectivos, sin importar su condición, y, al tiempo, reafirmar la independencia de nuestra publicación digital que, vista la coyuntura, tendrá que constituirse en ONG si quiere que el trasvase del euro sea una realidad.
Como pueden comprobar, esta letanía no tiene ningún afán de trascendencia, pues habla de películas recientes que, pongamos en 2020, ya nadie recordará: por aquellas fechas los cines serán videoconsolas gigantes y Alone in the dark y Resident evil las obras maestras del nuevo milenio. ¡El cine ha muerto, viva Sony!

Coleccionista, El (William Wyler, 1965)
El coleccionista sajón ponía nombre a todas sus mariposas; el nuestro tendrá que alquilarle un apartamento en primera línea de especulación marina a su mujer si quiere que los deuvedés puedan gozar del espacio vital que les corresponde. Socio de honor de la FNAC y cliente VIP del Corte Inglés, este salmantino de pro ha cosificado la paradoja de vender su alma al cine a base de comprarlo. En su caso, lo justo hubiera sido asaltar las gasolineras en busca de ediciones pirata de las caras B del gran –y esto no es ironía– Rafael Farina.

Desmontando a Harry (Woody Allen, 1997)
5-harry.jpgDesde luego, a la hora de desmontar no hay quien le gane, y que conste que estas líneas no pretenden hablar de nada relacionado con la informática. Hablamos de cine. Si quieren seguir contando con él en su nómina de amigos, no le dejen leer ningún guión. Si han hecho alguna película: no la estrenen en España, o al menos en Valencia y alrededores. Si la ve, olvídense de su futuro en el mundo del cine: donde pone el ojo encuentra el error (personajes, estructura, nada se le resiste). A no ser... a no ser que, de verdad, sea buena. Algo improbable, teniendo en cuenta que en esta España de Torrentes y Aranoas, más desmembrada que nunca, lo único que se salva son los documentales de Joaquim Jordá (para colmo de males, un catalán... esos bin-ladenes del norte, ¿eh, Eduardín?)

En bandeja de plata (Billy Wilder, 1966)
¿Un homenaje...? Cuando Adolfo se enteró, le temblaron las piernas. Estos cabrones me quieren retirar. Se veía –como su admirado Blake Edwards– recogiendo su Oscar en silla de ruedas. Tranquilo ‘viejo’, visto lo visto, y aunque no haya mucho que ver, te queda cuerda para rato; así que este reconocimiento, servido en bandeja de plata –qué menos-, tan sólo es una parada más en tu viaje por el cine. De esto no se retira nadie.

Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966)
No sólo de cine vive el hombre. También están los libros. Sobre todo si hablan de cine (una recomendación suya que les traspaso: Algo que ver con la muerte, sobre un tal Leone). Como en las películas, tampoco deja títere con cabeza en cuanto a literatura se refiere: si Cameron Crowe le conociese hubiera dejado la literatura y, seguramente, también lo de hacer películas.

Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972)
2-bergman.jpgPrimer miércoles de mes. Siete o siete y media de la tarde. Individuos presentes: variable. Elementos inalterables: el boss y un hombre que lanza sarcasmos desde de detrás de una barba (tal vez el hombre esté muerto y sea su apéndice velloso el que hable; a día de hoy sigue siendo un misterio sin resolver). El ‘dire’ pide orden (nota mental: en las revistas no funciona la democracia, si tienen que elegir un cargo, sean directores), todo el mundo asiente, y los temas del día se ponen sobre la mesa, y se debate. Un metáfora en toda regla: decir que una cosa es otra. La verdad es que: el ‘dire’ pide orden y dos individuos se intercambian películas de un modo intelectual (el receptor se sitúa en posición ‘pensador de Rodin’ mientras el otro le comenta en qué año se rompió la uña el director de la segunda unidad, un surcoreano que promete mucho); otros dos hablan de lo malo que es un entrenador con nombre de circo y apellido de país que sólo es noticia en Eurovisión; y otros dos miran por la ventana del Ateneo (las reuniones en el Rialto tienen menos atractivo) si pasa alguna Venus amante de los cinturones largos o las faldas cortas. Por encima de los irreverentes susurros se alzan los gritos de un jefe que, le pese a quien le pese, va aprobando los puntos del día por unanimidad (que para algo manda, ¡coño!)

Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1968)
Qué conste que esto no es un epitafio. Hablo de una de las muchas pasiones cinéfilas de nuestro protagonista: Sergio Leone. Aunque tuvo que verla dos veces para dar cuenta de los vaivenes argumentales, sigue prendado de esa primera secuencia dilatada hasta la exasperación, en la que la banda sonora la construyen los personajes y todo esta perfectamente medido. Henry Fonda, Charles Bronson, Jason Robards, Clauda Cardinale y, cómo no, Ennio Morricone. Nos la regaló a toda la redacción: acabó con las existencias de unos grandes almacenes y ahora ya no le dejan comprar por unidades: compra al peso.

Inseparables (David Cronenberg, 1988)
En estos tiempos en los que cualquier mochila es señal de alarma, el ‘dire’ sigue portando su viejo maletín negro. La gabardina de Harpo Marx es un almacén ridículo al lado de este baúl disfrazado de corriente valija. Sólo espero que su memoria, dedicada en exclusiva a retener datos cinematográficos, no le juegue una mala pasada y permita que lo deje olvidado en cualquier parte. Un aluvión de GEOS podrían personarse en su casa y no es plan.

Jungla de asfalto, La (John Huston, 1951)
Su ciudad, aunque viva en Valencia, sigue siendo Salamanca, para bien y para mal. Y aunque no hable demasiado de ella, su relación amor-odio con la tierra natal aflora súbitamente. Y si algún fotograma de Octavia le viene a la mente, aún más...

King Kong (Ernest B. Shoedsack & Merian C. Cooper, 1933)
Pocas veces alaba los tan habituales remakes (ahora mismo no recuerdo que lo haya hecho alguna vez). Siempre prefiere los originales, supongo que porque oír lo mismo dos veces agota y te hace perder tiempo. En cuanto al nuevo coloso de Peter Jackson no hemos cruzado palabra alguna, sólo recuerdo que cuando empezó la operación Señor de los anillos empezó a echar de menos las películas de aventuras de Michael Curtiz con Errol Flynn.

Lost in translation (Soffia Coppola, 2004)
5-lost.jpgLas películas en V.O., subtitulaciones extrañas y hasta diálogos inventados son algunos de los blancos preferidos de Con la muerte en los talones. Tirando de hemeroteca aflora aquel en que –y es que hay títulos que andan provocando– Bill Murray le susurraba algo a la excepcional, en todos los sentidos, Scarlett Johansson en la versión original de Lost in translation; mientras que en la doblada, un intérprete licenciado en Hermenéutica Paranormal, la atribuía al actor de Atrapado en el tiempo, la frase: “eres lo mejor que me ha pasado en la vida”. Menos mal que no era fan de Chiquito de Calzada.

Marcelino, pan y vino (Ladislao Vajda, 1955)
Es su gran aspiración. Conseguir que se haga un especial sobre Ladislao Vajda. Este es el único momento de las reuniones en los que los redactores atienden y votan. Llevamos más de dos años realizando el referéndum y el NO siempre se impone. ¿Qué demonios pasa con Vajda? ¿No gustan El Cebo o Mi tio Jacinto? Pero si Vajda no es catalán, ni vasco..... ay, ay, ay... será por lo de llamar a las urnas. Jefe, a-menizese y de rienda suelta a sus delirios de autoridad... además, ¿desde cuando los medios de comunicación son democráticos?, ¿podrán echar a Televisión Española de esta nuestra comunidad y no podremos nosotros dedicar un número a Vajda? Vamos anda...

Naranja mecánica, La (Stanley Kubrick, 1971)
No somos la selección holandesa del 74, pero el trío que se dedica a redactar esta sección es una máquina muy bien engrasada (cierto que ahora estamos teniendo algunos problemas de coordinación que se subsanarán en breve). Como el Alex de Large de la película, los tres tenemos los motores pasados de revoluciones, pero de no ser así ¿cómo hacer frente a la actualidad del cine?

Obssession (Brian De Palma, 1976)
7-palma.jpgEs cierto que el título en español era Fascinación, pero las circunstancias y la conveniencia obligan a retomar el nombre original de este ejercicio de estilo –uno de los mejores– de De Palma. Y es que lo del boss por el cine no es amor, como rezaba un gran éxito veraniego de grupo suramericano con ínfulas de sintonía de culebrón, es una obsesión. Ni la desaparición de las grandes salas, ni la conversión de los viejos nickelodeones en cabinas pornográficas (el 90% del cine que nos ofrecen es, directamente, obsceno), ni las pésimas condiciones de proyección, ni los excesos con el dolby... nada de ello ha conseguido que este talibán del celuloide se acerque, día tras día, a esos cubiles oscuros en los que, muy de vez en cuando, aparece una serie de fotogramas decentes que llevarse a los ojos.

Padrino, El (Francis Ford Coppola, 1972)
Ciertamente, lo es. Póngome almibarero o amenabaril. Lo es porque creó un espacio en el que se pudiera ejercer una crítica libre, sin ataduras comerciales ni tejemanejes publicitarios. Lo es porque cedió ese espacio a gente que, de otra manera, no hubiera podido sacar a luz sus conocimientos (mayores o menores, eso, desgraciadamente, depende de cada cual) sobre cine. Lo es porque jamás impone una visión de las cosas y prefiere que aparezcan, por ejemplo, dos críticas opuestas sobre un mismo filme, antes de primar una óptica determinada. Lo es, porque insiste en que, pase lo que pase, no abandonemos la nave. Para ser un Padrino perfecto, sólo le falta hacerle una oferta a un sponsor ‘que no pueda rechazar’, aunque, y mucho más en este caso, el dinero no lo es todo. En cuanto a posibles anunciantes –siempre ajenos al mundo del cine– ver el que se colocan detrás de sus equipajes los integrantes de los Bears en la vitriólica Una pandilla de pelotas (Richard Linklater, 2005).
 
Quinteto de la muerte, El (Alexander Mackendrick, 1955)
A los más jóvenes nos ha hecho hurgar en el pozo del clasicismo para recuperar pequeñas joyas demasiado olvidadas que, y el tiempo da la razón, han de servir para que, en el futuro, los nuevos alquimistas del cine no nos den gato por liebre. Esta película, como tantas otras de la Ealing, del gran pero poco prolífico Mackendrick, fue un descubrimiento para aquellos que nacieron con sobredosis televisva de Chuache, Seagal y Van Damme (qué le vamos a hacer).

Rojo (Krysztof Kieslowski, 1994)
Alejar el cine de la política, al menos para el que esto firma, siempre fue de derechas. Por eso, aunque algunos se muestren reticentes, las editoriales del boss en momentos puntuales han sido recibidas como una muestra de que el cine no es un constructo ajeno a la realidad. Aquellos que esconden sus ideas detrás de una mascarada de indiferencia vilipendiarán la necesaria contaminación de disciplinas: ojalá las actitudes insobornables se apropiaran de todos los ámbitos, ¡cuánto mejor nos iría!

Seducción del caos, La (Basilio Martín Patino, 1990)
8-seduccion.jpgEl desorden ordenado, la anarquía controlada... llámenlo como quieran, pero lo cierto es que desde su pensamiento hasta su maletín, pasando por el móvil, todo esta orquestado según la teoría del caos. Nada está donde debería, pero acaba apareciendo. Determinadas cosas dormitan en el olvido, pero siempre hay un eufemismo que nos puede hacer recordar (inolvidables los títulos de algunas películas tras pasar por el filtro de la desmemoria adolfina). Aunque a los más cercanos seguro les exasperará, desde fuera, la contemplación de este modo de proceder sólo puede recibir el calificativo de entrañable.

Te querré siempre (Roberto Rossellini, 1953)
Una de las grandes guerras por librar, y que seguimos perdiendo batalla a batalla, título a título, es la de la traducción de los nombres originales de las películas. A pesar de algunas traducciones afortunadas (la canónica Centauros del desierto) hay otras que claman al cielo, y el jefe, siempre con el punto de mira encarando al objetivo, no duda en señalar la falta y denunciar el delito. Después de ver los Brokebacks Mountains pensarán que este Te querré siempre es una explicita declaración de intenciones: pues no, el título sale a colación porque su nomenclatura original era Viaggio in Italia. Seguramente, el encargado de convertir el nombre estudió semiótica profunda por telégrafo en la Universidad de Georgetown.

Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990)
9-uno.jpguando uno entra a formar parte de esta perversa asociación que es Encadenados ya no tiene escapatoria. Desde el primer día te agreden con opiniones –siempre bien fundamentadas– sobre películas que nadie jamás osaría pensar que pueden ser formuladas. Se devanan los sesos con detalles que el 90% de los espectadores apenas perciben (para este tipo de ejercicios son fantásticas las películas con giro(s) de guión en el último tercio como –me persigno– El sexto sentido), cuestionan hasta la última acción de los personajes o la adecuación de los diálogos a la situación... Desde que uno entra en el clan tiene que aprender a defenderse y demostrar, si pretende sobrevivir siendo uno de los suyos, por qué Yo hice a Roque III o Los bingueros merecen en estar en el Olimpo de las obras cumbre del cine patrio.

Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)
De un día para otro, tu cuenta de correo ha sufrido un empacho de advertencias del boss. Faltan tus críticas, los artículos no han llegado y tenemos que salir mañana. Son las semanas del vértigo. Al final, la situación nos supera y en lugar de aparecer cada mes lo hacemos cada trimestre. Jefe, don’t worry, lo bueno tiene que cumplir el imperativo de hacerse esperar (también es cierto que lo malo debería hacerse esperar eternamente... y a veces no sabemos dónde estamos).

W (Richard Quine, 1974)
Viva el IMDB. Sí señores, en las postrimerías de su carrera el director de La misteriosa dama de negro, realizó un filme con este título que viene como anillo al dedo para ir cerrando este particular abecedario. Y es que Quine, como Edwards, es uno de los ‘comediantes’ favoritos del dire... compréndanlo, hay que hacer concesiones a la galería.

X-men (Brian Singer, 2000)
9-xmen.jpgComo todo mutante que se precie, bajo su apariencia de profesor de física encorvado sobre su espalda de alambre hay una alimaña voraz, capaz de engullir varias películas a la semana (creo que en sus años mozos vivía en un cine). Los mutantes suelen transmitir su variación genética a los descendientes: en este caso dicha parte les ha tocado tanto a los biológicos como a los, con perdón, putativos, entre los que me cuento.

Yojimbo (Akira Kurosawa, 1961)
Sanjuro Kuwabatake (Toshiro Mifune) iba de banda en banda, buscando el mejor postor. Nosotros, que no tenemos postor y somos una banda, tratamos de pasarlo lo mejor posible viendo películas como ésta o como los remakes realizados por Leone o (un poco menos) Walter Hill.

Zatoichi (Takeshi Kitano, 2003)
Qué nadie piense que no da su brazo a torcer. Alguna vez, después de una sobredosis de cafeína, hemos conseguido (uno sólo sería imposible) que su opinión cambie. Recuerdo el día que llegó despotricando de Zatoichi, fiel a su método de las puntaciones, que en realidad sirve para poco, sobre todo cuando uno procede a explicarse, pero cuyo carácter aproximativo hace que nos entendamos. Al final, cuando se agotaron las existencias importadas por el señor Juan Valdés y alguno deseaba iniciarse en la probatura de algún nuevo estupefaciente, a poder ser ilegal, el boss transigió. En el fondo, disfruta rebatiendo otros puntos de vista... sabe que sin diversidad de opiniones esto sería un trabajo (afición) más aburrido que un filme de Peter Greenaway.

Alan Smithee

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