CELEBRACIÓN (Daniela T. Montoya)

  22 Junio 2008

Confesiones de una mente peligrosa

daniela.jpgCuando el redactor jefe de Encadenados me propuso escribir unas pocas palabras para cumplimentar el homenaje que se merece Adolfo, lo cierto es que en un primer momento se me planteó la contradicción entre cumplir con el encargo y brindarle una pequeña reverencia escrita al “jefe” o, por contra, renunciar al encargo y ser fiel a  su manifiesta repulsa (¿o más bien será modestia?) hacia los eventos públicos de agradecimiento compartido. Obviamente, me atengo a las consecuencias que pueda acarrear mi acto de necesaria traición.

No hace mucho tiempo que conozco a Adolfo, pero sí creo que es el suficiente para percibir su aliento en el trabajo diario. Por eso, quizás no sea yo la persona indicada para alabar la ardua tarea que a lo largo de las últimas décadas ha desarrollado incitando, sobretodo a los más jóvenes, a desarrollar una visión crítica del cine, pero de lo que sí puedo hablar es del entusiasmo contagioso y del empujoncito anímico que logra transmitir cada vez que hace acto de presencia.

Ya desde el primer contacto que tuvimos en persona, con excusa de un encuentro alrededor de la mesa de un restaurante de Madrid, llamaba la atención el incansable trajín de ideas que se cruzaban por su cabeza. Había muchas cosas que comentar y el tiempo era escaso. Aún así, rápidamente él tomó las riendas para dirigirse hacia los puntos básicos que no podían quedar en el tintero. Como no podía esperarse menos de un hombre de ciencia, supo improvisar el orden dentro del caos aparente sin, por ello, tener que imponerse a los demás. Bien al contrario, siempre dispuesto a buscar alternativas y a alentar disidencias con las que, cortésmente, confrontar su posición.

Y es que, como he podido comprobar con posterioridad, constantemente está al acecho de poder entablar un diálogo que le lleve a contrastar, corroborar o desechar sus puntos de vista, cual niño que aún no está seguro de comprender lo que tiene ante sí y acaba por espetar su ya típica pregunta: “¿y tu qué opinas de esto?”. Un diálogo que le (nos) sirve para buscar bosquejos de certeza a la vez que se afianzan vínculos personales. Je, je, je, con elegancia Adolfo consigue encadenar al personal...

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Tenaz en sus objetivos, consigue transmitir a los que le rodean su pasión (en el caso que nos une) por el mundo del cine. Además, siempre está incentivando a los que tiene alrededor para que, pasito a pasito, vayamos trabajando para tirar hacia delante un proyecto común. Sin descanso, subiendo el listón poco a poco, pero respetando las posibilidades de cada uno y sin apabullar, al final consigue que demos lo mejor de cada uno.  

No es de extrañar pues que, por ejemplo en este último año, nos hayamos incorporado a su pequeña “creación” cinéfila llamada Encadenados unos cuantos nuevos voluntarios que, dejándonos influir por sus disquisiciones y sugerencias, estamos dispuestos a seguir sus pasos si bien, a veces, haya que lidiar con su tozudez.

Y es que, a pesar de las divergencias en los modos de ver, es una satisfacción encontrarse con alguien que, como Adolfo, es capaz no sólo de exponer sin doctrina sus vastos conocimientos sobre el cine y el mundo en general, sino también se ofrece a escuchar con atención lo que los demás tengamos que decir.

Llegados a este punto, tan sólo queda esperar que Adolfo sea fiel a su espíritu afable, haga gala de su conocida amabilidad y se resigne a aceptar con diligencia nuestro homenaje al conjunto de su trabajo y, muy especialmente, nuestro agradecimiento personal por poder gozar de su compañía.

Sin más que añadir a semejante muestra de deslealtad, tan sólo queda por solicitar el indulto final.

Daniela T. Montoya

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