AQUELLAS JUERGAS UNIVERSITARIAS (Juan Francisco Álvarez)

  17 Mayo 2008

Del colegio universitario a la revista digital

Hacia las postrimerías de 1991, yo me encontraba estudiando mi carrera de Ciencias Químicas en Valencia (bueno, realmente en Burjassot, pero era en Valencia donde vivía y hacía mi vida social). Residía en el Colegio Mayor Universitario Santiago Apóstol, un mayor situado en la Calle Comedias actualmente desaparecido, donde con casi un centenar de colegiales y colegialas, compartíamos algo más que un edificio. Como todo colegio mayor, contaba con una serie de actividades lúdicas, culturales y de tipo social, entre las que no faltaban iniciativas de lo más variadas y plurales. En él se habían desarrollado todo tipo de actos (incluso algún concierto clandestino de Raimon allá por el 68) y de él salió la prestigiosa coral universitaria Santyago.

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Por aquellos años en los que tuve la suerte de convivir en el Santiago Apóstol, el colegio estaba dirigido por Juan Cerezo Floro, un sacerdote que compaginaba su parroquia y colegio de La Anunciación, en la Avenida del Puerto, con la de tener que controlar a unos universitarios venidos de todas partes de la Comunidad Valenciana e incluso de más allá (Baleares, Castilla la Mancha, Aragón, Murcia, etc.).

Entre aquellos colegiales que convivíamos en la calle Comedias de Valencia, surgió la idea de montar una especie de cine-club. Éramos varios los amantes del séptimo arte que dormíamos bajo el mismo techo, íbamos a las salas de cine en grupo a ver los últimos estrenos, frecuentábamos la sala de televisión del colegio mayor siempre que algún canal de televisión se dignase a programar una buena película, o comentábamos en los pasillos, habitaciones e incluso en nuestras comidas y cenas, las últimas películas que habíamos visto.

Sin embargo, toda nuestra afición no iba más allá de lo que veíamos con nuestros ojos, no concebíamos más que las imágenes que contemplábamos y que tragábamos compulsivamente y sin sentido. Fue gracias a nuestro director, Juan Cerezo (quien había coincidido con Adolfo en su etapa en Cheste), que con muy buen criterio pensó en él para que pudiera enseñarnos a mirar de otra forma el cine, a ir más allá que ser simples devoradores de imágenes y a ayudarnos a realizar ejercicios de reflexión, conocimiento y análisis del cine.

Recuerdo que fue un día gris, con lluvia intermitente, cuando conocí a Adolfo. Bajo esa lluvia que caía sobre Valencia, nos desplazamos Juan Cerezo y un servidor al Centro de Profesores, CEP (por aquella época se llamaba así el actual CEFIRE) de Valencia. Allí nos esperaba un receptivo y humilde hombre castellano. Mi primera impresión, el tiempo me ha dado la razón, al verle y oírle hablar con su acento salmantino, ese auténtico castellano de libro, fue inmediatamente que aquel hombre rebosaba bondad y sabiduría por partes iguales. Juan Cerezo y él, intercambiaron recuerdos de sus añorados años en Cheste, y a uno por aquel entonces y más aún después, no se le ocurría otra cosa que envidiarles por no haber podido vivir aquellos años con ellos y toda la trouppe de la época: Sabín, Alberola, Tormo...

Juan Cerezo le planteó la cuestión de una manera muy sencilla a Adolfo. Más o menos, lo que vino a decirle fue: “Unos chavales universitarios te necesitan, buscamos a alguien que les abra los ojos y no hay nadie mejor que tú”. Adolfo titubeó, su humildad y sencillez no le dejaban aceptar tal propuesta y contestó con un “sí quiero, pero no puedo”, argumentándolo en su excesiva ocupación por aquellos tiempos. Pero Adolfo sabía que no podía decir que no, y no porque estuviese en deuda con Juan Cerezo, ni por los viejos tiempos, ni nada de lo que típicamente se suele argumentar, sino porqué enseñar y transmitir, y máxime a jóvenes universitarios, era, es y seguirá siendo su pasión.

Así que dadas las ocupaciones varias de Adolfo, acordamos entre los tres, que un servidor ejercería labores de codirector del Seminario de Cine del Colegio Mayor Santiago Apóstol junto con Adolfo, y mientras que yo pasaría los títulos que acordásemos en el video del colegio un día a la semana, Adolfo acudiría el mismo día de la semana siguiente para establecer un coloquio con l@s colegial@s. Para acordar los títulos, pormenores del proyecto y demás coordinación entre ambos, Adolfo y yo nos reuniríamos de vez en cuando para ir realizando un seguimiento del seminario.

Por todo ello, a este primer encuentro con Adolfo, le seguirían otros muchos, cada uno de ellos más largo y provechoso hacia mi persona. En aquella época de joven universitario, para mí hablar con Adolfo era aprender y despertar un poco más cada día, madurar e ir formándome no sólo en el arte cinematográfico, sino también como persona. Adolfo supuso en mí un modelo, un ejemplo a seguir. Sus opiniones y comentarios no sólo lograron cambiarme sino que yo creo que lo hizo con todos nosotros, todos aquellos colegiales que tuvieron a bien asistir sistemáticamente todas las semanas a las charlas con Adolfo, a los pases de las películas que luego nos descubriría casi fotograma a fotograma.

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El libro de las sombras

En uno de nuestros encuentros, Adolfo tuvo a bien de obsequiarme con tres ejemplares de la revista Encadenados. Me dijo que ya no se editaba y que no había forma posible de obtener más. Yo, no simplemente me leí de principio a fin cada uno de ellos, sino que los guardo como oro en paño. En ellos, y aunque por aquel entonces no los conocía, aparecían los nombres de Sabín, Carlos Alberola, Marcial Moreno, etc. y aunque a alguno sigo sin conocerlo, mi respeto y admiración por su trabajo va en aumento.

Inicialmente el seminario estaba pensado para un número limitado de personas, pues entre otros motivos, el mismo día y hora que teníamos el seminario de cine, había otros seminarios de otra índole con otros colegiales suscritos a ellos. Pero semana a semana, se fue viendo como el número de asistentes de los otros seminarios fue disminuyendo y el de cine fue aumentando. Recuerdo cómo ni el más temido examen de Derecho Romano al día siguiente de una de las sesiones del seminario hizo mella en la asistencia ese día entre los numerosos colegiales estudiantes de derecho... y allí estuvieron todos.

En una sesión del seminario, Adolfo tenía tiempo de aclararnos los aspectos más relevantes de la película que habíamos visualizado la semana anterior, crear un poco de debate entre nosotros y, casi como sin quererlo, llevarnos a hablar del cine actual, sus directores y actores, del cine de siempre, de los clásicos, de los grandes directores, hasta incluso finalizar dándonos su particular punto de vista sobre las películas que podíamos ver en los cines y sus recomendaciones muy personales.

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Aquellas sesiones del seminario tenían lugar entre las diez de la noche y las once y media, pero fue más de un día y más de dos los que Adolfo se marchaba a casa feliz y sonriente, más allá de las doce y media. Y muchos de nosotros seguíamos nuestras conversaciones en las habitaciones del mayor.

Entre los colegiales, las preguntas eran continuas, y Adolfo no es que necesitase cuerda para hablar, sino todo lo contrario. Se le notaba a gusto entre nosotros y a nosotros con él.

Otro de aquellos días inolvidables que siempre mantendré en la memoria, fue el día que nos dio su análisis de las películas de Steven Spielberg, y más concretamente de ET el extraterrestre. A Adolfo le brillaron los ojos, estaba plenamente convencido de lo que decía, derrochaba pasión por lo que decía y lo vivía, pero yo estoy convencido de que aquella noche sus palabras provocaron en todos nosotros un cambio en nuestra forma de ver y mirar en adelante el cine, unas sensaciones que ni el más experimentado director de cine sabría plasmar en una película. Adolfo caló hondo en todos nosotros. Lástima que sus compromisos con el CEP y otros asuntillos que manejaba le impedían cada vez más asistir a nuestro seminario y poco a poco su colaboración se fue diluyendo.

Curso del 92

En el curso siguiente, ya en 1992, el seminario siguió en el Santiago Apóstol, pero ya sin Adolfo, y aunque se notó la ausencia de sus palabras, sus reflexiones, sus recomendaciones... su semilla estaba dando sus frutos, pues entre los colegiales surgieron unos cuantos que supieron impregnar el seminario de ese aire que Adolfo nos había enseñado.

13-diploma_cep.jpgYo también finalicé mis estudios, ya era un químico más, pero con una marcada vocación docente. Es por ello que además de realizar mis pinitos en diferentes centros con sustituciones varias, me acerqué muy frecuentemente por el CEP de Valencia. Yo no quería perder la pista de Adolfo, y por ello, cuando surgía algún curso de formación del profesorado dirigido por él, no perdía ocasión y allí me tenía. Así que Adolfo me tuvo que aguantar en varios cursos que impartió en el CEP de Valencia.

Reconozco que la admiración por Adolfo ya me venía casi desde el primer día que le conocí, pero como ésta había ido en aumento, he comprado y poseo toda las guías prácticas para ver cine que editó en su día Nau Llibres, así como los libros (Basilio Martín Patino, Budd Boetticher, El crepúsculo de los dioses) y las revistas (Nickelodeon) en las que ha escrito.

Nuestra mayor coincidencia en el tiempo y en el espacio se produjo durante este breve tiempo en el que, con mis estudios finalizados y a la expectativa de un empleo, no paraba de invertir mi tiempo en continuar formándome. Y que mejor formación que la que podía recibir de un experto.

Aunque mi vida profesional y personal se trasladó más tarde a Alcoy, siempre que he tenido la oportunidad he querido reencontrarme con mi maestro Adolfo. Y otro verano más, en un nuevo curso de formación del profesorado me tuvo nuevamente de alumno.

También, con el tiempo, tuve la oportunidad de que en el centro en el que imparto clases, se habilitase la materia optativa de Comunicación Audiovisual, y de que yo fuese su profesor. Allí me tenéis, dando clases a mis alumnos, tratando de transmitir con la misma pasión y devoción, aquello que aprendí y sigo aprendiendo de Adolfo. No sé si lo habré hecho igual de bien que él lo hizo conmigo, pero al menos, sigo pensando que aquello que él logró en mí y en tantos otros que han pasado por sus doctrinas, no se va a quedar en el olvido, pues ese amor por el cine, por saber ver y mirar más allá de lo superfluo, va a seguir manifestándose muchas generaciones más.

Mundo futuro

En esta etapa en la que un servidor encontró trabajo como profesor en un centro de Alcoy, me casé y tuve dos hijos, tienen lugar una serie de coincidencias en lo personal con Adolfo que aunque no os lo creáis, son pura casualidad. Mi mujer se llama Elvira, como la de Adolfo, trabajo de profesor de Física y Química y algunos años también lo he hecho de Comunicación Audiovisual, como Adolfo, y aunque a mi hijo no le he puesto Adolfo de nombre, sí que en todo este tiempo, he conocido a Sabín y he seguido con gran admiración toda la obra de Carles Alberola como buen aficionado al teatro que soy, y todo ello sin llegar a percatarme hasta hace bien poco que estos dos son los que firmaban esos artículos de mis tres atesorados ejemplares en papel de la revista Encadenados y que ambos son para Adolfo como sus hijos.

En todo este tiempo en el que al trasladarme a Alcoy, el contacto y el reencuentro con Adolfo había sido tan esporádico, surge una nueva oportunidad, cuando allá por los últimos meses del 2000, en un conocidísimo centro comercial del centro de Valencia, mientras yo estoy curioseando los discos de bandas sonoras, me encuentro a Sabín con la misma actitud y a un paciente Adolfo aguardando que Sabín finalizase sus devaneos por los mostradores de CDs.

De este reencuentro, surge la posibilidad de que nuestra andadura vuelva a ir paralela, ya que paso a colaborar con ellos en la nueva etapa de la revista Encadenados, ésta en su nuevo dominio http://www.encadenados.org/.

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Y para no desmerecer, mi andadura en la revista, ha sido como la de la revista misma, es decir un tanto irregular y sobretodo creo que el más rezagado de todos sus colaboradores. Mister Kaplan es testigo de ello. Igual tienen razón con eso de la frase que me presenta acerca de que debo quitarme los cascos para poder atender a las llamadas que me piden insistentemente mi artículo.

Ahora, la distancia se hace más corta con Internet y las nuevas tecnologías, pero si tengo la oportunidad de vernos en persona, no la dejo escapar y voy allí donde Adolfo esté. Así, en junio de 2005, en la presentación oficial de Alzinema (Semana de Cine y Literatura de Alzira), estuve con Adolfo, con Sabín, con Alberola y con tantos otros amigos de Adolfo y del cine en este nuevo proyecto en el que andan metidos con mi otro buen amigo Juan Ángel Sáiz.

Y si bien, no podré estar con Adolfo y todos vosotros en este homenaje que se le rinde el 24 de febrero de 2006, sirvan estas palabras para hacerme presente, pero sobre todo para reconocer a esta maravillosa persona que es Adolfo Bellido López.

Escribe Juan Francisco Álvarez

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