ADOLFO, SAL DE CASA (Juan Saiz)

  11 Mayo 2008

Una cartelera de cine alternativa en Valencia 

hitchcock-1.jpgEn los años, muchos años, que conozco a Adolfo, puedo encontrar multitud de cuestiones y temas de los que hablar, tanto de su persona como de su trabajo. Pero he pensado que quizás, por desconocido, sería bueno recordar desde estas líneas su contribución a Sal de casa la cartelera semanal de vida efímera que tuve el placer de dirigir en un ya lejano 1988.

Le pedí a Adolfo que escribiera de los temas que prefiriese, de forma libre y sin estar sujeto a las noticias o estrenos cinematográficos del momento, y advirtiéndole que el sueldo iba a ser poco o nulo. Me respondió con rapidez, dedicación y su sabiduría habitual, dando como resultado un conjunto precioso de artículos que, vueltos a leer hoy, siguen teniendo en gran medida (y habría que decir en algunos casos por desgracia) actualidad.

Comenzó ofreciéndonos una aguda crónica sobre la Mostra de Cinema del Mediterrani, que entonces acababa de celebrar su novena edición y que Adolfo revisaba con una actitud crítica pero constructiva, indicando las deficiencias y proponiendo soluciones, que hoy, pasados muchos años y con una Mostra “veinteañera” y deteriorada, parecen más fáciles de aplicar al festival que se viene celebrando en los últimos años que al de aquella lejana edición, de la que Adolfo explicaba que había pasado con indiferencia, que cada vez era menos “Mediterránea” y que quizá espacios como el Palau de la Música no reunían las condiciones más idóneas para proyectar películas.

En otro de sus artículos, nos hablaba de la necesidad de aprender a “leer un film”, y de las dificultades para poder hacerlo con objetividad, puesto que el contexto, la emotividad o la identificación de las historias que cada película cuenta, lo impiden en buena medida. La necesidad de enseñar a mirar el cine en las escuelas y la dificultad para aplicarlo al sistema educativo del momento (y posiblemente también al actual), nos devolvía una de sus líneas de trabajo habituales, a la que ha dedicado un importante esfuerzo a lo largo de los años.

Además, le permitía concluir soñando con una utopía, según la cual la crítica cinematográfica debería ser el medio por el que los espectadores pudiesen tener un mayor acercamiento y conocimiento del film, aunque –como él mismo reconocía en otro artículo– la crítica no hace mucho por ayudar al espectador “al centrarse en la vaciedad de unas propuestas mecánicas y estandarizadas, en disquisiciones personales y afirmaciones sin asentamiento en bases analíticas ni informativas”.

hitchcock-2.jpgY es que Adolfo ha sido siempre demasiado sincero en sus afirmaciones, lo cual le ha valido no pocas veces el rechazo de sus colegas, que no han sabido ver la voluntad constructiva que siempre le ha animado, y quizás, en algunas ocasiones, han querido interpretar en sus palabras intenciones que están demasiado lejos de su forma de ser.

También podemos encontrar en sus colaboraciones reflexiones más ligeras, al menos en apariencia. “Fallos en las películas” recogía la idea de cómo en cintas famosas o de prestigio podemos encontrar errores de diverso tipo, en un comentario que sin embargo acababa llevándole a la necesidad de recordar que el cine es una representación y no una narración “cierta” de unos hechos.

De hecho, en otro de sus trabajos se planteaba el tema de la manipulación comunicativa, tanto a través del cine como por otros medios, llegando a interesantes conclusiones que quizás hoy en día todavía son más aplicables que en el momento en que fueron escritas.

En definitiva, nos recordaba cómo el cine (como ocurría con las obras teatrales y literarias en otras épocas) está al servicio de los poderosos y muchas veces defiende postulados o ideas que llevan a enfocar las obras en función de determinados intereses, hecho que nos conduce de nuevo a la necesidad de aprender el lenguaje audiovisual, o dicho con sus propias palabras: “hoy la manipulación se amplía con la imagen en movimiento, debido al escaso conocimiento del lenguaje de la imagen y por ello a la dificultad que entraña la descodificación de sus códigos”.  

La narración cinematográfica, el montaje o los símbolos utilizados en el cine, constituyen algunos de los puntos de apoyo básicos para las reflexiones que Adolfo nos transmitía a través de sus artículos, que tanto podían conducir al western (y su influencia en otros géneros cinematográficos en una época en la que se producen pocas películas que se puedan encuadrar en este género) como a la censura cinematográfica o a una reflexión sobre la culpabilidad en el cine de Hitchcock.

godard-1.jpgAlgunos de sus comentarios han quedado grabados en nuestra memoria y merecen volver a reproducirse aquí: “el tipo de censura cinematográfico más conocido es el que tiende de una u otra forma a defender a los ciudadanos de las mil y una tentaciones. Lo que se trata, en realidad, es de evitar un cambio de orden o de sociedad”.

O aquel otro en el que recordaba cómo Godard rompía su amistad con Bertolucci cuando éste le notificó que iba a hacer El conformista, película producida por una compañía americana. Godard le pide que renuncie porque de lo contrario supondrá su ruina artística, Bertolucci no lo hace y Godard le dice que no quiere saber más de él. En El conformista se cuenta “la historia de un italiano que va a París a matar a su antiguo profesor. Al llegar el protagonista a esa ciudad llama al profesor. Un primer plano del teléfono muestra el número que marca. Esas cifras correspondían al número real de Godard”.   

Podríamos seguir, pero creo que basta con lo dicho hasta aquí para dibujar la personalidad de un Adolfo al que desde estas líneas no quiero hacer mejor ni peor de lo que es y, ni mucho menos, dibujar una imagen equivoca de perfección que él mismo acabaría diciéndome que no tiene.

Pero, con sus virtudes y defectos, a lo largo de los años ha dejado una huella profunda, (basada en la honestidad y el trabajo serio y riguroso) en todos los que tenemos el privilegio de conocerle, y en algunos casos también de trabajar con este cinéfilo empedernido y trabajador infatigable, al que en más de una ocasión hemos tenido que animar, al verle decaído, y al que de nuevo tenemos que pedir que siga siendo como hasta ahora y que nos permita seguir disfrutando de sus opiniones (que a menudo no compartimos), de sus conocimientos y de su amistad.  

Escribe Juan Ángel Sáiz Jiménez

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