PALABRAS PARA UNA ESCENA (Ángel San Martín)

  25 Abril 2008

Pedagogía de la imagen, enseñanzas de la vida

Si esta vez no aprendemos
será que merecemos la derrota
y sé que merecemos la victoria
Mario Benedetti

Resulta incómodo decirle algo a quien se dispone a pisar un nuevo territorio que trastoca su proyecto de vida personal. Incómodo porque inherente a lo nuevo va la incertidumbre que siempre despierta el porvenir. Tampoco es nada fácil encontrar palabras de aliento, porque éstas no te meten en los zapatos de quien ha de dirimir qué quiere ser mañana cuando suene el despertador.

Pero si, pese a todo, es preciso decir algo, entonces quizá lo más conveniente sea volver la mirada sobre las huellas dejadas en el camino ya andado. Seguro que en alguna de ellas hay señales, marcas con las que dibujar una mirada ilusionante para esa etapa vital a emprender.

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Si la memoria no me traiciona, vi por primera vez a Adolfo Bellido en 1980, en una de las aulas del vetusto Instituto Jovellanos de Gijón. Fue en alguna de las sesiones que sobre la Pedagogía de la imagen alentó el Certamen Internacional de Cine organizado por el ayuntamiento de la mentada ciudad. Aquel espigado personaje, como salido de alguna película del neorrealismo italiano, expuso con tímida brillantez fragmentos de su experiencia docente sobre cine en Cheste. No sé qué hacía yo por allí, pero me imagino que bucear en ambientes distintos a los universitarios, a punto ya de abandonar. En su intervención, el desconocido conferenciante supo marcar un territorio intelectual que algunos, entre los que me cuento, aún no hemos acabado de explorar.

Un par de años después de ese encuentro, el destino quiso que yo viniera a parar a Valencia de PNN (Profesor No Numerario) y sólo por un curso. Las circunstancias cambiaron y a aquel año le siguieron cuantos median de entonces  hasta la fecha. Ni que decir tiene que en tanto tiempo no faltarían ocasiones de volver a encontrarme con aquel profesor. Eran años de reivindicación y lo audiovisual no escapaba tampoco a los signos del momento, así que en una u otra actividad habríamos de coincidir.

03-cines_marti.jpgPrimero fue en una mesa redonda en los ABC Martí, organizada por la Mostra de Cinema del Mediterrani, luego en un curso, más tarde me acerqué al CEP para pedirle un favor: repicar en VHS un par de vídeos que la BBC me había enviado en Beta. A esta amigable atención le siguió mi asistencia como espectador a los encuentros de escolares productores de vídeo en Cheste (primeros pasos del hoy conocido festival Cinema Jove). Luego compartimos algún que otro viaje por Alemania o Francia, visitando a colegas con parecidas inquietudes a nosotros, todo esto ya inmersos en un proyecto compartido durante muchos años que era, ahora sí, el festival Cinema Jove.

Y como esta etapa se acabó, anoche le llamé por teléfono para charlar con él sobre las pequeñas cosas que nos siguen sucediendo. Anoche, como tantas veces, aproveché para preguntarle por lo que merecía la pena ver en las infinitas pantallas de cine. También, como siempre, afloró en sus juicios el rigor de un humanista de las ciencias naturales que le gusta lo bien hecho; esto es, la sucesión de luces y sombras que se aproximan al canon de cine químicamente puro. Es decir, no hay más que dos o tres películas que merezcan la pena, aunque por motivos distintos.

A lo largo de este tiempo, lleno de momentos teñidos con tantos matices como la vida les puede dar, no puedo más que agradecer lo compartido y lamentar las ocasiones perdidas.

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Siempre he admirado su enorme generosidad, la socarronería con la que mira a personas y situaciones que creen estar por encima de los demás, su cultura de amplio espectro que le permite mirar a la pantalla desde todos los ángulos posibles. Actitud de búsqueda macerada en los jugos de un estricto nivel de autoexigencia que, con frecuencia, proyecta sobre quienes le rodean como si fuéramos tan excepcionales como él.

En fin, hay material suficiente para emprender con absoluta garantía de éxito el nuevo proyecto. Desde esta convicción personal no puedo sino alegrarme contigo, Adolfo, y agradecerte la compañía durante el camino recorrido.

Por cierto, mañana o tal vez pasado, te llamaré para charlar sobre la rebelión en las aulas de ESO.

Ángel San Martín

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