RECUERDOS... (César Uceda)

  22 Marzo 2008

(El rodaje de Escalera de color)

Una tarde de verano conocí al maestro Adolfo.

Ese día íbamos a seguir trabajando en el guión de una película, Escalera de color. Como en muchos otros casos, iba a ser un proyecto compartido por un buen puñado de alumnos que entonces ni siquiera habíamos alcanzado la mayoría de edad en muchos casos... pero ahí estábamos, trabajando para rodar una película, nuestra película.

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Era el verano de 1990. Estábamos esperando en el bar Novella, frente a la Casa de Cultura, donde entonces estaba la sede de la Escuela Municipal de Cine de Puçol, hoy ya desaparecida.

29-playa.jpgLa primera imagen que guardo de Adolfo casi, casi corresponde a una típica imagen de película, concretamente un western: yo estaba con uno de sus discípulos viendo un CD de una banda sonora recién adquirida; como era temprano, el sol calentaba lo suyo el exterior; de pronto, se oyeron los cristales de la puerta al chocar con algo; miré y apenas pude distinguir una silueta esbelta y oscura, por el fuerte contraluz; un segundo intento empujando la puerta bastó a la silueta para comprender que no había que empujar, sino tirar hacia fuera; nuevo intento; esta vez se oyó un “clonck” aún más sonoro; pocos segundos después, quizá tras algún otro intento, ya no recuerdo, la silueta logró entrar, eso sí, precedida de una enorme cartera en la que luego descubrí que cabía de todo; ya dentro del bar, ese oscuro personaje se transformó en el mismísimo Adolfo Bellido.

Tras las presentaciones, subimos al tercer piso de la Casa de Cultura, donde teníamos un aula, un pequeño estudio de grabación y el control central, desde donde la Emisora Municipal de Televisión emitía de lunes a viernes dos horas de producción propia. Eran los tiempos en que la televisión local estaba en manos de un grupo de alumnos recién formados en la propia escuela, con muchas ganas, con mucha ilusión y con muchos colaboradores que venían de todas partes para poder realizar su propio programa.

Hoy, la EMTV sigue emitiendo, pero ya no hay grupos de alumnos, ni proyectos en conjunto, ni colaboradores... Es una emisora seria, llevada por profesionales. Todo aquel proyecto educativo ya ha desaparecido.

Recuerdo que aquel primer día subimos al aula de la escuela, donde no solía estar encendido el aire acondicionado porque decían que gastaba mucho (o quizá era otro el motivo, lo cierto es que casi nunca estaba encendido y en un tercer piso, en verano, a las cinco de la tarde, francamente, el ambiente estaba caldeado).

28-cesar_xema.jpgAllí, Adolfo empezó con sus conocidas charlas sobre Hitchcock. No es que estuviéramos en clase, es que a él siempre le gustaba mezclar los comentarios de películas, los análisis, las reflexiones, los apuntes... todo ello mientras trabajábamos en la adaptación de un relato corto que acabaría siendo nuestro guión.

Yo no había estado con Adolfo en las clases que impartió cuando empezó a funcionar la escuela, así que, aunque había oído muchas veces hablar de sus largas reflexiones, de sus sesudos análisis, de su gran maletín donde todo cabía... la verdad es que todo eso era nuevo para mí.

Quizá por eso seguí sus explicaciones casi, casi con la lengua fuera, babeando... o quizá no babeaba, simplemente sudaba, y la lengua tenía más que ver con los cuarenta grados del exterior que con las propias explicaciones. Y el aire acondicionado apagado.

Ya metidos en pleno rodaje, recuerdo que fue toda una aventura. Casi todo transcurría en un único escenario, y el lugar elegido fue la casa de Isabel y Fernando (que no eran los Reyes Católicos, sino unos amigos a los que también habíamos implicado). Como la acción transcurría de noche, pero rodábamos de día, tuvimos que proteger todas las ventanas con unas “cajas negras” en cuyo interior habíamos colocado focos para simular los rayos de la noche tormentosa. Como el presupuesto no daba para más, todo estaba confeccionado con plástico negro del que se utiliza en el campo para cubrir melones. También habíamos pedido “prestados” unos andamios de una obra cercana y, por riguroso turno, nos metíamos en el interior de la “caja negra” cada vez que había que rodar para encender y apagar rítmicamente las luces.

Fue un rodaje muy artesanal, sin duda.

Pero lo que más recuerdo de los días de rodaje de aquel verano es al bueno de Adolfo quien, después de comer, se apoltronaba en el sofá, pero no a repasar el guión, sino para echarse un sueñecito. Alejandro Jornet, el protagonista, como también era “profesor” (de la Escuela de Arte Dramático) seguía su ejemplo y ocupaba el sofá de al lado. Carles Alberola, que entonces todavía no era profe, se tenía que conformar con supervisar los preparativos o, como mucho, ocupar un sillón. El resto aprovechábamos para preparar luces, sonido, cámara y nuestro innovador prototipo de “steadycam”: un palo al estilo de los indígenas africanos del que colgaba la cámara por medio de cuerdas, con todo ello intentamos hacer algunos travellings circulares en torno a la mesa donde se jugaba una partida de cartas a vida o muerte.

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Sí, fue muy artesanal: aún recuerdo el descojono de Carles y Alejandro cuando intentaban rodar seriamente y nos veían a nosotros, cual porteadores en la selva, llevando la cámara colgada del palo.

Recuerdo cuando nos juntábamos para comer y charlar sobre los planos, secuencias y escenas que nos faltaban, cuando Adolfo nos decía que cine es un arte y que por ello teníamos que involucrarnos en el trabajo.

Agradezco al maestro todas las ganas que me ha hecho tener por mirar a través de una cámara y ver la vida de otra forma, de otro punto de vista.

Recuerdo que entonces pensé algo sobre el maestro que aún sigo pensando que quizá sea verdad: al bueno de Adolfo no le corre sangre por las venas, sino cine.

Quizá todo no sucedió exactamente así... pero es así como lo recuerdo.

Escribe César Uceda

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