Mis años en Cinema Jove (26): Acto de clausura

  09 Diciembre 2014

Clausura y… hasta pronto

0-patino-canet-172Hubo muchas más cosas en aquel Cinema Jove 1996 con sus encantos y desencantos, con logros y contradicciones y también con curiosas sorpresas como tener que escuchar de alguien venido de otro alguien la tan estupefacta como incongruente afirmación referida a Canciones…, y ya puestos también a Caudillo, Queridísimos verdugos y, por qué parar aquí y no extenderlo a toda su obra, no se debían a Basilio sino a algunos silenciados colaboradores.

Tan insensata afirmación parece pertenecer a otra de las maravillosas, artificiosas, juguetonas historias del sugestivo cine de tan querido y entrañable director.

Hubo también otra cena frustrada, donde un grupo de gente conocida, hoy la mayoría unidos a Encadenados quiso tener una larga conversación con Basilio y naturalmente ser quienes pagarían el condumio. El lugar elegido fue tan malo como lo que se comió, unido todo ello a un local, en plena noche aunque no sevillana pero si de junio, o sea con calor y con mala refrigeración.

A Basilio, lógicamente, le repateó todo, incluido el verse otra vez sometido a un interrogatorio sobre su obra… pasada. A él le gustaría más hablar sobre lo que estaba haciendo en ese momento.

Luego llegó el acto final, la sesión en la que se entregaron los premios y también se homenajeó en vivo y en directo al director escogido en aquel ya lejano festival joven como ejemplo para los nuevos realizadores.

Tuvimos que escoger alguna parte de una de sus películas para recordar quién era y su valía. Y, aunque Patino estaba ya cansadito de ella, por retirada (¿Es que acaso no he hecho más que esa película?), optamos por dos fragmentos de Canciones para después de una guerra: por un lado, la lección de la historia de España (la forma en que el cine del franquismo —sobre todo por medio del cine de CIFESA— quiso adoctrinar al pueblo español vendiendo la idea de patria imperial, religión y valores tales como el sacrificio, la abnegación (1) y todo lo que se quiera, incluso dar la vida por la patria); por otro lado, la parte concerniente a la llegada a España de los americanos con ese momento antológico en el que se unen imágenes de Bienvenido Mr. Marshall con las de Alba de América.

El presentador del acto de clausura, nada que ver con Patino y su cine, fue Santiago Segura, con sus presencia gamberra, fuera de tono, emulando al personaje que poco a poco se ha ido creando. Y de eso el festival Cinema Jove sabía bastante, ya que había sido desde hacía años un asiduo del certamen, tratando de vender la (falsa) imagen de loco con tarjetas impresas, incluidas. Lo suyo era tratar de que se le conociese de la forma que fuera. Y se quedó enlatado en una figura cuya grotesca grandilocuencia se encerraría en el casposo Torrente.

La verdad es que uno se preguntaba qué hacía allí junto a Patino. O mejor uno y otro en el escenario representaban dos formas distintas de entender el cine, desde la sumisión a un personaje y el venderse a un público hasta, en el lado contrario, encontrarse con la búsqueda de otro estilo, otra forma de ser. El paso del crear a los espectadores incultos e infantiles a admitirles como adultos e inteligentes.

Fuera como fuera, aquel acto homenaje, Luna de Valencia al aire, fue exitoso. Los espectadores aplaudieron con entusiasmo, acompañando tal algarabía con bravos, y puestos de pie aquel premio, uno más, concedido a uno de los realizadores más innovadores y jóvenes, por su forma de hacer, del cine español.

Después, algo normal desde hacía varias ediciones del festival, hubo un ágape para todos los invitados. Por primera vez no era una cena formal sino una especie de amplio, suculento y abundante cóctel. Tuvo lugar en lo que entonces era una especie de pub de moda y demodé instalado en un antiguo palacete donde, como elemento exótico, de tanto en tanto se lanzaban rugidos, enlatados, de leones.

Basilio se negó a acudir. A él esas cosas no le gustaban. Y menos el estar rodeado de gente variada y, quizá en parte, incomoda. Puso como excusa que se tenía que levantar temprano porque deberían estar muy pronto, por asunto de la producción de la serie televisiva para Canal Sur (Andalucía, un siglo de fascinación), cuya entrega se estaba retrasando demasiado.

Nos despedimos hasta muy pronto.

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Y ese tan pronto sería en agosto en los cursos de cine de verano de Valladolid, donde él estaría presente, el día que yo acabase el seminario que durante dos tardes impartiría. Hablaríamos sobre la película que habría que proyectarse el día que él estuviera y donde además llevaría luego un coloquio con los estudiantes, aunque sería yo quien debería escogerla.

Desde que me propusieron el seminario tenía claro que la presencia del director, que cerraría el estudio de su obra, sería junto a uno de sus documentos reales pero falseados que poblaban el mundo de sus siete capítulos sobre Andalucía.

Concretamente, y por varias razones, me interesaba Casas viejas. Probablemente Basilio hubiera preferido el capítulo más divertido, dedicado a los poetas andaluces, titulado El jardín de los poetas. Uno y otro teníamos razones para defender la propuesta del título elegido.

De esas jornadas veraniegas vallisoletanas hablaremos en la próxima entrega.

Escribe Adolfo Bellido López


Nota

(1) En más de una ocasión he dado unas razones, no sé si serán las exactas, sobre el sorprendente estreno, sin cortes y al poco de ser realizada (en la segunda parte de los años cuarenta) de Encadenados de Hitch. ¿Cómo pudo pasar la censura un filme sobre un claro adulterio, y, no sólo eso, en el que se ponía en solfa el matrimonio? Pienso que la razón es clara: toda la maldad que ello conlleva queda equilibrada por el hecho en sí, por la razón esgrimida para dar por válido tales actos: el amor, la defensa de la patria. Frente a ello todo lo demás palidecía.

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