LA DIVULGACIÓN DEL CINE COMO PROYECTO PERSONAL (Juan de Pablos)

  24 Febrero 2008

Mi primer contacto con Adolfo Bellido se remonta a los años setenta. Concretamente en la primavera del año 1977. Supongo que él todavía recordará este encuentro inicial, dada su buena memoria.

adolfo_budd.jpgAdolfo, en aquellos años, ejercía como docente en la antigua Universidad Laboral de Cheste (Valencia). Su pasión por el cine había tomado forma en aquel contexto a través del Cine Club COUL, que él había creado para divulgar el mundo del cine a los miles de niños que se formaban en aquel centro docente. 

En aquella época, yo era un estudiante universitario que estaba en el último año de mi licenciatura en la Facultad de Pedagogía de la Universidad Literaria de Valencia. Mi ilusión por el cine ya venía de lejos, posiblemente iniciada cuando mi padre me subía a la cabina del cine de la Universidad Laboral de Córdoba los sábados, y allí le ayudaba a rebobinar los “rollos de las películas”. Mi interés por la imagen en movimiento se había concretado en la investigación de una modalidad muy específica: el cine didáctico. Para desarrollar mi trabajo de tesis de licenciatura, basado en el estudio de algunas variables características del cine didáctico, tomé contacto con Adolfo Bellido en Cheste, gracias a una compañera suya y profesora mía en la Universidad, Amparo Martínez, hoy entrañable amiga.

El estudio que, una vez concluido llegó a publicarse (1), en su vertiente experimental se apoyaba en el visionado de un documental canadiense titulado Zoom cósmico, que fue pasado a diferentes grupos de estudiantes del Centro de Cheste, para después contestar a un cuestionario. En este proceso, muy importante para mí en ese momento, el apoyo de Adolfo fue decisivo para que todo saliera bien. A partir de ese momento, nuestro nexo común siempre ha sido el cine. Todavía guardo en casa algunos ejemplares de la revista Encadenados que entonces se editaba en Cheste mediante fotocopias.

cinema_jove.jpgTambién de esta época de formación en Valencia recuerdo de manera especial una sesión de cine forum en la que Adolfo explicó de manera magistral la secuencia de la ducha de Psicosis, la antológica película rodada por Alfred Hitchcock en 1960. A partir de ese momento, nunca volví a ver de la misma manera ese “pequeño filme”, hoy considerado una de las obras más logradas en la historia del cine.

Desde entonces, la ilusión de Adolfo por el cine la he ido percibiendo de diferentes maneras. Su tarea como divulgador del llamado séptimo arte me parece el aspecto más característico de su perfil, que ha ido tomando forma de diferentes maneras a través de muchos años mediante su labor en el formato de cine club; también su tarea docente, incluso a nivel universitario; sus artículos en revistas especializadas, como Cinestudio, Nickelodeon o Medios de Comunicación; la tarea desarrollada durante muchos años en el festival Cinema Jove de Valencia; la labor constante a través de la revista Encadenados, con mucha mayor difusión a partir de su etapa digital; su tarea como asesor de medios audiovisuales en el Centro de Profesores de Valencia, donde organizó sesiones de cine para el alumnado de Enseñanza Media; y, sin duda, sus libros sobre películas y directores de cine.

El propio Adolfo ha dejado reflejado en sus escritos memorialistas (2),  lo que para él ha significado el cine, su trascendencia a nivel personal y emocional:

“En la década que va de 1940 a 1950 todo era, pues, triste y aburrido. Las casas, la Iglesia, el colegio olían a rancio y a miedo. Se insuflaba patriotismo en clases sobre formación del espíritu nacional o de gimnasia, la actual educación física. La otra “formación”, por fortuna ha sido barrida por el viento. (...) El único sueño fantástico lo encontrábamos en el cine. En sus salas podíamos huir del mundo que se nos obligaba, fuera, a seguir. Era el cine, el ensueño de mundos desconocidos, de aventuras sin fin que nos podría llevar de un punto a otro, el único lugar donde nos sentíamos a salvo: una isla en la que refugiarse. No había, entonces, otra cosa, que sirviera como diversión. No se sabía entonces qué era eso de la televisión (no llegaría hasta finales de la década de los cincuenta) a no ser a través de las películas americanas, ni, claro, los vídeo-juegos, ni las discotecas... Por no haber, no había ni casi coches para poder trasladarse de un sitio a otro. Esa falta de vehículos, al menos, producía algo positivo: los niños podíamos jugar en unas calle vacías. No había coches que lo impidieran. Allí podíamos jugar, entre otras cosas, a películas de espadachines, de Tarzán, de vaqueros, de hazañas bélicas...”.

libro_wilder.jpgUno de los análisis más fascinantes que he leído nunca sobre una película ha sido el libro de Adolfo dedicado al filme El crepúsculo de los dioses (3), una de las grandes obras de Billy Wilder estrenada en el año 1950. La brillantez de Adolfo para ver interpretaciones y mensajes entre las costuras de películas tan brillantes como la citada, da pie para imaginar su inmensa cultura cinematográfica y su capacidad para diseccionar historias y temas con gran profundidad.

En las páginas iniciales de esta monografía podemos identificar la manera en que Adolfo vive el cine. Como una reflexión personal compartida con sus lectores escribe en primera persona:

“Madrid, 1965. Aproximadamente las 21.00 horas de un día cualquiera de un caluroso mes de julio (...). Ese día, como muchos otros, Garci y yo salimos del cine. Acabamos de ver El crepúsculo de los dioses. José Luis, que sale “flotando”, se extraña que no me haya entusiasmado. Me gustan secuencias concretas, determinadas resoluciones, pero hay algo que me impide “entrar” en el filme y “degustarlo” en su totalidad. No puedo aceptar, le digo, que el relato en off proceda de un muerto. El enigma al que no encuentro respuesta, me obligará a adentrarme en una larga investigación a lo largo de varias décadas (...). Voy adentrándome, cada vez más, por una determinada senda, que conduce a una explicación de la obra, fundamentada en unos planteamientos genéricos propios del cine de terror. Todo comienza a encajar. Diversos mitos terroríficos sobrevuelan, en el film, el mundo de Hollywood repleto de cadáveres que resucitan en las noches”.

Otro de sus grandes logros en el trabajo de divulgación cinematográfica es su labor en Cinema Jove. Un certamen cinematográfico que comenzó en Valencia en 1986, organizado por el Instituto Valenciano de la Juventud, que se centró en la creación de unas jornadas exclusivamente centradas en producciones realizadas por escolares de la Comunidad Valenciana, luego ampliadas al resto del Estado.

El primer certamen tuvo lugar en el Complejo educativo de Cheste, antigua Universidad Laboral. Las producciones eran entonces en el formato super-8 mm. Se trataba de películas realizadas por estudiantes de primaria y secundaria. Con el paso de los años, las producciones presentadas al certamen se ampliaron a todos los formatos cinematográficos y videográficos, tanto de carácter profesional como amateur. Estos avances hicieron necesario establecer diferentes secciones o niveles.

libro_patino.jpgLos denominados Encuentros Escolares, que fue el apartado que significó en el pasado el acta fundacional de Cinema Jove, son hoy una de sus secciones, pero la idea que sirvió de soporte a esta iniciativa sigue presente hoy. Esta sección de Cinema Jove sirvió de guía a otras propuestas como el Festival Infantil y Juvenil de Gijón. Durante estos años, he tenido la oportunidad de vivir en primera persona las inquietudes de muchos niños y adolescentes atrapados por la magia de crear historias cinematográficas, en diversas ocasiones en que he sido invitado a participar en Cinema Jove como miembro del Jurado de los Encuentros Escolares.

El trabajo como divulgador cinematográfico de Adolfo Bellido ha logrado cotas estimables a través de sus trabajos publicados. De forma especial cabe destacar sus monografías dedicadas a los cineastas “malditos” Budd Boetticher (4) y Basilio Martín Patino (5) . Sin duda, dos personalidades marcadamente individualistas, creadoras de un cine personal y atípico, aspectos que sin duda han atraído a Adolfo.

En el caso de Basilio Martín Patino se produce la circunstancia vital de una amistad nacida de compartir un espacio común, la ciudad de Salamanca, y una pasión común, el cine. La iniciativa de conocer a Basilio por parte de Adolfo es narrada por éste en el prólogo del libro dedicado al cineasta salmantino de la manera siguiente:

“Detrás de la catedral vieja (Salamanca) cerca de los espolones románicos que justifican la bizantina Torre del Gallo, en ese altozano que separa la vieja urbe del campo abierto en el que se cobija el lecho del Tormes, existe una estrecha calle llamada del Arcediano. Visité ese barrio hace años, en 1954 (...).
Deseaba presentar a mis compañeros amigos a un tal Basilio Martín Patino, al que yo tampoco conocía personalmente. En aquel entonces, tras unas vueltas, encontramos su casa, de la que recuerdo las recias piedras que configuraban el edificio. Llamamos a una vieja puerta de madera y salió una señora de la penumbra. Apenas pude atisbar el interior, que conocí después. Aquella buena señora, enlutada de pies a cabeza, era la madre de Basilio, que nos explicó que su hijo no se encontraba en la ciudad. Le dejé unas líneas testimoniales de la visita”.

En la actualidad, en virtud de las nuevas tecnologías, tan presentes en todos los ordenes de nuestra vida, un proyecto más de Adolfo, la revista digital Encadenados, me permite escribir sobre el mundo del cine y además seguir compartiendo su amistad, junto con un excelente grupo de amigos y amigas que hacen posible la presencia en el ciberespacio de una manera de ver el cine.

Gracias por todo, Adolfo.

Escribe Juan de Pablos Pons

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(1) Cine didáctico. Posibilidades y metodología. Narcea, Madrid, 1979.
(2) Encadenados: http://www.encadenados.org/n42/042depalma/11amarcord.htm.
(3) Billy Wilder. El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard). Paidós, Barcelona, 2000
(4) Adolfo Bellido López y Pedro Núñez Sabín: Budd Boetticher. Un caminante solitario. Textos de la Filmoteca. Valencia, 1995.
(5) Adolfo Bellido López: Basilio Martín Patino. Un soplo de libertad. Textos de la Filmoteca. Valencia, 1996.

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